Cristo llama, Cristo elige, Cristo compromete, Cristo exige: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (MC 8,34)
Muchas veces, nuestro modo humano de ver las cosas, nos hacen crear una vida de fe lejos de la que el Señor quiere para nosotros; lo mismo ocurre con la vida de Apostolado. Seguimos a Cristo cargados con la mochila llena de cosas innecesarias y de muchas cosas ajenas al Apostolado: orgullos, vanidades, respetos humanos, teorías propias, sentimiento del dominio de la materia, bastarse a sí mismo en las labores de Apostolado... amén de las atracciones y seducciones del mundo. Sobran muchas cosas; ¿Recordamos?, “Y les mandó que no llevasen nada” (MC 6,8).
Seguir a Cristo es renunciar, y no solamente la dedicación de mas horas al día. ¿Qué la gente nos dice que la vida de los cristianos es un fracaso, porque nos privamos de muchísimas cosas? Pues alegrémonos, porque entonces estaremos en el buen camino. ¡Ojalá! Todos supiéramos fracasar en la vida que el mundo muchas veces nos ofrece, porque entonces nos estaríamos negando a nosotros mismos. Solo falta la Cruz e ir en pos de Cristo. Tal cual pide.
¿Qué la Cruz es de dolor? Pero cuando se convierte en victoria ¿qué? Ya no pesa, es suave, es ligera, porque Jesús es quien la lleva, como el nuevo Cirineo. ¿Qué es difícil? Cierto que si, si no que se lo pregunten a los santos canonizables o leamos sus vidas. Ninguna facilidad. O comprobémoslo en nosotros mismos si es fácil ser cristiano. Tropezón tras tropezón. Un día estamos en la cresta de la ola, en sentido espiritual y al día siguiente nos hemos dado de bruces ¡y lo que cuesta levantarse! Pero ahí está el sacramento de la Penitencia, que da ayuda y ánimos para recobrar el camino, ¿Qué viene otros traspiés? Pues a levantarse. Decía un sacerdote y justamente en su última predicación, pues días después entregaba su alma al Señor:” la vida del cristiano es violencia, en el sentido de lucha constante contra los ofrecimientos del mundo” que nos separar del camino marcado por el Señor. Aun recuerdo la brillantez de aquella homilía, nadie pensábamos el desenlace de su vida unos días después. Buen sacerdote de corte misionero.
“Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (MC 8,35). Puede parecer, pero no. Jesús no nos está pidiendo la muerte, literalmente hablando, ni que nos suicidemos por Él o por el Evangelio. El sentido de la expresión “perder la vida” es muy diferente al de la muerte física. Nos pide vivir para la otra vida que nos espera tras esta
Se piensa que el hombre es más feliz cuanto más dinero tiene, cuanto más se divierte, cuanta más vida placentera (referido a los placeres) tiene o es capaz de desarrollar. Cuantas veces podemos escuchar que se dice de muchos cristianos: “que se están perdiendo lo mejor de la vida”, en el sentido de que guiados por su vocación cristiana de servicio a Dios, rechazan las seducciones y las atracciones desordenadas que el mundo ofrece, para poder seguir a Cristo tal y como Él lo pide. Desde el punto de vista humano, altamente desespiritualizado, es "perderse la vida”, porque quienes así hablan piensan que la felicidad humana radica en el placer, el dinero, las continuas diversiones...
Desde el punto de vista de nuestra fe, seguir la vocación cristiana de la vida, que no está reñida con la sana diversión, es aceptar la que Cristo nos ofrece y el Evangelio nos señala. Visto así, podemos entender el sentido de las palabras de Cristo. Aceptar la vida de Cristo es perder la vida que el mundo, materializado, nos ofrece; o dicho de otra manera, para aceptar la vida que Cristo me ofrece, tendré que perder la que pone ante mí el mundo materializado. Tampoco nos pide que vivamos en las catacumbas, sino todo lo contrario, participar de la vida de la sociedad, ofreciendo nuestra fe como modelo y ejemplo. Allá donde estemos: escuela, universidad, trabajo, círculo de amigos
Hemos dicho anteriormente que Cristo elige, que Cristo nos implica. Ahora Cristo nos exige. Pues la vida cristiana es una vida de renuncia a nosotros mismos y a nuestros deseos, para pasar a otra vida diferente, que es de servicio a los demás, para seguir el ejemplo de Cristo; pero además no ha de ser un seguimiento pasajero, pues la implicación ha de ser para siempre. El seguimiento de Cristo ha de ser sin mirar hacia atrás, con la vista y los ojos del alma puestos en esa otra vida que nos espera y que Dios ofrece al mundo entero.
“¿De qué le sirve al hombre, ganar el mundo entero, si pierde su vida?” (MC 8,36). La vida mortal es pasajera, con la muerte del hombre mueren sus pasiones, sus ideas, sus pertenencias, porque ya no puede disponer de ellas. Y si estas ideas y estos afanes le han servido para perder el norte de la vida eterna ¿de qué le han servido? Todo lo que hagamos, en nuestro caminar por la vida, ha de ser con vistas a alcanzar aquella otra que Jesús nos promete en el Evangelio. Jesús nos aconseja, nos alienta a no perder de vista la vida eterna, además de asegurarla con los hechos. Cuaresma es a la vez tiempo de conversión y tiempo de renuncia, que nos sirva a todos estas fechas para situarnos en el camino que el Señor nos ha marcado en el monte de las bienaventuranzas.