EL CAMINO DE EMAUS
2 Abril 2010
En tres momentos, en el Huerto de Getsemaní, El Señor encuentra dormidos a sus discípulos. En la primera ocasión les dice, y en ellos a nosotros: “Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil”.
La oración es el trato con Dios del hombre. Es además el medio de conocer a Dios íntimamente. Como vemos a lo largo del Evangelio, Jesús acude a la oración para dar gracias por el bien recibido o por el bien que se va a recibir, para pedir al Padre, para suplicar, para interceder ... Jesús nos enseña el valor de la oración, además de cómo hacerla. Pero además nos da una señal : Velad y orad para no caer en la tentación. Con lo que nos indica que con nuestras fuerzas solas, jamás lograremos vencer cualquier tentación, si estas fuerzas no están apoyadas en la oración.
La oración puede ser bien personal, o bien comunitaria. Por medio de la oración personal, como hemos dicho conocemos mejor al Padre, nos acercamos a Él, vamos comprendiendo mejor nuestra filiación divina, alcanzaremos a cumplir mejor todas nuestras obligaciones : laborales, familiares, de amistad , para con los demás. La oración está considerada como artículo de primera necesidad para el alma, como lo es el alimento o el agua para tomar fuerzas o apagar la sed. A través de la oración se apaga la sed de nuestras necesidades espirituales. La Iglesia nos pone a la Virgen María como ejemplo de oración cuando se nos dice que : “Nadie en este mundo ha sabido tratar a Jesús como su Madre”.
El Beato Escrivá de Balaguer decía : “La oración era entonces, como hoy, el medio más poderoso para vencer en las batallas de la lucha interior ... no os canséis nunca de implorar”. Y el Papa Pío XII : Orad, orad, orad; la oración es la llave de los tesoros de Dios; es el arma del combate y de la victoria en toda lucha por el bien y contra el mal. ¿Qué no puede la oración, adorando, propiciando, suplicando, dando gracias”
El Padre Martín Descalzo nos describe con todo realismo como era la oración de Jesús:
“Los Apóstoles debieron asombrarse ante la oración de Jesús en esta noche. Le habían visto orar cientos de veces en su vida. Pero en ningún caso con la angustia de esta ocasión. Empezando, incluso, por la postura del Maestro a quien veían a la luz de la luna llena. No rezaba ( como era tradicional en los judíos ) de pie con los brazos extendidos, sino que ( según dice San Marcos ) se postró en tierra ( 14,15); según Lucas ( 22,41) se puso de rodillas, y según San Mateo, cayó sobre su rostro (26, 39)”
La postura de los Apóstoles en el Huerto de Getsemaní, es muchas veces la postura nuestra: de abandono de la oración. Cansancio, flojera espiritual, apatía, priorización de otras cosas del mundo. Este pasaje es otra lección que el Señor nos da y cuyos ejemplos vivos fueron los Apóstoles, quien a pesar de sus debilidades los eligió para levantar su Iglesia y extender el Reino que nos había venido a traer. Dios, sobre la humildad edifica su Iglesia, que perdura a través de los siglos y lo hará hasta el fin de los tiempos
Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. En muchos pasajes a lo largo del Evangelio hemos visto a un Jesús que tiene sueño, que siente hambre, que se enfada; ahora vamos a ver a un Jesús que “ experimenta la necesidad de una compañía. Tal vez hablar con sus discípulos alivie su angustia. Y se levanta. Y camina esos treinta pasos para buscar la palabra humana que desgarre esa soledad en la que el Padre y las cosas le acorralan”. Pero ellos duermen y Jesús se siente solo de sus discípulos, más el solo se limita a despertarles para que hagan oración, enseñándoles la necesidad de ésta. Cuantas veces creemos sentirnos solos, sin darnos cuenta que no lo estamos, ya que el Señor nos enseña que al orar estamos en contacto con el Padre que nos ama intensamente.
“Es de notar que los evangelistas movidos por el Espíritu Santo, recogen tanto la oración de Jesús como el mandato de orar. No se trata de una anécdota ocasional, sino de un episodio que es modelo de lo que han de hacer los cristianos: rezar como medio imprescindible para mantenerse fieles a Dios. Quien no rece, que no se haga ilusiones de superar las tentaciones del demonio”