EL CAMINO DE EMAUS
13 Marzo 2010
“Llegan a Jerusalén. Y, entrando en el Templo, comenzó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el Templo, y derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no permitía que nadie transportase cosas del Templo, y les enseñaba diciendo: ¿No está escrito que mi casa será llamada casa de oración para todas las gentes? Vosotros, en cambio, la habéis convertido en una cueva de ladrones” (Mc 11, 15-17)
El Señor exige una actitud de respeto en el Templo, que es la casa de Dios, donde el permanece en el sagrario, en espera de nuestra visita para hablarle, para escucharle, para pedirle perdón en el sacramento de la penitencia, para adorarle en la oración por excelencia, que es la Santa Misa. Cuantas veces nuestra actitud puede asemejarse a la de aquellos vendedores: desatentos en la Misa, hablando, moviéndonos, incluso llegando tarde a la celebración, entrando haciendo ruido en el templo, incluso en los momentos de la Consagración...
El texto que sigue los escribió ese gran santo y gran ejemplo de firmeza de la fe ante la muerte, Santo Tomás Moro, merece la pena leerlo: “Por lo que se refiere a nuestra conducta, las mismas cosas que hacemos nos traicionan de mil maneras mostrando que la cabeza está ocupada en algo muy ajeno a la oración. Porque nos rascamos la cabeza, y limpiamos las uñas con un cortaúñas, y con los dedos nos hurgamos las narices; y mientras tanto nos equivocamos en los que hemos de responder. Al olvidar lo que hemos dicho, nos limitamos a adivinar a la buena ventura lo que queda por decir ¿Acaso no nos da vergüenza rezar en estado mental y corporal tan falto de sentido común? ¿Cómo es posible que nos comportemos así en algo tan importante para nosotros como la oración?...”
El Templo es la Casa de Dios, y en ella nos pide un comportamiento totalmente respetuoso el Señor. Hoy ya los Templos no son lugares de venta, pero aún queda que los que acudimos a ellos cambiemos de forma de ser y de estar dentro de ellos.
La expulsión de los mercaderes va a incrementar el odio hacia el Señor por parte de los escribas y de los propios sacerdotes, que buscaban el momento propicio para detenerle; pero tenían miedo, y sobre todo habiendo visto el seguimiento que tenía por parte del pueblo.
En varios momentos del evangelio de San Marcos hemos visto la importancia que da el Señor a la Oración. La forma, filial, con la que se dirige al Padre; las formas de oración: de petición y de acción de gracia, de suplica y de sometimiento a la Voluntad del Padre. El Señor nos transmite con su ejemplo la vital importancia de la oración.
Pero la oración no es solo un acto de amor, sino también una actitud de fe del orante y así nos dice Jesús: “Todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo recibisteis y se os concederá” (Mc 11,24) El Señor sabe que frágil es la fe y lo pronto que somos a desesperarnos cuando no recibimos una u otra gracia al momento de pedirla. En la oración el amor y la fe van íntimamente unidos. Al acercarnos al Padre para hablarle, estamos mostrándole un reconocimiento de amor filial, y en nuestras palabras ponemos la fe, sabedores que El está escuchándonos.
¿Quiénes deben de orar? La respuesta es todos, lógicamente, pero con más fuerza debemos abrazarnos a ella los que somos más frágiles; es decir quien sabe que su fe es quebradiza como un cuenco de arcilla; quienes caemos en los embates de las tentaciones. El santo, utilizará la oración, para mantenerse en esa santidad y poder hacer frente a las insidias del maligno; los pecadores, para solicitar a Dios la fuerza necesaria para volver a su amistad. El Señor nos dice que todos debemos utilizar este acto de piedad filial; no pone barreras, dice tajantemente: “cualquiera” (Mc 11,23).
A la oración debemos acercarnos con fe, como si lo que pedimos ya nos hubiera sido dado por el Padre. Sin recelos. Sabe el Señor como de frágil es nuestra fe; pero nos pide un pequeño esfuerzo.
Santa Teresa de Jesús se dirigía así al Señor, arrojando sobre nosotros una luz, que disipe cualquier duda: “¡Oh Señor mío!, ¿por ventura será mejor callar con mis necesidades esperando que vos las remediéis? No, por cierto; que Vos, Señor mío y deleite mío, sabiendo las muchas que había de ser y el alivio que nos es contarlas a Vos, decís que os pidamos y que no dejareis de dar”.
El Señor sabe cuáles son nuestras necesidades, y bien podría solucionarlas sin que nosotros se lo pidamos; pero el ejercicio de la oración es un bien para el alma, pues el contacto con el Padre es un bien efectivo para el alma, tanto del que vive en gracia como para el que vive en pecado; a uno le hace seguir por la senda de la santidad y al otro, le acerca al camino de la conversión. Por otra parte el Señor quiere que nosotros nos acerquemos a pedirle, pues siendo la oración un dialogo de dos, al recibir las palabras del Padre, veremos más claramente nuestros fallos y los remedios para corregirlos. La oración hará de nosotros higueras fructíferas, pues nuestras obras serán regadas por la gracia de Dios.
Hágase tu Voluntad, le dice María al Señor. Abrahán, también responde al Padre con un gesto de fe. Deben ser, en primicia, María, y la fe de Abrahán, los espejos de la fe en las respuestas de nuestra vida a Dios.
Muchas veces el pecado anula la capacidad y la disposición de la persona a orar. El engaño del maligno a hacernos creer que al vernos manchados por el pecado el Señor no nos va a escuchar, y surte efecto en sus planes de separación del alma humana de Dios. El pecado hace que no nos atrevamos a levantar los ojos hacia lo alto. En la parábola del hijo pródigo, el Señor nos da respuesta para que desechemos este engaño. El ha venido a sanar a los enfermos, y enfermo es el pecador. Es la oración el mejor bálsamo para el restablecimiento de la amistad con Dios, pero eso nuestro primer paso ha de ser acercarnos a Él por medio de la oración de reconocimiento y de petición de perdón.
El Señor ve como el lugar destinado a la oración, El Templo, que es la casa del Padre, se ha convertido en un mercado, donde existe el engaño y la mentira, donde se procura engañar aumentando el costo de las cosas; pero en una palabra, se convierte la casa de oración en un mercado y en “una cueva de ladrones”. El cinismo de los fariseos, escribas e incluso del Sumo sacerdote llega a su punto máximo, cuando declaran blasfemo a Jesús, mientras ellos profanaban el templo permitiendo que sea un reducto de venta y engaño lo que debería ser un lugar de paz y oración para el encuentro con Dios.
El Templo profanado se asemeja al templo de nuestra alma y de nuestro corazón, cuando están invadidos por el pecado: el odio, la venganza, la desobediencia a Dios… el Señor lo sanea expulsando de él lo malo. El Señor expulsa el mal del alma y del corazón, cuando el pecador, hijo prodigo, se acerca al sacramento de la penitencia. El Señor limpia el Templo y también el de nuestra alma con su bendición sanadora. El Templo es nuestra alma; los vendedores son el pecado; Jesús nuestro sanador que devuelve el alma al estado de gracia.