EL CAMINO DE EMAUS
16 Enero 2014
A lo largo de mi vida he tenido ocasión de conocer gente bien, gente auténtica o como se dice ahora " gente diez ", de esa que deja el corazón de uno sembrado, no de buenas intenciones, que esas se deslíen " cual se deslíe en un sonreír la lágrima " como cantaba desde su alma nuestro insigne poeta, sino de verdaderos compromisos de vida, de ganas de luchar por aquello en lo que uno cree y siente, de fuerza para desechar el lastre adquirido y que tanto nos impide, en su plenitud, ver la grandeza de un Dios que es Padre a la vez. Gente que, en fin, es la mitad de mi alma... la parte buena.
Tal vez, porque estamos acostumbrándonos peligrosamente a un mundo donde todo se materializa (¡hasta el mismo amor!), donde el egoísmo trata de apagar la sonrisa de los niños, que son la expresión del amor de Dios hacia la humanidad; donde la sinrazón trata de culpabilizarle a El de las injusticias, de las guerras, del hambre...con un "¿por qué nos manda esto Dios? ¿ qué hace Dios para solucionar tanta desgracia?"; donde la insolidaridad hace que cada vez más se desdibuje de nuestra alma el sufrimiento de los demás, convirtiéndonos nosotros en el centro de nuestra propia historia ..., tal vez, por todo esto y por mucho más, pueda ser difícil creer que existen personas que trabajan y se mueven por ¡ AMOR !. Pero un amor tan diferente, tan distinto, que está purificado en la llama de la fe cristiana y forjado en aquel otro más sublime y sin igual: el de Jesús de Nazaret.
Y qué ejemplo más válido que el ofrecido por las Religiosas de la Pureza, herederas y continuadoras de la obra de Madre Alberta; el de sus jóvenes Novicias y Postulantes; el de aquellas otras jóvenes que finalizada su etapa colegial prosiguen su acción de apostolado en el seno de los colegios de la Congregación o dentro de las diferentes Parroquias de la diócesis.
“Yo sé de un himno gigante/que anuncia a la noche del alma una aurora/ y estas páginas son de ese himno “. Nosotros los cristianos conocemos un himno que anuncia una aurora de luz luminosa, inextinguible que surgió hace dos mil años en un humilde portalico, en Belén: Jesús.
Hoy cuando todo parece envolverse en una densa niebla que cala hasta el misma alma, haciendo cobrar más fuerza el desencanto espiritual que trata de ahogar aquella luz que nos trajera la estrella de Belén..., hoy, precisamente hoy, en nuestro propio siglo surgen y siguen surgiendo razones para la alegría y razones para la esperanza, pues como nueva estrella surca el firmamento fijándonos con su ejemplo de vida el camino hacia nuestra Patria definitiva: Madre Alberta.
Hablar de Madre Alberta es hablar no de una estrella fugaz cuya estela se pierde en el espacio. Hablar de Madre Alberta es hablar de una estela permanente, firme y luminosa; es hablar de un espejo en donde mirarnos; es hablar de aquella piscina de Betesdá en la que todos tenemos cabida y en cuyas aguas todos podemos limpiar las heridas e impurezas ocasionadas por el pecado. “Dios me amó hasta lo infinito (se humanó, vació, vivió, padeció innumerables dolores, y últimamente murió en un patíbulo por mí) ¿Y no rebosará mi corazón en el amor de Dios?" Madre Alberta se mueve por amor y con amor; aquel mismo amor que nace de cada palabra del Evangelio, el mismo que derramó el Señor desde la Cruz; el mismo que día a día sigue brotando de su amantísimo corazón y que nos da a pesar de nuestras continuas traiciones, increencias, dudas e incomprensiones.
Madre Alberta torna a Dios el amor que dé El recibe, adornado con la sonrisa de nuevas almas que han recibido, a través de su obra y de su vida ejemplar, la Luz de la Buena Nueva, la esperanza de un mañana sin fin en la gloria del Padre sin hacer distinciones de raza, estamento social... a todos ama con el mismo cariño y con la misma intensidad. "Salvemos si podemos un alma; esto es más que dar de limosna muchas riquezas”. Es, pues, un amor que late en su corazón de madre y por tanto ¿quién mejor que una madre para poder repartir un amor sin distingos, sin limitaciones? ¿Quién mejor que una madre que ama a ejemplo de esa otra madre que nos tomó por herencia al pie de la Cruz? ¿Y no se hizo, Madre Alberta, al aceptar aquella misión que el Señor le encomendara, una poca madre nuestra, también?
“En esto conocerán que sois mis discípulos “, dice el Señor. Y va a ser este amor el que hará que Madre Alberta supere todas y cada una de las dificultades que irán surgiendo a lo largo de su vida hasta el final y todo con plena disponibilidad, " lo que Dios dispone es lo que me conviene " (10). Amor y sumisión a su Divina Voluntad, una combinación de virtudes que encaminan muy ciertamente a la santidad. Mientras, en los momentos de dificultad y dureza, Madre Alberta se mira en el espejo de su Maestro amado y responde con inagotable amor, el mismo que transmitió y se sigue transmitiendo de generación en generación dentro de la Congregación de las Religiosas de Pureza de María.
“Trate con santa alegría, con cariño y con dulzura a todo el mundo " (11). estas mismas palabras pronunciadas por Madre Alberta, nacidas de un corazón amante, permanecen hoy frescas como rosas recién nacidas y se trasmiten como el más preciado de los tesoros. ¿No es en estas palabras donde se encuentran las llaves capaces de abrir las, tantas veces, puertas infranqueables del corazón humano?
He tenido ocasión de comprobar, con motivo de dos visitas realizadas al Colegio y al Noviciado de Pureza de María, en Barcelona y en las ocasiones en las que he sido atendido, aquí, en Tenerife, que esa alegría, el trato cordial, el buen gusto en hacer las cosas, el cariño... de los que en otras ocasiones he escrito o comentado, son hechos reales como la vida misma y no son frutos de la casualidad o de un momento dado. Las atenciones, el afecto, la amistad y el cariño, en las estancias en Barcelona, hicieron que realmente me sintiera como en mi propia casa y al calor de mi propia familia. Cada paso se traducía en recibir ese Amor y ese cariño que Madre Alberta supo inculcar y transmitir con acierto sobrenatural.
No cabe duda, tampoco, que ese trabajar por Amor y con Amor en Pureza de María, esa disponibilidad, esa felicidad que he encontrado personalmente, y que tantísimas otras reciben cada día tienen una base fundamentalmente sobrenatural que las eleva y engrandece, ya que es producto de la gracia, de la íntima unión con Cristo como consecuencia de una verdadera vida eucarística y de oración, de santificación del trabajo diario, base y eje de la vida cristiana ( no hay otra vida cristiana que se derive por un camino distinto a éste ), y que fue una constante de nuestra Fundadora, Madre Alberta.