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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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SER COMO NIÑOS

A solas con el Padre, en íntima confidencia de amor. Es  cuando el corazón parece elevarse, cuando los miedos desaparecen y la noche del alma comienza a aclararse; es la respuesta de Dios en un diálogo intimo de amor, que se establece desde la eternidad.

                       

           El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán y después de muerto resucitará a los tres días. Pero ellos no entendían sus palabras y temían preguntarle” (MC 9, 31-32)

 

            El Señor hace un nuevo anuncio de su Pasión y muerte, pero además de su Resurrección, que los discípulos no entienden. El Señor a solas con los discípulos, por los caminos, les va instruyendo. Aprovecha esos momentos de soledad para hablarles de la Buena Nueva, y de cómo luego habrán de instruir. El Señor quiere estar a solas con ellos, pues sabe que al acercarse a las poblaciones iba a ser imposible; busca esos momentos en los que los discípulos pueden prestarle toda atención a sus palabras. Jesús les instruye, y a la vez a nosotros, ya que ellos nos representan en esos momentos; momentos que nosotros vivimos cada vez que leemos algún pasaje del Evangelio, como uno más que les acompaña por los caminos de Galilea. A través de las páginas del Evangelio, Jesús nos habla diariamente, en presente, a cada uno de nosotros, con la misma paciencia con que instruyó a aquellos rudos hombres que eligió.

 

            Jesús es catequista de catequistas, sabiendo que catequista no es sólo el que esta en las parroquias enseñando doctrina, sino todo aquel que bautizado sigue la practica de la doctrina cristiana y la enseña también con el ejemplo diario allí donde se encuentre: trabajo, escuela, universidad, ya que el cristiano practicante no debe guardarse para si las enseñanzas del Señor.            

 

            Palabras, parábolas, comparaciones, ejemplos gráficos. Jesús Maestro de maestros, con una pedagogía basada en el amor, poco a poco va inculcando a aquellos hombres la forma de ser del hombre nuevo, de los que habrán de seguirle hasta la eternidad.

 

           Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mi me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envío” (MC 9, 36-37)

 

            Y así aprendemos esta enseñanza: “ Acoger en nombre y por amor a Cristo a los que, como ese niño, no tienen relieve a los ojos del mundo, es acoger al mismo Señor y al Padre que lo ha enviado. En ese niño que Jesús abraza están representados todos los niños del mundo, y también todos los necesitados(hombres y mujeres), desvalidos, pobres, enfermos, también en los que nada brillante y destacado hay para admirar” En aquel pequeño recoge el Señor a todos, no hace diferencias. Para Dios todos somos iguales pequeños y mayores, blancos, cobrizos, amarillos, enfermos y sanos, pobres y ricos, guapos y feos, creyentes o no,... y para todos ha venido el Señor.

 

            ¿Porqué acoge a un niño?. Los niños conforman el auténtico ser del alma: en toda su pureza, en todo su candor, sin la malicia que suele invadir el alma de los adultos. Jesús en varios momentos elige a los niños para enseñarnos como hemos de ser. Hacernos como ellos, como los niños no significa volver a la infancia  biológica, sino a una infancia espiritual, podemos decir, que es cuando no impera la malicia, ni la impureza, ni los malos deseos, ni las venganzas…

 

            Además Jesús nos da la norma de conducta del cristiano: ser servidor de los demás. Los cristianos no hemos sido llamados para ser servidos, para tener todo resuelto; todo lo contrario, a ejemplo de Jesús, para estar al servicio de los demás. La virtud de la humildad debe caracterizar la esencia del cristiano. El ambiente actual no ayuda a la practica de esta virtud, por tanto el esfuerzo habrá de ser casi sobrehumano. Lo conseguiremos mirándonos en el espejo que es Jesús, en el espejo que también debe serlo para nosotros la Virgen María, y como no, sin olvidar a San José, una figura esencial por excelencia en el mensaje de la Salvación y que sin embargo pasa a un puesto casi desapercibido. Nos dice el Señor “Si alguno quiere ser el primero, hágase el último de todos y servidor de todos” (MC 9,37).

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