EL CAMINO DE EMAUS
4 Marzo 2010
Nos narra San Marcos que Jesús envía a los Apóstoles de dos en dos a su primera misión. Esta escena se sigue repitiendo hoy día, pues el Señor continúa enviando a muchas gentes para sembrar con la semilla de su palabra los corazones de aquellos que aún no les conoce: sacerdotes, religiosos y religiosas, misioneros y misioneras, catequistas, gentes que desde su puesto de trabajo, desde su profesión dan ejemplo de Jesús. “Dándoles potestad sobre los espíritus inmundos. Y les mandó que no llevaran nada para el camino, ni pan, ni alforja, ni dinero en la bolsa, sino solamente un bastón, y que fueran calzados con sandalias. Y no llevaran dos túnicas. Y les decía: Si entráis en una casa, permaneced ahí hasta que salgáis de aquel lugar. Y si en algún sitio no os reciben ni os escuchan, al salir de ahí sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos. Y habiendo marchado, predicaron que hicieran penitencia; y expulsaron muchos demonios, y ungían con óleo a muchos enfermos y los curaban” (MC. 6, 7-12).
Jesús envía a los Apóstoles a su primera misión, no sin antes aconsejarles e instruirles. Pero también hay una exigencia, el abandono de todo ni alforja, ni dinero en la bolsa; de la misma forma deberán dejar a sus familias para seguir a Jesús, para trabajar junto a él. En este pasaje recordamos al joven rico, quien no fue capaz de dejar todo para seguir a Jesús. Pero además el Señor les está pidiendo confianza en la Providencia del Padre, que a la vez nos la pide a nosotros, que muchas veces ponemos mas confianza en los medios humanos no dejando espacio a la Providencia Divina. Programaciones, planes, grandes esquemas... pero poco espacio para la oración, que es sin duda el medio mas valioso para el apostolado. El Señor les envía, pero no por ello podemos pensar que la labor fuera fácil, que la misión se tratara de un simulacro para aprender. Jesús les envía a predicar, les da poder para expulsar los demonios, realizan sanaciones...
Todo un acontecimiento para ellos. Es de imaginar la alegría de aquellos hombres, que tal vez aún no entendían quien era aquel Hombre que les había elegido. ¿No sentimos también esa alegría de trabajar para el Señor, y cuándo transmitimos, acompañando a la palabra del Señor, todo nuestro cariño? ¿Y cuando el Señor nos transmite su cariño y su sonrisa a través del cariño y de la sonrisa de un pequeño o de un joven, o de unos padres?. Realmente cada sábado era una alegría compartir esa hora de catequesis con los niños, con los jóvenes, con los universitarios o con los padres, cada experiencia era maravillosa. Aun sigo recordando aquellos momentos. Fueron con alegría los apóstoles. Nosotros también somos enviados por el Señor cuando cada año comenzamos las catequesis. Y la misión no es fácil, pero la alegría, la fe y la confianza en su Providencia debe hacernos saltar los obstáculos, como sin duda los saltaron aquellos doce hombres.
En esta primera misión, los Apóstoles han “de proclamar su fe y obrar curaciones. Como su Maestro, expresando de forma sencilla lo que han descubierto del Reino de los Cielos. Los Apóstoles han de ser los primeros en creer lo que proclaman”. Esta labor se repite hoy también en todos los terrenos de Apostolado, decir a los demás lo que hemos descubierto del Reino de los Cielos, del Señor, de su Palabra, de todo aquello que nos ofrece para el camino: la oración y los sacramentos... y ser los primeros en creer lo que se proclama.
“Si entráis en una casa, permaneced allí hasta que salgáis de aquel lugar” les dice Jesús. Esa casa representa el centro desde donde habrá de irradiar la fe. Pero también podemos observar muy cercano ese mandamiento de la Santa Madre Iglesia: Ayudar a la Iglesia en sus necesidades. Son muchas las maneras y formas de ayudar a la Iglesia: Económica, humana: catequesis, enseñando a leer, enseñando a coser, cocinar… Debemos poner en conocimiento de otros, nuestro prójimo, aquellos carismas o aquellos conocimientos de los que dispongamos, el Señor nos ha puesto aquí para ello. Somos los beneficiarios de la predicación de la Iglesia, somos también responsables de que otros puedan recibir este tesoro, por tanto para que esto pueda ser posible se precisa de colaboración, una colaboración que no solo es a base de la oración, sino también a través de los medios económicos y de los medios humanos (apostolado). “Y ungieron con óleo”, escribe San Marcos. No se trata de la institución del Sacramento de la Unción de los Enfermos que realizará Jesús, pero si de un reflejo de lo que será este sacramento.
Referente al óleo, o al aceite, hay que resaltar que existía en Israel una costumbre de curar las heridas utilizando el aceite. Jesús les da el poder de sanar y utilizan precisamente el aceite para curar y sanar. El óleo en el Sacramento de la Extremaunción restablece las heridas del alma, dándose casos de curación de enfermos a través del él.
Pongámonos en marcha, aprovechemos cada momento, cada espacio para transmitir nuestra Fe en todos los medios de que dispongamos: familia, trabajo, núcleo de amigos, internet… el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Nos lo dice el Señor desde el Monte de als Bienaventuranzas