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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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LA PREDICACION DE EL BAUTISTA ( Y 3)

El Talmud dice: “Aunque tus hijos fuesen cuerpos sin venas y sin huesos tus méritos responderán por ellos”;  es decir que aun siendo pecadores y faltos de moral el hecho de ser hijos de Abrahán les obtenía el beneficio de del perdón de los pecados. El judío se sentía, pues, inmune. Juan el Bautista  primeramente y el Señor después en su predicación les van a decir que la única forma de obtener el perdón de los pecados es la conversión y la penitencia, enseñándoles como han de hacerlo.

 

            Haced, pues, frutos dignos de penitencia. Les decía  el Bautista, a la vez que nos lo dice a nosotros también que somos representados por aquellas gentes. Frutos de penitencia que solo podemos realizar  mientras dura nuestra existencia, ya que el tiempo de merecer acaba con la muerte de la persona, y que nos guiarán si duda , con la gracia de Dios, a alcanzar la promesa de la Bienaventuranza final: el Cielo. Estos frutos de penitencia dan comienzo con un acto de humildad por parte de la persona: el reconocimiento de que soy pecador que  conlleva el dolor de haber ofendido a Dios que me Ama intensamente.

 

            ¿Cuáles son esos frutos de penitencia a los que se refiere Juan el Bautista? El despego a las cosas terrenas que me invaden y que me impiden servir a Dios libremente; privarnos de todo aquello que puede mover al alma al pecado; la mortificación ( o purificación de aquello que hacemos a diario). Juan el Bautista se lo dice claramente a las gentes cuando le peguntaban: , ¿qué debemos hacer? 11 Él les contestaba: el que tiene dos túnicas, de al que no tiene; y el que tiene alimentos, haga otro tanto. 12 Llegaron también unos publicanos para  bautizarse y le dijeron: Maestro, ¿qué debemos hacer? 13 y él  les contesto: No exijáis mas de los que se os ha señalado. 14 Asimismo le preguntaban los soldados: Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?. Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni denunciéis con falsedad, y contentaos con vuestras pagas. Las palabras del Bautista son una síntesis del cúmulo de acciones que desembocarán en un cambio en nuestra vida  en relación con Dios y a la vez , en muchos casos, en relación con los demás, con aquellos que hemos de convivir  cada día: en casa, en el trabajo, en el colegio, en la universidad, en nuestro círculo de amistades.

 

            Además, ya está el hacha puesta junto a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no de buen fruto es cortado y echado al fuego. El Pueblo judío era el pueblo elegido por Dios y como tal debía dar ejemplo a los demás, pero su forma de ser le llevó a romper muchas veces con este compromiso, hasta el punto que sabiéndose hijos de Abrahán se pensaban salvos. El pueblo cristiano es el nuevo Pueblo de Dios que ha sido elegido para que a través del ejemplo y de la palabra transmitamos a los demás el mensaje de Buena Nueva que el Señor ha traído para todo el mundo. Por eso, como nuevo Pueblo de Dios el Señor nos recuerda:  Sois Sal de la Tierra...sois luz del mundo; una sal que evita que las almas se corrompan por el pecado y una luz porque nuestro ejemplo, nuestra experiencia de fe y con la palabra, ayudados por la gracia de Dios, iluminaremos  el camino de tantísimas otras almas que hay a nuestro alrededor. El Señor nos pide que seamos fieles porque “ si la sal se vuelve sosa ¿con que se salará?” (Mt. 5, 13).  Si el cristiano pierde su alma de apóstol ¿qué podrá iluminar? ¿con que podrá calentar las otras almas ateridas por el frío de la oscuridad?. Si el árbol se enferma y no produce ya frutos es cortado y echado al fuego.

 

            Aquellas gentes escuchaban atentas las palabras y el mensaje de Juan el Bautista. Era un mensaje nuevo, sorprendente. De la boca de los doctores de la Ley, ni de los escribas y fariseos salían tales palabras. Las palabras del Bautista llenaban, saciaban, ofrecían un horizonte que hasta ahora no habían visto, y le preguntaba ¿qué debemos hacer?. Nosotros, en la oración de la noche, ante al Santísimo... debemos hacer esta pregunta, que nos guiará a vencer este o aquel pecado, a salir de aquella encrucijada, a sacar esa piedrecilla que nos molesta en nuestro caminar. La respuesta no se hará esperar. Cambiar el chip de mi vida, dejar de mirarme a mi y ver que además de yo hay muchos mas en este mundo y con problemas muchos más graves que el mío; dejar de buscar las fáciles soluciones que en muchas ocasiones terminan por hacernos caer y ponernos a luchar para evitar en la medida de mis fuerzas lo que hago mal, sabiendo que allí donde no pueda llegar yo esta el Señor esperándome para tirar suavemente de mi y ayudarme a avanzar,¡¡¡ porque me quiere a su lado para toda la eternidad!!!. Pero la llave está en mi mano: aceptar lo que el Señor me pide para mi conversión.

 

            Nos dice el Señor: “quien o naciere del agua del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de los Cielos” ( Jn 3, 5). Sin el Bautismo no podemos entrar en el Cielo. Al ser un lugar santo, por ser donde habita Dios hemos de entrar limpios de todo pecado, por leve que éste sea. Como por herencia de Adán y Eva contraemos el pecado original, es preciso borrar esta mancha de nuestra alma y la única forma es por medio del Sacramento del Bautismo, instituido para ello además de alcanzarnos otros beneficios como: hacernos hijos de Dios, miembros de la Iglesia, recibir el Espíritu Santo, nos infunde la gracia santificante y confiere carácter. “Por el Bautismo de la Nueva Ley, los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que sólo hace Dios. En cambio por el Bautismo de Juan solo era lavado con agua el cuerpo”, pero la persona adquiría el compromiso de renovar su vida; compromiso que adquirimos los cristianos por medio del Sacramento de la Penitencia al hacernos libres de la atadura  a que el pecado nos tiene sometido.

 

            El mensaje que  Juan el Bautista ofrece a aquellas gentes, y en ellas a nosotros, se un mensaje de cambio, de dejar el hombre viejo atrás y revestirse de hombre nuevo como medio para la remisión de los pecados y así poder ser merecedores del Reino que seguidamente anuncia el Señor. Es un mensaje  lleno de esperanza: ¡ podemos rehacer nuestra vida! Pensarían aquellas gentes. ¡ Podemos rehacer nuestra vida! Pensamos nosotros cuando nos acercarnos al Sacramento de la Penitencia. Hasta la llegada del Señor, Juan el Bautista les ofrece aquel bautismo de conversión que va acompañado de dinos frutos de penitencia; el  Señor nos va a ofrecer mucho más con la institución del Sacramento del Bautismo.

 

            El camino para llegar a Dios es uno. Muchas veces nosotros, al igual que hacían los judíos, nos fabricamos una fe a nuestra medida, recortando lo que no nos gusta, lo que nos causa molestia en nuestro ideal de vida, ensanchando nuestra conciencia para que no nos apriete, quitando valor y rango al pecado,  convirtiéndonos  en los “nuevos hijos de Abrahán” y en nuestro error corremos el riesgo de arrastrar a otros muchos con nosotros. El único camino para llegar a Dios es el que nos marca el mismo Jesús y que cada día nos los repite a través de las páginas del Evangelio; Creer en el Evangelio, Oración, práctica de los sacramentos y obras englobado en el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, que Él mismo nos ha enseñado a cumplir.

 

            Con el cumplimiento de lo enseñado por el Señor: Todo valle será rellenado, las ansias de Dios que tiene el alma humana será saciada;  y todo monte y colina allanados, el camino hacia Dios se hará suave y llevadero, sin obstáculos que apenen nuestro camino hacia la Gloria Eterna; los caminos torcidos se harán rectos, a través de la conversión, por medio de la Penitencia y Eucaristía, el alma volverá por el camino que le lleva directo a Dios; y los caminos ásperos serán suavizados, el camino con el peso de los pecados se hace triste, duro, difícil, imposible, la vuelta a la amistad con Dios lo hará suave y llevadero. Y todo hombre verá la salvación de Dios, solo así, cumpliendo los establecido por Dios, lo enseñado por Jesús, que pasó haciendo el bien, nos alcanzará la salvación de Dios, el premio prometido.

 

            Hemos visto como la predicación de Juan el Bautista  no va dirigida a una clase social, a las gentes sencillas, sino que va dirigida a todos los estamentos de la sociedad: escribas, fariseos, doctores de la ley, rabinos, sumos sacerdotes, soldados,  incluido el mismo rey porque por su cargo no queda excluido del cumplimiento de la Ley de Dios, ni tampoco de la opción que tiene, como persona y como hijo de Dios, de rectificar su vida, sino que además por ser  personaje público debe ser ejemplo para sus súbditos. A todos les presenta tal cual es el modo que deben seguir para agradar a Dios.

 

             Hoy día no podemos esperar a que venga un nuevo Bautista para volver al camino que hemos perdido o que hemos abandonado, la Iglesia en el nombre de Dios, como Madre nuestra nos enseña cada día el camino y Jesús, cada día, a través del Sacramento de la Eucaristía y del Evangelio nos repite que hemos de hacer; y como no, nuestra Madre, la Virgen María, se nos ofrece como Luz segura que ilumine nuestra andadura

 

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