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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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CATEQUESIS DE ENFERMOS

Un día fui a visitar a Rosa, catequista de una de las Parroquias de Santa Cruz, en una de las convalecencias que tuvo que pasar, aquejada de ese terrible mal, contra el que la ciencia lleva peleando sin éxito, en alguna de sus manifestaciones, el cáncer. No la conocía personalmente. Pero quise acercarme. Basta que en una de las multitudinarias concentraciones de catequistas que anualmente se celebran en la Isla, nos pidieran que rezáramos por ella, para ya no querer que pasara inadvertida. Era una trabajadora en la misma viña que yo, bajo el mismo Señor. Acudí el mismo día en que la intervenían quirúrgicamente. Pero conocí a la madre, catequista y muy entusiasta del Señor; la entretuve lo justo y le entregue un rosario para Rosa.

Meses después pude conocerla. Impresionante joven. Cargando con la cruz del dolor, como si nada. La sonrisa en sus labios y el entusiasmo por la catequesis, era todo uno. Irradiaba fe por los cuatro costados. Tenía su rosarito, que agradeció. Casi un año después, Rosa, en la flor de su juventud dejaba este mundo de tristezas, como había vivido, sonriendo y abrazada, en alas de la fe, a la Cruz donde estaba el Señor clavado.

Me recordaba a Margarita; y en mi pensamiento a tantos y tantos otros enfermos, que con la misma sonrisa, atraviesan el valle del dolor, sin dar importancia a semejante carga que sobre sus hombros llevan.

Conocí al capellán del Hospital. Le dije que si precisaba ayuda, me gustaría colaborar. No me importaba subir al Hospital, aunque fuera todos los días. ¿Y qué se puede hacer?, ¡pues por ejemplo dar catequesis! Me miró pensativo. ¿Catequesis? Si son ellos los que nos dan catequesis diaria. Respondió. Quede un poco frustrado. Pero efectivamente, que catequesis se les puede dar a los enfermos, si ellos nos están dando ejemplo y enseñando a diario:” ¡mira, así se carga con la cruz de Cristo! Una cruz, que muchas veces, menos pesada, no nos atrevemos a cargar nosotros. Y al primer pequeño revés, ya nos estamos quejando.

Para cargar la cruz del dolor, hay que tener una fe muy grande. Siempre he admirado la sonrisa de un enfermo. Siempre he admirado cuando hacen pasar inadvertida su dolencia. La callan, la llevan en silencio, no para no hacernos partícipes de su dolor, sino para np resultar una carga, que no lo son.

A su lado me siento nada. Veo, como gasto un tiempo precioso, irrecuperable. Siento sana envidia; si la envidia puede considerarse sana alguna vez. Me veo con las manos vacías y el equipaje más vacío aun. Y miro mis manos y pienso. Si el Señor me llama ahora, con que atrevimiento me puedo presentar ante El, con las manos vacías.

Que puedo presentar en mi defensa, si lo único que poseo es una mochila con tiempos perdidos, traiciones, olvidos, enfados, soberbias… el enfermo es como ese pequeño libro de oración diaria que tenemos, que nos ayuda a rezar por la mañana y por la noche; es también, la guía del examen de conciencia que me pone en mi realidad, que me apea del caballo de los sueños; es, el enfermo, la fuerza para seguir luchando y trabajando con constancia… es tantas cosas positivas.

Por eso, ante ellos no me atrevo a decir que soy catequista. Ante ellos soy un catequizando puro, que desea aprender a amar al Señor como solo saben ellos amar, que desea aprender a no acobardarse ante el primer revés que pueda sobrevenir. Es quizás la más difícil catequesis que he recibido. Es fácil enseñar a rezar el padrenuestro, pero no es tan fácil cargar con la cruz, ni aun haciendo de Cirineo, y sin embargo ellos la cargan.

 

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