EL CAMINO DE EMAUS
12 Enero 2014
Cuando el Señor, desde el Monte de las Bienaventuranzas, maravilló a las multitudes que escuchaban aquel programa de vida, de amor y de entrega a los demás tan distinto de aquel otro al que estaban acostumbrados, y que sigue maravillando a quien hoy escucha su voz y lee su palabra, nos estaba implicando a recoger el testigo de sus enseñanzas para que, haciéndolas madurar en nuestra alma pudiéramos transmitirlas a todos aquellos que, por motivaciones diversas, no han podido recibir el tesoro preciado de la fe. “Vosotros sois la sal de la Tierra “)... " Vosotros sois la luz del mundo " ... " Alumbre así vuestra luz ante los hombres ". El ser cristiano no iba a ser un mero título alcanzado por un seguimiento a distancia de su palabra, sino una actitud y un estilo de vida, un corresponder a la gracia y a los dones recibidos, pero también un compromiso serio de compartir aquí y allá del mundo todo aquello que hemos recibido.
El señor nos prepara el programa por el que deberíamos guiarnos. Hoy que tanto nos gusta preparar programas, reuniones, papeles y más papeles. Y algunas veces tanto tiempo perdemos con ellos: escritos, copias, fotocopias. El Señor nos lo prepara, el Señor nos lo explica y queda recogido en los Evangelios, solo queda seguirlos, son como la brújula que nos enseña el norte, por el que no nos habremos de perder. Y allí estábamos nosotros, escuchando aquellas nuevas palabras, impactantes, directas, llenas de cariño y de la ternura de quien nos quiere dar lo mejor: la salvación, la Buena Nueva, la instalación del Reino de Dios en el corazón del hombre, de cada hombre. Desde ese entonces, ha habido muchos claros ejemplos de personas que se sintieron empapadas por aquella llamada del Señor: Francisco de Asís, Francisco de Javier, Gema, Juan Bosco, Juan Bautista, Teresa de Jesús, Margarita…dándonos ejemplo con su vida.
Pero hoy traigo otra vida de una gran mujer, gran madre, gran maestra, gran religiosa, gran fundadora que además trabajo, con la paz del Señor, por el reconocimiento de un puesto para la mujer en una sociedad bastante cerrada. No se necesitan algaradas, revoluciones para lograr objetivos, ella contó con el Señor, quien desde toda la eternidad había contado con ella.
Madre Alberta nace al mundo y nace a Dios en el seno de una familia cristiana. Desde su niñez irá recibiendo las primeras nociones de un Dios que es Padre, de un Dios que ama celosamente a sus hijos, un Dios dispuesto a perdonar a los hijos pródigos que un día optaron por abandonar la casa paterna. Todas estas enseñanzas las irá madurando y fortaleciendo con la práctica sacramental de la eucaristía, que luego inculcará a sus religiosas, con un crecimiento interior motivado por una vida de oración. Así, en su alma se irán desplegando las alas de la santidad que la elevarán definitivamente a los brazos del Padre. "Quiero decididamente seguir a Cristo, ya que me conduce a segura victoria y eterno galardón. Nunca ya desertaré de sus Banderas”.
La vida de Madre Alberta es huella y es impulso, es una lección de fe y es la aplicación, en la vida diaria, de las palabras y hechos de Jesús. De ella podemos sacar ricas consecuencias, todas ellas aplicables a la vida familiar, profesional, espiritual y de apostolado. Bien puede decirse que todo, en Madre Alberta, tiene un mismo punto de salida: el apostolado cuyo fin es la mayor gloria de Dios y cuyos beneficiarios van a ser todas las almas. “Salvemos, si podemos un alma ", decía la Madre. Su vida es también virtud, donde se fragua la santidad, la misma a que hemos sido llamados todos los bautizados sin distinción y para la que hemos sido elegidos desde la eternidad. ¡Santidad costosa, si! pues el camino no es precisamente de rosas, sino, muchas veces, de espinas, de contradicciones, de dolor, pero con una seguridad que al final siempre está el fruto.
Madre Alberta, durante su vida, cargó en muchas ocasiones con la Cruz del sufrimiento y es que el " camino de nuestra santificación personal pasa, cotidianamente, por la Cruz “, pero seguirá su marcha adelante, confiada en los brazos del Señor y en los de María, quien amadrinará la obra de Madre Alberta. ¡Todo por María, en María y con María! Que es el autentico faro que nos alumbra en la oscuridad de la noche, la luz con la que es imposible que nos perdamos, es ella la Madre, nuestra Madre sin condiciones, que a todos escucha.
En uno de sus muchos e inolvidables artículos, el padre José Luis Martín Descalzo, recordando la muerte del poeta cubano Nicolás Guillén comentaba una de sus llamativas poesías:
Efectivamente, es mucho poder decir de un ser humano que ha logrado esa doble maravilla: que el sol arda en sus manos y que haya sabido repartirlo.
Aquellas palabras impresas en el corazón de poeta que Nicolás Guillén inmortalizara entre las más bellas páginas de la Literatura universal, ya lo habían sido con anterioridad por nuestra fundadora, Madre Alberta: con sus obras y palabras, con el ejemplo diario, con un estilo de vida que asombró a aquellos que se decían ajenos a su fe y que enamora a una juventud que gallardamente, y siguiendo su ejemplo, milita sin desertar bajo la Bandera de Dios. Un estilo de vida que prosigue modélico. Supo ser, además, sal de la tierra, la sal que evita la corrupción del pecado, la que da sabor a las obras y que hace que éstas, cuando llegan al Señor, le sean agradables. Y supo ser luz del mundo, la luz que hace que podamos contemplar mejor el camino que pisamos y ver en toda su majestuosidad la grandeza de Dios. Una luz que comenzó a iluminar en su juventud y que prosiguió y prosigue hoy en los brazos del Padre.
¡Ardió el sol en manos de Madre Alberta! " De Dios recibí el ser y me dio las potencias y sentidos y cuanto soy y tengo para que en su servicio lo empleara”. ¡Y lo repartió! Arde el sol en sus manos, arde el celo apostólico que avanza atravesando fronteras, cauterizando heridas, trocando penurias y tristezas en alegrías y esperanzas, instalando allá donde llega su obra un altar de amor y de caridad hacia el hermano necesitado y todo " sea para gloria de Dios por quien lo hacemos todo ".
El Papa Juan Pablo II durante una multitudinaria Misa celebrada en Eslovenia, el 19 de mayo del 96, nos dijo de los santos, entre los que se encuentra nuestra Fundadora que " los santos y no solo los canonizados, constituyen un punto de referencia accesible y seguro, pues saben indicar con la fuerza atractiva de su ejemplo el camino para progresar en la dirección justa”.
| " Ardió el sol en mi mano |
| que es mucho decir; |
| ardió el sol en mi mano |
| y lo repartí, |
| que es mucho decir |