EL CAMINO DE EMAUS
7 Diciembre 2009

Nos narra San Lucas, la adoración del Niño Jesús por los pastores. Acababa de nacer el Niño, y aún de noche, cuando los pastores vigilaban sus rebaños, un Ángel del Señor les anuncia la Buena Nueva, ¡Es la Navidad!
El evangelista nos dice que acuden rápidos al lugar que el Ángel les había indicado. No hay lugar para la duda en aquellas personas; acuden para ver aquel gran acontecimiento que el Ángel les había .Al llegar al humilde portalico comprueban las palabras del Ángel, y ven al Niño acostado sobre un pesebre; a pesar del frío de la noche llega hasta sus almas un intenso calor espiritual que les hace olvidar las penurias de su abnegado trabajo y lo adoran profundamente desde la humildad de sus corazones. Podemos imaginarlos en alas de la fe, arrodillados, contemplando la maravilla que les acababan de anunciar, sus rostros alegres, con los ojos puestos sobre aquel Niño. Ven a María, ven a José, y nosotros también los vemos, desde los ojos de aquellas humildes gentes. Después, salen a contar a todos lo que les habían dicho de aquel Niño y lo que habían podido contemplar. Y transmiten de tal forma su vivencia, que todos cuantos les escuchaban se sentían admirados.
Aquellos pastores representan a quienes realizarán hasta el fin de los tiempos las labores de Apostolado: se llenan de Dios y después transmiten sus vivencias, sus experiencias de fe. Son los primeros catequistas, misioneros… revestidos de humildad, de deseos de alimentarse de Dios, para hacer partícipes a otros de ese Tesoro que es Dios. Allí estaban María y José, viendo y escuchando lo que decían del pequeño. Aquel Nacimiento le había hecho olvidar a José las penurias del viaje, ¡casi 100 kilómetros! hasta llegar a Belén, después la dificultad para encontrar un lugar adecuado para que María descansase. Todo estaba olvidado, aquello superaba todo, a pesar de que nadie los recibió (nosotros tampoco). La Virgen María miraba, escuchaba y guardaba todas esas cosas en el corazón, las meditaba y oraba, como nos recordarán los evangelistas.
María, nuestra Madre también, como lo hará durante su vida pública Jesús, nos enseña el valor de la oración. Nosotros al igual que Ella, debemos guardar todas las cosas en nuestro corazón, meditándolas. Aquellos humildes pastores no se guardan nada para sí; al contrario, con sus corazones inundados de alegría, comunican todo cuanto habían oído de Él y todo cuanto habían visto. Dios es un Tesoro a compartir. No es el talento que se nos entrega para que lo escondamos y enterremos bajo tierra para que no se nos pierda, sino que lo hemos de dejar crecer para vivirlo y después compartirlo con los demás, y especialmente con aquellos que no han tenido la ocasión de conocerle. Y así lo hacen aquellos pastores
Nosotros hemos conocido al Señor. Es verdad todo cuanto se nos ha dicho de Él: ¡Venid a verlo! ¡Venid a vivirlo! Debemos gritar a los cuatro vientos con la palabra, con el ejemplo, con el cumplimiento diario de nuestras obligaciones en el trabajo, en el colegio, en la universidad, allá donde Dios nos haya colocado para servir de testigos luminosos en la oscuridad del mundo actual... Aquellos pastores han tenido la dicha infinita de poder ver al Niño Dios, cara a cara; han tenido la infinita dicha de poder acudir a aquel segundo sagrario, el del Portal de Belén, (pues el primer sagrario donde se alojó el Señor, fue el seno de María) para adorarle, para conocerle y para transmitirlo, después, a todos.
Nosotros debemos tomar ejemplo de aquellos pastores. El Señor se ha quedado con nosotros hasta el fin de los tiempos en el sagrario de cada Templo, de cada Capilla, de cada ermita; ahí podemos visitarle y adorarle, como hicieron los pastores; ahí está para que lo podamos recibir sacramentalmente, y para volver con el corazón inundado de alegría porque hemos podido recibirle, no a un símbolo, sino al mismo Jesús, aquel que pasó haciendo el bien, curando, sanando, dando alegría..., el mismo que pasa hoy a nuestro lado: llamándonos, sanando, curando, devolviendo la alegría, restañando nuestras heridas, escuchándonos con paciente ternura... Jesús no estuvo sólo en aquel sagrario de Belén. Hoy tampoco debe estar sólo. Muchas veces sí lo está, pero de nosotros, ¡de los que hemos recibido y conocido la Buena Noticia¡, ¡de los que le recibimos en la Eucaristía! ¡De los que sabemos que está ahí, esperándonos! ... Las prisas y las ocupaciones unas veces; otras, las tibiezas, las caídas en uno u otro pecado que nos alejan de Él, hacen que Jesús se sienta solo de nosotros.
Hoy, aquella imagen del Portal de Belén se repite en todos los Templos del mundo, donde Dios es adorado como el primer día. La voz alegre de aquellos pastores gloriando a Dios, alabándole, dándole gracias se sigue dejando oír en el silencio de los Templos; aquella voz alegre llega también hasta nuestros oídos, por medio de la voz de la Iglesia que nos recuerda, cada día, la Buena Nueva del Nacimiento del Niño Dios. Nosotros al igual que ellos hemos de ir, presurosos al encuentro del Señor que nos espera en cada momento de nuestra vida, pacientemente, presto a cubrirnos con sus manos, como el Padre de la Parábola del Hijo Pródigo, para protegernos, para derramar sobre nosotros el bálsamo suave de su perdón.
Y allí estaba María junto a su Hijo; y aquí, cerca de nosotros, a nuestro lado, también está María, nuestra dulce Madre, para guiarnos y para acompañarnos, para ayudarnos a levantar en cada alma un Templo dedicado a su Hijo. Nadie como ella, que es el nexo que une a Dios y al hombre en un abrazo de amor. Aquí está la Virgen María, a nuestro lado, que desea presentarnos a su Hijo para que le amemos, para que seamos sus amigos, para que nosotros se lo presentemos a otros, para que le amemos en el sacramento de la Eucaristía, para que le amemos en la oración, para que le amemos al calor del sagrario. Y allí estaba José, el humilde José. Su silencio es una lección que hemos de aprender, pues en el silencio humilde, como el de José, se ama grandiosamente al Señor y se le oye con mayor claridad. La Navidad se acerca. Está a la vuelta de la esquina, es tiempo de propósitos serios, de cambios, para que cuando el Señor venga y llame a nuestra puerta no le digamos: lo siento no hay lugar en esta posada.
Hoy celebramos la entrañable fecha de La Inmaculada Concepcion dela Virgen María, nuestra madre querida del Cielo; a quien por siempre, nuestros labios y nuestros corazones la alaben Bienaventurada-