EL CAMINO DE EMAUS
6 Abril 2010
“Después de esto se apareció, bajo distinta figura, a dos de ellos que iban de camino a una aldea; también ellos regresaron y lo comunicaron, pero tampoco les creyeron” (Mc 16, 12-13).
Es impresionante el pasaje de los discípulos camino de Emaús. Habían estado con Jesús, le habían oído, habían visto sus obras y milagros, pero tras su muerte todo se desvaneció para ellos. Caminaban hacia Emaús, seguramente hablando de todo lo que había ocurrido. Consternados, rotos, desmoralizados de lo que había pasado con Jesús. No esperaban, a pesar de los anuncios que les había hecho el Señor de lo que habiad e ocurrir, no lo entendieron y por eso para ellos ¡todo un desastre! Todo lo que esperaban, en su entender, se había desvanecido. ¿Qué pasaría ahora? ¿Sin el Señor, quesería de ellos? A saber cuántas cosas pasaban por las mentes de aquellos hombres.
Lo mismo nos pasa a nosotros cuando perdemos el norte, cuando nos invade el pecado, la oscuridad, cuando atravesamos la noche oscura de la que habla San Francisco de Asís. Todo se coinvierte en angustia, olvidamos las palabras de Jesús y atravesamos nuestro particular camino de Emaús: desconcertados, desorientados, paralizados sin fuerzas para levantarnos, ¡queremos, pero no podemos! Entonces nos identificamos con aquellos discípulos, nos ponemos en su piel y recordamos que aquel Jesús que salió a su camino y les acompaño hablando, sale también a nuestro encuentro y nos habla, nos susurra con ternura, como solo sabe hacerlo El.
Y se les abrieron los ojos, cuando la fracción del Pan; solo así se nos abrirán a nosotros, si acertamos a ver a Jesús en la fracción del pan y lo recibimos como Alimento. Nosotros, cada uno de nosotros somos aquellos discípulos, junto a los que caminaba Jesús; pues también camina junto a nosotros, paciente, esperando a que nos demos cuenta que es Él quien está a nuestro lado para recordarnos que ya No ESTA TRAS AQUELLA LOSA , sino que HA RESUCITADO para quedarse junto a nosotros para toda la ETERNIDAD.
¿Qué hicieron? Fueron raudos a participar del acontecimiento con sus compañeros. ¿A que esperamos pues nosotros?
San Marcos refiere muy brevemente, al contrario que San Lucas, que hace que este pasaje penetre por los sentidos de quien lo lee, a la vez de darnos una visión de la situación anímica de los dos discípulos que se dirigían a Emaús. Nos dice el padre Martín Descalzo: “Hemos comprobado ya como la resurrección no es una simple vuelta a la vida... Y la primera comprobación es que el Cristo resucitado es el mismo y es distinto. Si de algún modo no fuera el mismo, no podríamos hablar de resurrección, porque no se trataría de Jesús, y no sería reconocido por los suyos, salvo como fruto de un engaño. Si de algún modo no fuese distinto, estaríamos ante Jesús de Nazaret, pero no ante el Señor de la vida y de la muerte”.
El cuerpo de Cristo tras la resurrección estaba en estado glorioso. Si echamos una mirada atrás, nos encontramos con el pasaje de la Transfiguración, donde el Señor manifiesta la gloria del Hijo de Dios a los discípulos que le acompañan. “Para redimirnos con su pasión y Muerte renunció voluntariamente a la gloria divina y se encarnó en carne pasible, no gloriosa, haciéndose semejante a nosotros menos en el pecado. En este momento de la Transfiguración, Jesucristo quiere que su gloria que le correspondía por ser Dios, aparezca milagrosamente en su cuerpo”... “La Transfiguración fue un cierto signo o anticipo no sólo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra”.
Tras la aparición de Cristo a aquellos discípulos, uno de los cuales San Lucas nos lo identifica con el nombre de Cleofás, se dirigen a transmitir la gran noticia: ¡Cristo vive! ¡Cristo ha resucitado!
El espíritu cristiano debe identificarse, entre otras cosas, por el hecho de compartir todo aquello que Dios, en su infinita bondad, pone a nuestro alcance: fe, alegría, amor, carismas... En muchos aspectos deberíamos rescatar aquel espíritu cristiano de las primeras comunidades que como podemos leer en los Hechos de los Apóstoles: “Todos los días se reunían en el Templo con entusiasmo, partían el pan en sus cosas y compartían sus comidas con alegría y con gran sencillez de corazón” (He 2, 46). En este espíritu, aquellos dos discípulos que caminaban tristes y desalentados, recuperan nuevamente la alegría y parten para compartir con los demás lo que acababan de vivir, para llenar sus corazones de alegría, para devolverles la esperanza que con la muerte del Señor habían perdido.
El cristiano es transmisor de ESPERANZA, porque es transmisor de VIDA. Aquellos discípulos corren y tampoco piensan en la reacción que puedan tener sus compañeros; ellos saben que lo que han visto es la verdad; ellos saben que han compartido unas horas con Cristo; ellos le han descubierto en el momento de la fracción del pan y eso es lo que van a compartir. Aquellos discípulos cabizbajos, desalentados, tristes, con el alma rota en mil pedazos “de pronto se sienten apóstoles, fraternos. No guardaron para sí su alegría. Tenían que comunicarla y repartirla”, escribe el padre Martín Descalzo, “pero tampoco les creyeron” (Mc 16, 13).