EL CAMINO DE EMAUS
18 Enero 2011
Recuerdo el disgusto, un tanto egoísta, cuando mi amiga y compañera de catequesis, Maloly, durante una de las fiestas de Kafakumba, que se celebraban en el Colegio de la Pureza de Santa Cruz de Tenerife, para recabar fondos para la leprosería, que tenían en esa población del antiguo Zaire, se me acercó y me dijo: “Antonio, he de decirte algo importante”. Me estremecí un poco. El primer pensamiento es que por los estudios iba a tener que dejar la Catequesis. Pero no me esperaba la bomba. “Veras, no voy a continuar el próximo curso de catequesis; voy a ingresar en el Noviciado de la Pureza, en Barcelona”, dijo sonriente. Mi primera reacción fue felicitarla de corazón. Fue una gran noticia. Me pidió no desvelar el secreto, solo lo sabian sus dos mejores amigas como así hice.
Pero según fueron pasando las horas, me invadió un sentimiento de tristeza; no por su vocación; sino porque “perdía” un gran apoyo en la Catequesis. Me encantaba su entusiasmo, sus ideas, sus deseos de dar a los jóvenes lo que necesitaban, su deseo de rejuvenecer una parroquia que distaba mucho en acercarse totalmente a los jóvenes. ¡ Señor, ahora que he encontrado una catequista entusiasta, te la llevas”. Esta reacción un tanto egoísta, se fue desvaneciendo. Aunque la tristeza, humana, continuaba. Iba a echarla de menos.
¡Qué grupo más encantador, el de aquellas jóvenes, nacidas en el seno de la Pureza de María, con el auténtico espíritu de su fundadora, Madre Alberta. No quiero decir que los demás catequistas no fueran buenos, al contrario, eran magníficos. Pero hilaba más con la forma de trabajar de las jóvenes de la Pureza: Maloly, Carola… era una forma distinta de hacer catequesis, más juvenil y alegre. Todo se movia, en consonancia al espíritu de Madre Alberta. Y ello me atraía enormemente, me encontraba en mi salsa.
No cabe duda, que se acercaría más juventud a las Parroquias, si se les ofreciera un espíritu más abierto. No quiero decir, romper con las normas. No hace falta eso, sino más bien adecuar a la juventud este espacio que se les abre en las Parroquias. Los jóvenes desean colaborar; desean ser instruidos, desean formar parte activa, pero en consonancia a su edad juvenil. Pero muchas veces encuentran párrocos con normativas ancestrales, con poco o ningún carisma atractivo al espíritu de nuestra juventud. Y se desalientan.
Recuerdo el disgusto mayúsculo, en una semana santa, cuando después de preparar durante semanas, con el coro, los cantos para los oficios, después de preparar las hojas de cantos, de hacer fotocopias, se las presentamos al Párroco, quien no nos dio opción alguna, imponiendo las suyas. Reconozco que el párroco manda en su parroquia, pero no dio opción, ni siquiera las leyó todas. Y tuvimos que ensayar las de toda la vida. Las que presentábamos eran las que las jóvenes de Foc, entonaban en las celebraciones de semana santa con las jóvenes de su movimiento. Ni eran heréticas ni rompían con las normas establecidas. Eran más juveniles, dentro del rigor de la semana santa. Así que sin chistar, obedeciendo, preparamos a conciencia las del párroco.
Solo hubo un fallo. A la hora de la comunión, cuando entonábamos :” Señor, he tomado tu barca”, hubo cierto desconcierto y mientras el coro tomaba la barca por un lado, yo iba con los remos por otro. ¡Tierra trágame!, con el genio que tiene. Pero no pasó nada. Quedo como anécdota.
Muy buena amiga, hoy religiosa de la Pureza, de la que me siento orgulloso de su amistad y de lo mucho que aprendí, en el trato a los jóvenes. Recuerdo que en la primera navidad, me envió una felicitación, llena de fe y de auténtico espíritu navideño. Al final del chirsma se podía leer lo siguiente: NACI PARA EL CIELO, DESDE LA ETERNIDAD.
Que poco pensamos en esa realidad. Ni siquiera nos hemos dado cuenta que no hemos sido llamados por Dios, exclusivamente desde el bautismo; que hemos sido llamados desde la eternidad. Dios ya nos tenía en su pensamiento, ya nos conocía por nuestro nombre. Ya contaba con nosotros para colaborar con El en la expansión de la Buena Nueva. Todos hemos nacido para el Cielo desde la eternidad. Por eso, querido amigo eres importante. Por eso es una barbaridad cuando decimos ¡no somos nadie!. Claro que sí, somos algo y mucho. Somos hijos de Dios, somos sus colaboradores, con aquellos carismas de los que hemos sido dotados, para que de acuerdo con ellos trabajemos.