EL CAMINO DE EMAUS
13 Enero 2014
Creo que echar una mirada hacia atrás sirve para ver las raíces de nuestro presente. Eso sí, una mirada hacia atrás que no nos encadene al pasado, ni tampoco sirva para huir de la realidad del presente en que vivimos, el hoy. Decía el padre José Luis Martín Descalzo: " Yo no diré que no haya un pasado que sirva para algo. Sirve en tanto en cuanto ilumina el presente, en tanto en cuanto que es manantial de futuro. Es decir,... en la medida que se torna acicate y no añoranza ".
Me pregunto, si no pudiéramos mirar hacia atrás ¿de qué serviría la vida de los santos?, ¿de qué, la de aquellos que nos han precedido y han tejido una huella de santidad con su vida, con sus obras, con su ejemplo?, ¿de qué, la de aquellos que con su quehacer diario han ido quitando las piedras de nuestro camino para facilitarnos la marcha?, ¿dónde estarían los espejos en que mirarnos?

Por eso, cuando escribo o comento, como en este caso, sobre Madre Alberta o de lo que he podido ver acerca de Pureza de María, hecho una mirada hacia atrás para poder revivir aquellos momentos en los que comenzaba a sentirme un espectador apasionado de una obra y de unas gentes donde todo se traduce en alegría y cariño, como oración elevada al Creador; donde la enseñanza ocupa un lugar primordial, convirtiéndose en una forma más de hacer oración. Y todo ello bajo el signo del amor, pues así eran las premisas de la Fundadora: "Con cariño para todos”.
Ahora veo que lejos en el tiempo, no en el corazón, quedan aquella tarde en la que por primera vez atravesé los umbrales del Colegio de la Pureza de María, en Tenerife, para asistir a una oración penitencial que preparada por las jóvenes de FOC, con finura poética, invitaba a que el alma se aquietara en un remanso de paz espiritual. Fue aquella misma tarde, también, en la que por primera vez oí hablar de Madre Alberta; de como supo llevar sobre sus hombros la triple misión que el Señor la encomendara : como maestra, pues su forma de aplicar la docencia va a marcar un hito en aquel momento hasta nuestros días, convirtiéndose además en un medio de santificación; como madre, desde donde se elevará en varias ocasiones a la Cruz del sufrimiento sin dar un paso atrás, sin que la sonrisa en su rostro ni la fe en su corazón y en su alma se desdibujaran lo más mínimo, y así dirá más tarde :" seguiré constantemente sus huellas y no le abandonaré "; como Fundadora, después, de una obra que hace alcanzar los ojos de Dios allá de las fronteras. O aquella fiesta misionera de Kafakumba, donde pude sentir el aire fresco y la caricia de la esperanza de un mundo mejor, reflejado en una juventud alegre y sana. Muchas veces el corazón humano, indeciso, deshoja la margarita del " sí quiero ", "no quiero", " ahora sí "... y abandona posiciones y metas que un día se había propuesto conquistar; por eso, que lejos de imaginar que casi tres años después iba a continuar cautivado por el contenido trascendental que emana de la obra de Madre Alberta, que al paso de los tiempos ( y a pesar que éstos , últimamente, no han sido nada fáciles para quienes se mantienen firmes del lado de fe), continúa avanzando con el mismo ritmo y con la misma esperanza que ayer : " ¡ Confianza y ánimo ! ", que decía nuestra Fundadora.
Como tampoco podía imaginarme que un día iba a encontrarme, por unas horas inolvidables, en el mismo corazón de Madre Alberta; allá donde fluye la savia fresca de la fe, del amor y de la entrega a Cristo y a la Iglesia con el mismo entusiasmo que manara del corazón de aquella madre ejemplar desde aquel primero de mayo de 1870 en que tomó las riendas de una obra que habría de levantar desde los mismos cimientos. Un corazón que late con latidos de amor de Dios y con la ternura de nuestra madre amantísima: María Inmaculada, que bendice cada paso de esta misión y que hoy prosigue incansable la Reverenda Madre General de la Congregación de Pureza de María. Un corazón desde donde se labra no sólo el futuro de la Congregación sino también el de tantísimas almas que día a día, aquí y allá, reciben una sólida formación cristiana que permanece imborrable como nuevo sacramento y una adecuada formación humanística que contribuye y contribuirá a un mejor servicio de nuestra sociedad a la que engrandece y dignifica.
Por eso, hacer un alto en nuestro ajetreado camino y mirar atrás con humildad, deteniéndonos en la vida de los santos es necesario, no sólo por un fin que nos lleve a enriquecer la cultura, sino, esencialmente, para poder tener en cuenta los aspectos de sus vidas, las características espirituales y humanas con las que, con la ayuda de Dios, fueron poco a poco labrando el ideal de santidad al que hemos sido llamados, tu y yo , desde el Bautismo y que Cristo nos recuerda : " Sed, pues, perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto".