EL CAMINO DE EMAUS
3 Mayo 2013
“ Madre, ahí tienes a tu hijo”. Jesus se dirige a su Madre, desde la Cruz, se olvida de su intenso dolor, producido por la cruel paliza que recibió desde su prendimiento, pero olvida su ddolor y miensda en toda la humanidad y no quiere dejarnos huérfanos. Y piensa con cariño y quiere dejarnos lo mejor y nos deja a su Madre. Nos ama intensamente, a pesar que la humanidad no le iba a corresponder.
Desde la Cruz, el Señor se dirije a su Madre “Madre ahí tienes a tu hijo”. Juan, el único de los discípulos que la acompaña, representa a toda la humanidad, la presente y la futura. Nosotros, en alas de la fe, estamos presentes y vemos ese momento. Y vemos la Cruz ensangrentada, que sale de sus multiples heridas, y de sus manos taladradas sin piedad. Maria, contempla, con el sufrimiento de una Madre. Y acepta. ¡ Fiat! ¡Hágase!. Otra vez, nuestra Madre hace la voluntad de Dios; otra vez dice ¡SI!. Nos acepta. Acepta A ESTA HUMANIDAD INGRATA. Nos ama como hijos suyos. Es tanto que no sabría vivir sin amarnos. Maria es Corredentora junto a su Hijo Jesus, el Redentor.
“ Jamas se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a vos, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos”. Escribia San Bernardo. Con estas palabras podemos hacernos una idea cuanto nos ama la Virgen Maria.
Es el camino seguro para llegar al Señor. Ella desea ver a su Hijo amado, y esta dispuesta en todo momento para que le amemos. Es de su agrado que nos acerquemos a la Eucaristia para recibir al Señor. Para ello nos alcanza de su Hijo las gracias necesarias para que lo recibamos. Nos da su auxilio para acercanos al sacramento de la Penitencia, para recuperar la gracia si la hubiéramos perdido.
“Haced lo que El os diga” les dice a los encargados en las Bodas de Canaan, que también nos representan. Esas palabras nos las sigue repitiendo. Para que siguiendo las indicaciones de Jesus no perdamos el camino que un dia nos llevara a gozar de la Gloria de Padre Dios, que nos espera con los brazos abiertos, como el Padre de la Parabola. Todos los días esperaba mirando a la lejanía que volviera su hijo. Cuando lo ve no espera, sino que sale a camino; como hizo con el indiecito Juan Diego.
“Hijo, ahí tienes a tu Madre”, le dice a Juan y el discípulo acepta y la acepta también en nuestro nombre, por cada uno de nosotros. ¿Quién va a desechar a esta Madre?. Si es nuestra luz, la que os guía en nuestras noches oscuras, que decía San Francisco de Asis, para que encontremos el camino del que no debimos salir. Si decimos que Jesus es e amigo que nunca falla, de Maria podemos decir que es la Madre que nunca nos abandona.