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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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PREDICACION DEL BAUTISTA (I)

 

            El año decimoquinto del imperio de Tiberio cesar, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, Herodes Tetrarca de Galielea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y de la región de Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, 2 bajo el Sumo Sacerdote Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan el hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y recorrió toda la región del Jordán predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados, 4 tal como está escrito en el libro de los oráculos del Profeta Isaías:

 

 

                        Voz que clama en el desierto:

                        Preparad el camino del Señor,

                        Haced rectas sus sendas.

                        5 Todo valle será rellenado,

                        Y todo monte y colina allanados;

                        Los caminos torcidos se harán rectos,

                        Y los caminos ásperos serán suavizados.

                        6 Y todo hombre verá la salvación de

                        Dios.

 

            7 Y decía a las muchedumbres que acudían para que los bautizara: Raza de víboras, ¿quién os enseño a huir de la ira venidera?. 8 Haced, pues, frutos dignos de penitencia, y no empecéis a decir entre vosotros: Tenemos por Padre a Abrahán. 9 Además, ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no de buen fruto es cortado y echado al fuego.10 Las muchedumbres le preguntaban: Entonces, ¿qué debemos hacer? 11 Él les contestaba: el que tiene dos túnicas, de al que no tiene; y el que tiene alimentos, haga otro tanto. 12 Llegaron también unos publicanos para  bautizarse y le dijeron: Maestro, ¿qué debemos hacer? 13 y él  les contesto: No exijáis mas de los que se os ha señalado. 14 Asimismo le preguntaban los soldados: Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?. Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestras pagas.15 Como el pueblo estimase, y todos se preguntaran en su interior, si acaso Juan no sería el Cristo, 16 Juan salió al paso diciendo a todos: Yo os bautizo con agua; pero  viene  quien es más fuerte que yo, al que no soy digno de desatar la correa de sus sandalias: Él os bautizará en Espíritu santo y en fuego.

 

            17 Tiene el bieldo en su mano, para limpiar su era y recoger el trigo en su granero, y quemará la paja con fuego inextinguible. 18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba al pueblo la buena nueva. (Lc. 3,1-18)                   

 

 

            San Lucas, en el comienzo de este capítulo nos sitúa en la época y en el momento n el que Juan el Bautista da comienzo a su predicación, una predicación que desembocará en el Ministerio Público de nuestro Señor Jesucristo. Para ello nos facilita los nombres de los personajes históricos que tendrán una especial participación durante la predicación del Señor y posteriormente en su Pasión y Muerte: Anás, Caifás, Poncio Pilato, Herodes... que nos dan testimonio fiel de la época  en que da comienzo el anuncio del mensaje de la Buena Nueva del Señor a toda la humanidad.

 

            Pero toda acción de apostolado debe comenzar por un  tiempo de preparación, lo vemos aquí con Juan el Bautista y de ello nos dará especial ejemplo el Señor en su  retiro al desierto durante cuarenta días y cuarenta noches. Juan el Bautista se retira al desierto y como apunta  San Marcos en su Evangelio “vestido de piel de camello y con u ceñidor de cuero, y comía langostas y miel silvestre” (Mc. 1-6). Se desprende de todo y de todas las connotaciones del mundo, para que su acercamiento a Dios sea mas libre y mas puro. Así nos enseña Jesús a orar: “ Tu, por el contrario, cuando te pongas a orar, entra en tu aposento y,  cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará” ( Mc. 6, 6). Desprendidos de todo el ajetreo del día para que nuestro diálogo con el Señor sea más libre y sin que nuestro pensamiento vuele hacia aquellos momentos que en el día nos han impactado más. Para ello pongámonos en manos de la Madre, Reina de la oración y de nuestro Ángel de la Guarda que guiarán y ayudarán nuestra oración.

 

            Muchas veces pensamos que la labor de apostolado, como puede ser el de la Catequesis, es ir a la Parroquia a hablar de Dios, y hablar de aquello que sabemos o hemos oído de boca de otros, y por ello contamos con nuestro propio saber, sin contar para nada con el Señor, que es a fin y al cabo quien debe dirigir toda nuestra acción. Si realmente nos diéramos cuenta de la importancia de esta labor y de la trascendencia que tiene para las almas que se nos encomiendan, comenzaríamos nuestra labor de apostolado poniéndonos en las manos del Señor, bajo si dirección, y nos encomendaríamos a nuestra Madre, la Santísima Virgen María, que es la Reina de los Apóstoles, tal como la cantamos en las letanías del santo Rosario. Actuando de esta manera podríamos ver resultados  sorprendentes. Puestos en las manos del Señor, dejándonos llevar por Él, contando con Él, no con nuestro propio saber tan limitado, preparándonos y acudiendo con  frecuencia a los Sacramentos: Eucaristía y Penitencia, daríamos lo que tenemos.

 

            El retiro de Juan el Bautista tenía ese fin: ponerse en las Manos de Dios que le había llamado desde la eternidad para predicar y abrir el camino del Señor. Juan el bautista no cuenta con su saber ni con sus fuerzas, cuenta con la ayuda de Dios para poder llevar a buen puerto la obra encomendada por el Señor. Nosotros también hemos sido llamados por el Señor desde la eternidad para ser sus manos, sus pies, sus labios... en el momento que nos ha tocado vivir, “Vosotros  sois la luz del Mundo” (Mc 5, 14).

 

            La Iglesia nos enseña que  el cristiano, desde el inicio, debe recibir el mensaje del  Señor en toda su integridad y dado que no es posible que este mensaje se pueda recibir en su totalidad en edad catequética, deberá recibirse de forma gradual o lo que es lo mismo no todo el mensaje al mismo tiempo. Y este mensaje que recibimos no es monopolio del cristiano, sino que a su vez debe ser transmitido hacia aquellos que no lo conocen por cualquier circunstancia; por eso el Señor, desde el Monte de las Bienaventuranzas nos dice , “Vosotros  sois la luz del Mundo” (Mc 5, 14). Y de la misma forma que hemos sido llamados al apostolado por el mismo Jesucristo, hoy la Iglesia, a través de la voz del Papa Juan Pablo II nos dice: “en la Iglesia de Jesucristo nadie debería sentirse  dispensado de recibir catequesis”; es decir, la catequesis no debe ceñirse exclusivamente al periodo de preparación de la Primera Comunión o de la Confirmación, la formación del cristiano debe continuar  de forma permanente.

 

            También la Iglesia nos dice como ha de ser la persona que lleva a cabo una acción de apostolado. Por un lado debe ser  Fiel a Dios, y esta fidelidad, tal como nos enseña la Iglesia, es la que le lleva a transmitir fielmente el mensaje de nuestro Señor Jesucristo. Esta palabra : fielmente, hace referencia a que el catequista, a que la persona que transmite el mensaje del Señor solo y exclusivamente transmite el mensaje revelado; es decir que nunca intercalará  dentro del mensaje que transmite sus propias opiniones o puntualizaciones. El catequista no transmite su propia fe, sino la fe de la Iglesia. Por su puesto, el catequista, el apóstol, debe tener experiencia de fe, es decir, vivir la fe, o lo que es lo mismo la práctica frecuente de la Oración y de los Sacramentos. Penitencia y Eucaristía.

 

 

            Cuando estuvo preparado, y no antes, nos dice San Lucas: , vino la palabra de Dios sobre Juan el hijo de Zacarías, en el desierto. Y solo en ese momento se lanza  Juan el Bautista a cumplir con la misión encomendada por Dios desde la eternidad. Juan el Bautista será   el enlace entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Nosotros desde el día de nuestra Confirmación debemos estar prestos a cumplir con la llamada que el Señor nos hace al Apostolado. Nuestro Bautismo no es un hecho ni casual ni accidental; es una gracia, un don de Dios desde el que nos dice que cuenta con nosotros para ser sus manos, sus labios, sus pies, su corazón y sus ojos en el mundo, para que otros reciban con la ayuda del Señor y por medio de nuestra acción de apostolado el mensaje revelado. Nosotros al igual que Juan el Bautista debemos estar preparados: bañados en la fe, en la oración y en los sacramentos para compartir con aquellos que no ha conocido aún a Dios, con aquellos que lo han perdido o lo ha abandonado el MENSAJE DE SALVACIÓN, de forma gratuita, como nosotros lo hemos recibido de Dios a través de nuestra Madre la Santa Iglesia. Juan  el Bautista se preparó para abrir el camino al Señor y cuando vino la palabra de Dios sobre Juan él, salió y recorrió toda la región del Jordán.

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