EL CAMINO DE EMAUS
9 Abril 2010
Juan Bautista es ungido por Dios: vino la palabra de Dios sobre Juan. Desde ese instante comienza el cumplimiento de su misión que no culminará hasta el mismo instante de su muerte. Nosotros también somos ungidos con los dones del Espíritu Santo en el día de nuestra confirmación, y es en ese instante en el que comprometidos guiamos nuestros pasos hacia el apostolado, escuchando de esta forma la llamada del Señor.
Y recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados. El Río Jordán que nace en el mar de Galilea y desemboca en el Mar Muerto, cruzando Samaría y Judea por el Este y Perea al Oeste. El bautismo que predica Juan lógicamente no es el bautismo cristiano, ya que éste será instituido por Jesucristo. Es, como nos dice el evangelista un bautismo de penitencia, a través del cual quien se sometía a este bautismo lo hacía porque deseaba dar un giro a su vida y convertir su vida de pecado en una vida orientada hacia Dios, por este motivo este bautismo que predicaba Juan era agradable a Dios. Aunque no tenía los efectos del bautismo cristiano, esta claro, que quien regeneraba su vida por medio del bautismo de Juan y la orientaba hacia Dios hasta el momento de su muerte, que su alma sería recibida por Dios en el momento en que Jesús entrara en la Gloria, ya que hasta entonces las almas de las gentes santas no podían entrar.
San Marcos en su Evangelio nos dice que Juan el Bautista predicaba “un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados” (Mc 1, 4). El Bautismo que ofrece Juan a las gentes es mucho mas efectivo que el sacrificio de penitencia de la tradición judía, ya que al ser un rito por tradición posiblemente había perdido toda su efectividad, por ser un rito a base de sacrificios de expiación; el de Juan era un acto voluntario de cambiar, un deseo de cambiar radicalmente de vida que implicaba al penitente más que aquel que ofrecía en expiación un animal en penitencia. Por otra parte vemos como los ritos judíos se han desproporcionado; el judío es llevado al cumplimiento de la ley estrictamente, alejándose del espíritu de la misma, como se observa a lo largo de los evangelios. Juan les hace una propuesta nueva que parece calar hondo en los corazones de aquellas gentes necesitadas de un guía que les muestre la luz y el camino hacia Dios. Son muchos y de todas las clase sociales: mujeres, hombres, soldados, publicanos...quienes se acercan a escuchar la propuesta de Juan el Bautista y muchos los que acuden a recibir ese bautismo.
San Lucas nos habla de que eran “muchedumbres las que acudían” buscando palabras de alivio, palabras que les sacaran de aquella ansiedad espiritual en la que se encontraban sumidos, de palabras que saciaran sus almas sedientas. Aquellas gentes acogerán la Palabra de Jesús porque además de que hablaba con autoridad, lo hacia con cariño, con ternura y con proximidad; Palabra que saciaba el alma de aquellas gentes.
Hoy igual que ayer nos sentimos necesitados muy necesitados del Señor y de nuestra Madre, la Santísima Virgen María. En la oración, en la Eucaristía, en el Sagrario, en las páginas del Nuevo Testamento nos espera el Señor para colmar nuestra sed, ayudarnos en nuestras necesidades, aliviar el dolor y la tristeza que nos invade, para tomarnos de la mano y acompañarnos en nuestro caminar. Y La Virgen María nos espera en un recodo del camino, como al indiecito Juan Diego; Ella que es nuestra madre amantísima, desea también ayudarnos en nuestras necesidades y sobre todo en nuestra necesidad de Amar a su Hijo que clavado en la Cruz ve la ingratitud de una humanidad que no ha sabido corresponder a su Amor infinito. Somos el reflejo de aquella Samaritana que acepta el agua que Jesús le ofrece al decirle: “ Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed nunca más” (Jn 4, 16); esa Samaritana que le falta tiempo para compartir con los demás la experiencia de Jesús que acaba de tener.
Un Bautismo de Penitencia. El Mensaje de Juan el Bautista hasta el fin de su vida es claro y contundente; no trata de hacer una fe a medida de cada oyente, con una moral distinta para cada uno, incluidos nosotros espectadores y oyentes como las gentes de aquella época, con quienes juntamente nos encontramos en alas de la fe. Juan el Bautista nos dice que el único medio de salvarse es la conversión y la penitencia. Hoy la Iglesia, y con especial énfasis en el tiempo de Cuaresma nos llama también a la conversión y a la penitencia y añade además: ¡¡¡Creed en el Evangelio!!!. Y como las gentes que acudían a escuchar al Bautista, debemos primeramente reconocernos pecadores, que somos frágiles, fácilmente seducibles por las tentaciones y débiles ante la lucha. El hecho de ser cristianos, de estar bautizados no nos libera de la condición de pecadores ni de ser salvos, como pensaba el pueblo judío cuando al reconocerse hijos de Abrahán se pensaban inmunes al pecado por saberse el pueblo elegido; la condición de cristianos si nos da la capacidad de ser humildes y por tanto de reconocernos pecadores que es ya un paso importante para luchar contra el pecado y cambiar nuestra vida, que es el camino por el que comienza toda auténtica conversión.