EL CAMINO DE EMAUS
13 Julio 2012
En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
Que tal anciano? La paz sea contigo.
-Contigo -contesto Eliahu sin dejar su tarea.
¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
Siembro -contesto el viejo.
Que siembras aquí, Eliahu?
Dátiles -respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el palmar.
¡Dátiles!! -repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez comprensivamente-. El calor te ha dañado el cerebro,
querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...
Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
No sé... sesenta, setenta, ochenta, no sé.. Lo he olvidado... pero eso, que
importa?
Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojala vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
-Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste - y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me
pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseche una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
-Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.
-Y a veces pasa esto -siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseche no solo una, sino dos veces.
-Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo
miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte...
Algunas veces sembramos para no cosechar porque queremos ver los frutos de nuestro trabajo al instante. Y nos pasa generalmente en la catequesis. Queremos ver los frutos de nuestro apostolado y estos a lo mejor los verán otros que continúen nuestro trabajo. Somos los que aramos la tierra, los que hacemos el surco, luego es el Señor el que echa la semilla y esta poco a poco ira fructificando hasta que produce el fruto deseado o puede que el Señor permita que veamos el fruto al igual que Eliauh.
Generalmente, no siempre es así, cuando los niños vienen a la catequesis los recibimos de hogares cristianos donde los padres los inician en el despertar religioso: rezan con ellos por las mañanas, rezan con ellos por las noches, bendicen la mesa. Pues son los padres los primeros catequistas. Cuando pasan a la parroquia, nos los dejan en custodia para que nosotros continuemos su labor. Otras veces el despertar se produce en la misma parroquia, que es donde algunos niños oyen hablar de Dios por primera vez. Es aquí donde debemos actuar con más delicadeza, ya que puede ocurrir que los niños una vez terminado el periodo de catequesis no vuelvan porque los padres no practican. Debemos trabajar con entusiasmo, de forma que los niños se enamoren del Señor. Y esto ocurrirá si enseñamos lo que la Iglesia enseña; es decir. No nuestras teorías, que ocurre, sino lo que la Iglesia enseña desde que fue instituida por Jesús.
Nuestra preocupación no es ver resultados, sino que la catequesis cale hondo en los niños. Y no desesperarse si nosotros no vemos los resultados que deseamos, pues otros los verán. Que más da si nosotros no comemos los dátiles, seguro que otros los comerán.
Para ello en catequesis, siempre, hemos de ponernos en manos del Señor cada día para que nos ayude a impartir sus enseñanzas con el mismo cariño que El enseñaba a las gentes, no debemos trabajar en solitario, fiándonos de nuestra propia “sabiduría”, por eso también son importantes las reuniones de catequistas, donde recogemos las enseñanzas de otros catequistas… nunca trabajar en solitario, nunca fiarnos de “que yo me lo sé todo”. Y luego apoyados por la práctica frecuente de los sacramentos y dejarnos llevar de la mano de la Virgen María.
Pero no solo debemos referirnos al terreno de la catequesis, ya que el cristiano debe trabajar en todos los terrenos: en el familiar, dentro del círculo de amigos, en el terreno profesional, en nuestro barrio, en el centro de estudios… trabajamos en muchos frentes y a veces no nos damos cuenta de ello. Es delicada nuestra labor pues trabajamos en el alma de los demás. Algunas veces almas rocosas, duras… por eso debemos dejar el mejor sello cristiano en los demás.
No preocuparnos por ver frutos sino por dar frutos que nosotros hemos recibido de otros acompañados esencialmente de la gracia de Dios, a través de los sacramentos y la oración.