EL CAMINO DE EMAUS
15 Marzo 2010
Galilea es la región norte de Palestina. Está atravesada por el río Jordán. En su parte central encontramos el Mar de Galilea (lago de Tiberiades). Entre otras está formado por las poblaciones siguientes: Cesarea de Filipo, Cafarnaún, Betsaida, Corazaín, Gerasa, Magdala, Caná, Nazaret, Naín. Hacia el sur nos encontramos con el Monte Tabor, hacia la zona central el Monte de las Bienaventuranzas y al norte el Golán.
El primer hecho que nos narra San Marcos es el de la tempestad calmada:
“Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, de manera que se inundaba la barca. Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal, entonces lo despiertan, y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Y levantándose, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento, y se produjo una gran bonanza” (MC 4, 37-39)
Jesucristo es verdadero Dios y verdadero Hombre. Jesús siente sueño y cansancio, tiene necesidad de dormir. Duerme tranquilamente. En otras ocasiones veremos a Jesús que llora ante la pérdida de un amigo y en el momento de ir a resucitarle. También tendrá hambre y sed. De su niñez los evangelistas nos cuentan pocas cosas, pero Jesús colabora con sus padres en las tareas de la casa, ¿porqué no pensar en los amigos que tuvo y con los que sin duda jugó? San Lucas en su Evangelio nos dice “Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52). San Lucas nos indica que Jesús iba creciendo como uno de nosotros, reforzando así la naturaleza humana del Señor. “Los conocimientos adquiridos por su entendimiento humano a partir de las cosas sensibles y de la experiencia de la vida”.
Existia una creencia judía que consistía en atribuir al mar una simbología de los poderes demoníacos, lo que nos acerca al miedo de los Apóstoles a aquella tempestad, que no sería la primera, sobre todo para aquellos que estaban familiarizados con la pesca.
A pesar de los prodigios que habían visto hasta esos momentos, los discípulos no acertaban a ver en Jesús al Hijo de Dios. Tienen miedo, y ese miedo les hace no fijarse en la tranquilidad de Jesús. ¿Tal vez se sentían abandonados? Los discípulos nos representan a nosotros. Nuestra falta de fe hace que muchas veces nos dejemos vencer por la tentación del miedo, de sentirnos abandonados por el Señor. Pero Jesús, el Señor, volverá todo a la paz. Pero ni siquiera aquí descubren quien es; sino que se preguntan con asombro: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (MC 4, 41)
San Alfonso María Ligorio nos dice a este respecto que “así como la nave que atraviesa el mar, está sujeta a miles de peligros, corsarios, incendios, escollos y tempestades, así el hombre se ve asaltado en la vida por miles de peligros, de tentaciones, de ocasiones de pecar, escándalos o malos consejos de hombres, de respetos humanos y, sobre todo, por las pasiones desordenadas... No por eso hay que desconfiar ni desesperarse”,
Los discípulos en plena zozobra acuden a Jesús; los discípulos nos representan a toda la humanidad. Este pasaje nos enseña que también nosotros debemos acudir al Señor por el pecado, la falta de fe suman nuestra alma en la zozobra. Es el Señor quien nos podrá sacar de esa situación, acudiendo a Él y a traves del sacramento de la Penitencia que nos devolverá a la luz y a la gracia, devolviendo al alma la calma y la bonanza, la Paz que proviene de Dios. Una vez sobrevenida la calma hemos de procurar mantenerla por medio de la oración y la práctica de los sacramentos, medio que hace que se mantenga encendido el fuego de la fe.
La Cuaresma es un buen momento para el cambio, para evitar que el barco se meta en una zozobra peligrosa; es tiempo para pensar, para meditar y mantenerse unos y volver otros a la práctica de la oración y de los sacramentos. Es buen momento para el sacramento de la Reconciliación y que hoy nos recordaba la parábola del hijo prodigo en la Misa.