EL CAMINO DE EMAUS
8 Febrero 2010
.- LA ENCARNACION DEL HIJO DE DIOS EN LAS PURÍSIMAS ENTRAÑAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARIA
San Lucas nos trae el pasaje de la Encarnación del Hijo de Dios en las purísimas entrañas de la Virgen María, como decimos en el Primer Misterio del Santísimo Rosario, para desgranar sobre nuestros dedos, desde lo íntimo del corazón, las avemarías en su honor. La Virgen María, escribe una de las páginas más brillantes de la historia de la salvación de la humanidad; otras, serán escritas por el Señor a precio de su Sangre preciosísima.
A través de María, Dios viene a hacerse uno como nosotros, excepto en el pecado, para darnos cada día el mensaje de Salvación, su Palabra y su Ejemplo. A través de María, se “realiza el hecho más maravilloso, el misterio más entrañable de las relaciones de Dios con los hombres, y el acontecimiento más trascendental de la Historia de la humanidad”; a través de María, se nos devolverá la Luz que habíamos perdido por el pecado de Adán y Eva; a través de María, se hará posible la reconciliación del hombre con el Creador; a través de María, se hace posible un nuevo diálogo de amor entre Dios y el hombre.
Las palabras del ángel y la aceptación de María de los planes de Dios, dan todo su esplendor a este primer misterio de gozo. Un misterio de gozo para toda la humanidad, en el que el ángel Gabriel anuncia la llegada inminente del Salvador; de gozo, porque su venida no va a ser un mero tránsito, sino que se va a quedar para siempre junto a nosotros; de gozo, porque su Palabra permanecerá Viva en nuestros corazones y es para todos sin distinción; de gozo, porque la Virgen María, en el instante de la Encarnación, nos estaba encarnando, a la humanidad entera, en su corazón de Madre; de gozo, porque de su corazón amante se van a derramar, para todos, chorros inagotables de amor, de bien y de paz, de Gozo porque el reinado que viene a anunciar Jesus es de alegría y de paz.
“¡Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo!” (Lc 1,28). Son las primeras palabras del ángel Gabriel a la Virgen María. “Con este singular y solemne saludo, jamás oído, se manifiesta que la Madre de Dios era asiento de todas las gracias divinas y que estaba adornada de todos los carismas del Espíritu Santo”.
La Virgen María es la obra perfecta de la Creación. Si contemplamos la maravillosa obra de Dios: el universo, los ángeles, todo aquello que puebla nuestro planeta, vemos el ejemplo del trabajo sumamente perfecto, bien acabado, como sólo Dios sabe hacerlo, para que sirva de ejemplo nuestro. Y si esto que hizo para sus siervos, ¿qué haría para su Hijo Jesús?. En efecto, si para nosotros, Padre Dios, ha preparado el premio eterno del Cielo, ha puesto todo lo creado a disposición del hombre... ¿qué no íba a preparar para morada de su Hijo? Cristo íba a morar en su virginal seno; Cristo va a ser carne de su carne, sangre de su sangre; por eso María es adornada y coronada de toda clase de virtudes; por eso, María es la Llena de gracia; por eso María, es preservada del pecado original desde toda la eternidad; por eso María, es redimida de manera única y especial.
“¡Dios te salve, Llena de gracia, el Señor es contigo!” (L 1,28), son palabras del ángel a María; son palabras que pronunciamos con suavidad y ternura cuando rezamos el Ave María. ¡Toda hermosa eres María, no hay en ti mancha de pecado original!, entonamos en su honor con orgullo, porque a este comienzo de vida le ha seguido toda una vida de entrega a Dios. La Virgen María, la hija predilecta de Dios, Madre del Redentor y esposa del Espíritu Santo, fue exaltada sobre todos los coros de ángeles y de santos. Ella, solamente Ella fue coronada como Reina de la Creación.
La Virgen María es la Llena de Gracia por debajo de la plenitud que sólo Dios posee, pero superior a la de los mismos ángeles y santos juntos, doctrina que infaliblemente definió el Papa Pío IX, en el Dogma de la Inmaculada Concepción: “Y la colmó de la abundancia de todas las celestiales gracias, sacadas del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor, después de Dios, y nadie puede imaginar fuera de Dios”.
¡María es la Llena de Gracia! ¡María, fue santa desde el primer instante de su concepción! Por eso entonamos, en su honor estas palabras salidas de los corazones amantes : “Sin ti el mundo sería, como un paisaje sin luz, un día sin sol, un rostro sin sonrisa”. Hasta el mismísimo Bossuet acertó a decir en sus predicaciones marianas: “regocijaos vosotros, los que por esta Virgen Purísima habéis sido congregados hoy en este lugar. Mañana, lucirá por el mundo, el santo y venturoso día en el cual el alma de María, aquella alma predestinada a la plenitud de las gracias y al mas alto grado de gloria, fue unida por primera vez a un cuerpo, pro a un cuerpo, cuya pureza no encuentra semejante”.
Dice Juan Pablo II: “Llena de gracia, la llama así , como si este fuera su verdadero nombre. No llama a su interlocutora con el nombre que le es propio en el registro civil Miryam (María)”. Y no es que el nombre de María no contenga un pleno sentido espiritual, pues, solo pronunciar su nombre, se llena el alma de alegría, nuestro ser de confianza y nuestra vida de seguridad. Y como dice San Lorenzo, que al oir el nombre de María: “ todos doblen la rodilla, en el Cielo, en la Tierra y en el Infierno”.
Con el saludo del ángel, Dios quiere dejar por sentado quien es María; quien es la que ha sido elegida para ser Madre de Su Hijo Unigénito; quien ha de ser el sagrario viviente que lleve en sus entrañas al Santo de los santos; y como y de qué manera halló gracia a Sus ojos. El ángel habla por boca de Dios; es pues, Dios mismo quien la llama: ¡Llena de Gracia!. Y de nuestros labios, al leer este pasaje, salen incontenibles: ¡ toda hermosa eres, María! ¡Bendita sea tu pureza! Y no se cuantas cosas más desde nuestro corazón enamorado.
“Ella se turbó al oir estas palabras, y consideraba que significaría esta salutación” (Lc 1,29).
¿Qué debió pensar María al escuchar aquellas palabras? María, mujer humilde; María, Mujer de Fe; María anonadada hasta hacerse esclava del Señor. “Se turbó” (Lc 1,29) nos dice el evangelista , “y consideraba que significaría esta salutación”, añade, para indicarnos dos momentos aunados pero de diferente significado. María, se turbó, porque en su humildad, en la pequeñez en que se tenía considerada a sí misma, jamás soñó, ni se recreó, ni buscó las alabanzas, las glorias o los parabienes. María era para Dios, pero no por eso descuida a aquellos conciudadanos que vivían en Nazaret. María era humilde, por eso el saludo del ángel: “¡Dios te salve, Llena de gracia, el Señor es contigo!” (L 1,28), le produjo la lógica “confusión que producen en las personas verdaderamente humildes las alabanzas a ellos dirigidas”. María, sin abandonar sus deberes propios y para con los demás de cada día, pasa desapercibida, sin dar motivos de comentarios. Desde el nacimiento de Jesús, María aparece en contados momentos en los evangelios. Como siempre “guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón” (Lc 2,29). María, medita cada momento, cada suceso, en suave oración con el Padre, a quien ofreció su vida desde su niñez.
María, mujer humilde; María, mujer de fe, María, mujer de oración. Tres virtudes de las muchas que contiene la corona que adorna su cabeza, y con la que fue coronada como Reina de la Creación, del Universo y de nuestros corazones.
“No temas María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,30-31) Podemos imaginar, al leer este texto de San Lucas, la suavidad, la ternura, el cariño y el amor con que el ángel Gabriel le habla a María, que hasta cuando se reza el Avemaría, tratamos en nuestra lejanía, decirlas con la misma dulzura. Casi con los oídos de la fe, cuando leemos este pasaje, nos parece estar presentes en aquel momento. El ángel Gabriel habla a María; ella escucha las palabras del ángel; parece como si al finalizar el mensaje se produjera un pequeño silencio: María no duda, María medita, en la presencia de Dios cada detalle; entre tanto el Cielo, expectante, espera la respuesta de María. Dios nos llama, y en nuestra libertad, espera nuestra respuesta. María esta turbada, pero sin el más mínimo resquicio de duda. María, medita; María, ora; María se deja guiar por el Padre. “Cuando el ángel la tranquiliza y le dice: no temas María, le esta ayudando a superar el temor inicial que, de ordinario se presenta en toda vocación divina”
El ángel anuncia a María que va a ser Madre. María pregunta: ¿Dé que modo se hará esto, pues no conozco varón?. Con esta pregunta de María al ángel, ya ha dejado la puerta abierta a una aceptación a la voluntad del Padre. No se echa atrás, no cierra sus oídos, no huye... María, que había ofrecido su virginidad a Dios, que se había reservado para Dios, pregunta como habrá de ser ese hecho: ¿ pues no conozco varón?. Tal era la fe que había puesto en el Padre que “ el quommodo fiet (¿de que modo se hará esto?), se convierte en los labios de María en un Fiat!. ¡Que se haga, estoy pronta, acepto; este es el momento crucial de la fidelidad!”. La Virgen María es rauda en responder; es rauda en aceptar la Voluntad de Dios. Así había actuado siempre. Así, sin duda la habrían iniciado los padres en la fe, en el amor a Dios.
Tras escuchar la respuesta del ángel, María responde sin dudarlo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. ¡María ha aceptado! Y la explosión de júbilo en el Cielo debió ser inmensa, incalculable. ¡María, Virgen fiel!. Por María nace la Luz, por María surge la Luz, tras las sombras en las que nos sumieron Adán y Eva . “Desde la eternidad, la eligió y señaló como Madre, para que su Unigénito Hijo tomase carne y naciese de Ella en la plenitud de los tiempos” como nos dijo el Papa Pío IX. La Virgen María, la única elegida, única en la que Dios no encontró la más leve mota de pecado: toda hermosa, toda limpia, sin mancha, inmaculada; contrariamente a Eva, la otra mujer que nacida sin mancha, rompió su hermosura al desobedecer los planes de Dios. María, al contrario; nacida inocente se mantuvo inocente y pura; haciendo posible que los planes de Dios para la humanidad se realizaran.
¡María ha aceptado! Y enviándola un celestial mensajero, esperó la respuesta de María. Pero ¿ cómo íba a salir marchita la flor más bella, la flor más pura del jardín de Dios? Hágase en mí según tu palabra, responde María. Y así, al ¡Hágase! De María ante el anuncio del Arcángel San Gabriel, con el que comienza la Historia de la salvación del género humano y de la cual, nuestra Madre ha escrito esta primera página con las letras del más puro y fino oro, le van a seguir aquel otro ¡Hágase! Ante las duras y proféticas palabras de Simeón : “y a tu misma alma, le traspasará una espada” (Lc 2, 35), y aquel otro al pie de la Cruz, cuando la Virgen María aceptándonos por hijos suyos, acepta la pesada carga que horas antes llevaba Jesús sobre sus espaldas, la carga de una humanidad ingrata; pero así todo, nos acepta: “Mujer he ahí a tu hijo”( Jn 19,26)