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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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LA VIRGEN DE GUADALUPE (2)

MADRE DE MISERICORDIA

 

 

... Yo soy vuestra Madre  misericordiosa, la tuya y la de todos aquellos que viven unidos en la tierra, y la madre de todos aquellos que, llenos de amor por Mí, clamaron hacia Mí y pusieron su confianza en Mí. Esto es lo que yo escuchare sus lágrimas, sus tristezas, para consolar,  para aliviar todas sus penas, sus miserias, sus sufrimientos.

 

“ Para que aquello pueda hacerse y se ejerza mi misericordia, ve a buscar al Obispo de Méjico a su palacio y dile lo que yo te he mandado; tu, mi mensajero a fin de representar cuan deseo con insistencia que se me construya  mi teocalli aquí mismo. Tú le contarás todo lo que has visto y admirado, y le repetirás fielmente lo que has escuchado.

 

Y te por seguro que me mostraré muy reconocida y te devolveré la felicidad, que esta misión que te encargo hoy será recompensada así como la fatiga y la pena que habrás tenido para llevarla bien.

 

He aquí, mi hijito el más pequeño. Tus has escuchado lo que te he dicho. . Ve ahora y haz todo esto que te corresponde.

 

 

            Releído 475 años después, cada una de estas palabras  consonan con un contexto  histórico preciso: el de los comienzos difíciles de la Conquista, sin que el menor anacronismo permita detectar  falsedad posterior. Por ejemplo, el sitio de Méjico fue elevado a arzobispado en 1547, y a partir de esta fecha el titular es siempre designado por su título de arzobispo. Pero la palabra empleada aquí es obispo, conforme al título primitivo, contemporáneo de los acontecimientos.

 

            Hay más. Está la controversia del alma de los indígenas. En la mentalidad profundamente cristiana que era la de la Europa del siglo XVI, el destino sobrenatural de la humanidad esta en una túnica inquebrantable, la suerte los indios dependía de aquella cristiandad, y la suerte de los indios mismos debió estar escrita desde la eternidad; el problema volvía pues  a identificar los habitantes del Nuevo Mundo con la descendencia de uno de los patriarcas  de la Biblia, de relacionarles de alguna manera con la línea de Adán ( donde al contrario de excluirlos, lo que hace igualmente relacionarlos. “ La solución va primeramente  a prevalecer según la cual “él poder parecer tan económico y tranquilizar restarlos de la humanidad y de identificar a estos monstruos cuyas antiguas leyendas estaban atiborradas  y que nunca se había tenido la ocasión de encontrar. Esto es lo que parece gráficamente en algunos gravados de finales del siglo XV e igualmente más tardíos. Una tal posición representaba el peligro  de hacer vana toda tentativa de evangelización, como comprendieron más tarde los misioneros, pescadores de almas que fueron los campeones de  “ la humanidad “ para los Indios. En desquite, los conquistadores veían la ventaja de poder explotar sin piedad a los habitantes del Nuevo Mundo. El problema  de la naturaleza de los Indios fue uno de los problemas que afrontaron que había que oponer durante la primera generación sobre todo, los religiosos a los colonos. “ ( Lafaye, 61 .62 )

 

            Interviniendo en este grave problema, el Papa Pablo III pronunciará que los Indios están dotados de razón y por tanto destinados a llegar a ser hijos de Dios por el bautismo: Pero el bravo cardenal toledano y la Bula Sublimis Deus datan del 1537. Ante él la Reina Isabel la Católica había protestado,  desde final del siglo XV, los Indios eran sus vasallos, con el mismo título de españoles, y era inicuo reducirles a la esclavitud. Hizo liberar a  aquellos que habían sido traídos a España, y entre ellos un esclavo que pertenecía al padre Bartolomé de las Casas. “ La humanidad de los Indios ( prosigue Lafaye ) fue puesta en duda por algunos espíritus, no parece haber sido en ningún momento problemático a los ojos de los soberanos. “ (62). Pero Carlos V no promulgará hasta  1542 las Nuevas Leyes de Indias que harán a los Indios libres sujetos a la Corona.

 

            Entre tanto, la raza  indígena habría perecido en la Nueva España cuando el llegara a Nueva Inglaterra el siglo siguiente, donde se puede hablar de genocidio teórico y práctico, si algo no había sucedido, un acontecimiento misterioso sin el cual es imposible de explicar como se hace que  al sur de una línea este – oeste, Matamoros – San Diego, donde América  llega a ser latina, los indios han sobrevivido,         no metidos en reservas, sino como hombres libres, y han mezclado su sangre con la de los conquistadores hasta el punto que ha llegado a ser imposible hoy día definir los criterios de la indianidad, por ello que la etnología se inclinaría a admitir la probabilidad de esta intervención de la Virgen María, en 1531, en Méjico, diez años  después de la Conquista, para zanjar la diferencia, de la más simple a la mas extraordinaria manera: es un indio a quien escoge por confidente, y de la más baja categoría social, un macehualli,

“ y mas pequeño “, el mas pequeño. Ella le declara que es su Madre, Llena de misericordia para el, Juan Diego, como para los demás. Esto no sería verdad, si ella no fuera la Reina, poderosa para hacer respetar su voluntad.

 

 

 

 

 

 

 LA VIRGEN Y EL OBISPO

                                                                                                                                                        

 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

 

 

            El indio se inclina fervorosamente  y dice:

 

 

Mi Señora, mi Reina, voy a cumplir lo que me has encomendado. Ahora, te deja, tu  pobre servidor. “

 

 

            Él fue derecho al palacio del obispo. Los sirvientes no  dejan entrar  a este pobre ante el obispo. Pero él con la paciencia de los humildes, fue por fin introducido, y cuenta lo que había viso y escuchado. Juan Gonzáles, intérprete, erudito llegado con Cortés en 1519, traduce este relato al obispo electo, Juan de Zumárraga, de los hermanos menores, responde:

 

Hijo mío,  puedes venir otra vez, reflexionare todo esto  

 

 

            La tarde misma, el viajero estaba de vuelta a la cumbre de la colina: La Reina del Cielo se encontraba allí, en pie como en la mañana. Desde que la ve, se arrodilla ante ella profundamente y le dice:

 

 

Mi Maestra, mi Señora, mi Reina, mi niñita, he ido donde me has enviado; he dicho las palabras que tu has dicho. Con mucha dificultad he entrado en la casa de Monseñor. Él me ha recibido de corazón y me ha escuchado amablemente; pero comprendo su manera de responderme que él piensa que esta idea de construir una Iglesia ( teocaltzin ) viene de mí y no de ella.

 

Entonces, yo te suplico ni Señora, mi reina, mi niñita, cámbiame por algún noble y estimado para transmitir tus deseos y tus palabras si tu quieres ser creída. Porque, en fin, yo no soy más que un pobre hombre, trabajador, el más rustico, el último de la ciudad. Yo no tengo lugar donde me envías. ¡ Oh ¡ mi damita, te vas a enfadar por mi causa, mi Señora, mi Maestra. “

 

 

 

EL EMBAJADOR, “ EL MAS PEQUEÑO “

 

 

            A este lenguaje, la visitadora celestial, responde:

 

 

Escucha bien, por favor, mi niñito. Son numerosos mis servidores, a todos ellos podría encargar mi mensaje y que podrían cumplir mi voluntad. Pero es absolutamente necesario que seas tú precisamente quien lo cumpla, que hables, y que mi deseo y mi voluntad se realicen por tu mediación. También yo te ruego, hijo mío, el más pequeño, y te ordeno que vuelvas mañana a casa del obispo. Y le repitas que es la Virgen María, Madre de Dios, la que te envía. “

 

            Juan Diego, promete con insistencia, sin objeción:

 

 

Mi Señora, mi Reina, mi niñita, no quiero entristecerte, ni apenar tu corazón: iré gustosamente. Quizás no me querrá escuchar. ¿No me creerá?. “

 

Mañana al amanecer, iré a dar la respuesta al obispo. Ahora te dejo, mi niña, la más pequeñita, mi Virgen, mi Señora y mi Reina. Queda en paz.”

 

            La mañana del domingo, después de la Misa, él fue derecho sin llorar a los pies del obispo, repitiéndole las palabras, de la Reina del Cielo, que él debía creer y creer también su voluntad, que se le edificara un a Iglesia donde ella pedía.

 

            Esta vez Monseñor le hizo mil preguntas ¿Cómo era esa Señora? ¿Dónde la había visto?. El relato original no nos da la respuesta de Juan Diego, pero dice solamente:

 

 El cuenta todo al obispo, todo lo que había visto y admirado, y hace una descripción, mostrando que ella era la Virgen, la Madre admirable del Señor, Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

 

            Debe contar lo que el ha visto, en los mismos términos que nosotros nos servimos describir la Imagen que contemplamos hoy: tenía una dulce mirada de jovencita, de una maravillosa belleza, un poco morena, alumbrada por una sonrisa maternal. Tenía las manos juntas y la cabeza inclinada hacia la derecha, cubierta de un velo recorrido por estrellas doradas que caen hasta los pies. Tiene el tipo de una niña de quince años y se yergue sobre una media luna negra sobre la que ella posa el pie derecho, calzada de gris ceniza. Eclipsa el sol con sus rayos que la rodean  como si salieran de su propio cuerpo; otros en forma de llama. Ella está sostenida por un ángel cariátide que se le ve hasta la cintura, lleva dos alas de águila medio desplegadas, y los pies parecen perderse en la nube que el nimbo despliega en toda la visión.

 

            Esta fue la descripción del viajero, el obispo debió reconocer bien a la  Inmaculada cuya devoción era en particular honor  de la orden franciscana. Pero el Indio añade que estaba en cinta, a causa de un detalle, que le era indudable, y que debió acabar de asombrar al primer obispo de Méjico.

 

 

                                                                                                                                                                                EL OBISPO PIDE UN SIGNO

 

 

 

Era preciso otra cosa más que las palabras. Reclama un signo. Juan Diego promete pedirlo a la Reina del Cielo. El Obispo despide al viajero, pero da la orden a algunas personas de su palacio para que le sigan; llegando al puente del Tepeyac, en el barranco, no lo ven más. ¡ Desapareció ¡ Después de haber batido todos los senderos ellos habían sido burlados por este  impostor.

 

Durante este tiemp0o, Juan Diego había encontrado a su muchachita y le cuenta la respuesta del obispo.

 

 

Está bien hijo mío, ( responde ella ). Tú irás mañana a llevar al obispo el signo que él pide, a fin de que te crea. Quiero que sepas que reconoceré tu cuidado, tu pena y tu cansancio. Ahora vete; te espero mañana. “

 

 

VE A COGER FLORES

 

 

            El martes 12 de diciembre, cuando aún era de noche, Juan Diego se pone en camino: Llegado cerca de la colina del Tepeyac al pie del cual desemboca el camino que lleva al lugar donde el sol se levanta, que tiene la costumbre de pasar, dice él:

 

 

Si tomo este sendero, corro el riesgo de que la Reina me pare y me de el signo que pide el obispo. Por tanto es preciso que me ocupe de nuestra desgracia, que encuentre el sacerdote. Mi pobre tío está sufriendo y espera esta visita. “

 

            Busca un camino rodeando para no encontrarla “ creyendo ingenuamente, que tomando otro sendero, no sería visto por Ella, ¡ que nos ve a todos. Ve como Ella desciende de lo alto de la colina, donde se le había aparecido la primera vez. Venía a su encuentro por un lado de la montaña; coartándole el paso se para frente a él:

 

¿ Y bien mi niñito porque corres ¿ ¿dónde vas?. “

 

Pero él, apurado, avergonzado y asustado cae de rodillas.

 

Mi pequeña, mi pequeñita, mi reina, ¡que Dios te guarde! ¿Cómo te has levantado esta mañana? ¿tu bien amada persona está bien? Mi Señora, mi niña, voy a entristecer tu rostro y tu corazón, ¿Sabes que uno de tus niños se muere? Mi tío está muy enfermo, no se puede curar el mal que tiene, se está muriendo y tengo prisa de llegar a una de tus moradas en Méjico para buscar a un sacerdote para confesar a mi pobre tío y hacer todo lo que el necesita. Cierto que para esto están, para atendernos a la hora de  nuestra muerte.

 

 

 

 

            Cuando ella hubo escuchado sus palabras, la Virgen llena de Misericordia responde sus palabras, desde entonces, todo peregrino lleva en su visita a Tepeyac, como tesoro único de su pobre vida:

 

 

Escúchame  bien, hijo mío, el más pequeño, y guarda bien esto en tu corazón: eso que te aflija, eso que te asusta no es nada. Que tu rostro no se turbe, ni tu corazón; no temas esa enfermedad, ni ninguna otra prueba, no tengas angustia, ni pena. ¿No soy yo tu madre? ¿No estás bajo mi sombra, bajo mi protección? ¿No soy tu salud? ¿no estas bajo mi manto, en mi regazo?¿ Que mas necesitas? No, no tengas angustia, ninguna amargura y que la enfermedad de tu tío no te aflija, pues por el momento no morirá. Ten seguro que esta curado desde este instante.”

 

 

            Desde que escuchó estas palabras, Juan Diego quedó consolado y su corazón  se aplaca. Suplica a la Reina del Cielo le envíe si mas tardar al obispo con un signo, una prueba. Ella le ordena subir a la cima de la colina donde ella se le había aparecido:

 

 

Sube, hijo mío, pequeñito, a la cima de la colina, allá donde tu me viste y escuchaste, veras flores variadas. Córtalas, reúnelas, haz un ramillete y vuelve a mi presencia.”

 

            Entonces, Juan Diego sube hasta la colina, no ve entre las rocas, los cardos, los espinos, las chumberas, las acacias, se detiene, queda admirado: sobre el parterre, expandidas, flores de todas las clases, flores delicadas de Castilla, cubiertas de un rosado que hacia parecerlas perlas finas.

 

            Se apresura a cortarlas, hace un ramillete que coloca en su delantal y deprisa desciende hacia la Reina del Cielo. Ésta, después de verlas, las tomas en sus pequeñas manos y las coloca en el hueco de la tilma de Juan Diego diciéndole:

 

 

Mi niñito, estas variadas flores son el signo que llevarás al obispo. Tu le dirás de mi parte que el debe realizar mi deseo y mi voluntad, que tú eres mi mensajero y que tengo confianza en ti. Una vez en presencia del obispo, abrirás el manto, y mostrarás lo que llevas. Le contarás todo, diciéndole como te he pedido subir a lo alto de la colina para cortar las flores  y todo lo que has  visto y admirado. Con esto tocarás el corazón del obispo y consentirá levantar la Iglesia que yo le he pedido.”

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