EL CAMINO DE EMAUS
19 Diciembre 2013
En aquellos días, reunida de nuevo una gran muchedumbre que no tenía que comer, llamando a los discípulos les dice: 2 Siento profunda compasión por la muchedumbre, porque ya hace tres días que permanecen junto a mi y no tienen que comer; 3 y si los despido en ayunas a sus casas desfallecerán en el camino, pues algunos han venido desde lejos. 4 Y le respondieron sus discípulos: ¿Quién podrá abastecerlos de pan, aquí en el desierto? 5 Les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Ellos dijeron: Siete. 6 Y ordenó a la multitud que se acomodase en el suelo. Tomando los siete panes, después de dar gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los distribuyeran; y los distribuyeron a la muchedumbre. 7 Tenían también unos pocos pececillos; después de bendecirlos, mandó que los distribuyeran. 8 Y comieron y quedaron satisfechos, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. 9 Los que habían comido eran alrededor de cuatro mil; y los despidió.
Un nuevo e impresionante pasaje nos trae como comienzo este octavo capítulo el evangelista San Marcos. La segunda multiplicación de los panes y de los peces. Si recordamos, en la primera el gentío estaba absorto en la predicación del Señor; en esta segunda, las gentes llevaban al lado de Jesús desde hacía tres días.
Al calor de la palabra de Jesús, cerca de él, casi en su regazo, ¡qué gusto debe dar!. Tres días junto a él, diríase que no se querían marchar. Sus palabras llenaban el corazón necesitado de las gentes, igual que llenan nuestros corazones.
“Y no tienen nada que comer” (MC. 8,2). Jesús vino a eso, a darnos de comer, otro pan muy diferente, un pan que llena el alma, el corazón y da fuerzas para seguir en el camino, pues “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4). El Señor les da el alimento espiritual que precisan, que les llena, que los anima y enamora. Mas tarde nos dejará el alimento sacramental para llenarnos de Él. Se dejará a sí mismo en las especies del pan y del vino que se convertirán por el milagro de la transubstanciación en su verdadero Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.
Al lado de Jesús ni el frío nocturno del desierto, ni los calores del día hacen mella en las personas, porque a su lado no existe el desierto vacío, ni la oscura noche. El Calor de Jesús, de Cristo sacramentado en el alma, cura, restaña y da energías al aterido.
Nada tienen que ver una y otra multiplicación de los panes; por tanto no se trata de una repetición del milagro. Nos enseñan que “Hay varios detalles que nos indican que la primera se realizó entre judíos, y la segunda entre una asamblea de griegos; es decir, de cultura griega; ajena a la fe de los judíos”
Este pasaje nos enseña, también, que la perseverancia en el bien, en las buenas obras, en el seguimiento de Cristo, es del agrado de Dios, virtud que no queda sin premio. Durante varios días siguieron a Jesús y los premió.
Otra vez, el Señor les indica que hay que confiar en la Providencia Divina. En este pasaje vemos que los Apóstoles habían olvidado lo sucedido durante la primera multiplicación de los panes y de los peces, que le preguntan: “¿Quién podrá abastecernos de pan aquí en el desierto?” (MC 8, 4); o tal vez no esperaban un segundo milagro del Señor.
“Tomando los panes, después de dar gracias, los partió”(MC 8, 6). Jesús se pone en manos del Padre. Otra vez nos hace esta indicación. Para lo grande y para lo pequeño, para las alegrías y las tristezas, estar junto a Dios, ponerse en sus manos. Jesús da gracias por aquellos siete panes. Demos las gracias por lo mucho, pero también por lo poco. El Señor siempre pondrá lo necesario.