EL CAMINO DE EMAUS
10 Febrero 2010
El Directorio General de la Catequesis nos define la Catequesis como " la forma de acción eclesial que conduce a la madurez de la fe, tanto a las comunidades como a cada fiel". Por otra parte, ahondando más ampliamente el Documento " Catechesi Tradendae" hace una división del sentido de la Catequesis, uno de una forma restringida que es la mera " enseñanza de formulas que expresan la fe", como por ejemplo: enseñar a hacer a un niño, o a un adulto, la Señal de la Cruz; enseñar el Credo, pero nada más. Basar la fe en meras fórmulas sería una acción vacía del contenido real. De la misma fórmula que no podemos alimentarnos con propaganda alimenticia, leyendo recetas, hasta incluso probándolas superficialmente, tampoco podremos ahondar en la fe, llegar a la plenitud de la vida cristiana, a sentirse impregnado por la Palabra de Dios, con las solas fórmulas o artículos de fe. Por eso, el sentido de la Catequesis es más amplio, y tal y como nos lo dice el Documento " Catechesi Tradendae", al definir esta acción misionera de una forma más amplia: la Catequesis es "la educación en la fe de los niños, de los jóvenes, de los adultos, que comprende una enseñanza de la doctrina cristiana dada generalmente con miras a la iniciación de la vida cristiana". Por eso, además de las formulas o artículos de fe, se le enseña el mensaje revelado: La Palabra de Dios. Y que determinará un sentido a nuestra vida.
Pero de nada serviría la Catequesis, de nada servirían las continuas lecturas de la Biblia, del Nuevo Testamento; incluso ir a todas las Procesiones que se celebren en un lugar, si después no existe una respuesta. Cristo nos habla, cada día, a través de los Evangelios, a través de las palabras del sacerdote en las homilías, en la Confesión, El mismo, cuando le recibimos en el Sacramento de la Eucarística. Pero Cristo no desea ser un monólogo; él no quiere ser el único en hablar. Cristo quiere MI RESPUESTA
Cuántas veces le preguntamos como aquel joven rico ¿Señor que cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna? (Mt 19, 16-17). ¿Señor que debo hacer para seguirte?... ¡pídeme, Señor! Y él nos responde: "Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16, 24). Jesús nos habla y nos dice claramente lo que desea de nosotros. Ahora falta mi respuesta
¿Cuál es mi respuesta a Cristo?, ¿hasta dónde soy capaz de darle?, ¿realmente Cristo me llena? ¿Me enamora?, ¿su Palabra cala hondo como la lluvia, hasta los huesos?, ¿mi respuesta es, tal vez, la de tantos "cristianos-sastres", que nos hacemos la fe a nuestra medida, quitando aquello que va a suponer una privación de tiempo, de mi línea de pensamiento, de mi comodidad, de mis lujos...?
"Quédate con nosotros, porque está anocheciendo" (Lc 24, 29), le decimos como aquellos discípulos que iban a Emaús. ¡Quédate con nosotros, Señor!, porque Tu Palabra me llena, me conforta, es el agua fresca que sacia mi Sed de Ti
Cuantas veces soñamos con grandes campos de apostolado; donde nadie ni nada me va a detener para llevar a Cristo hacia las almas; acabar con las injusticias, las guerras, la miseria que acecha a tantos y tantos hombres. Cuantas veces nuestro corazón se eleva y eleva hacia alturas sin término. Pero, cuantas veces volvemos a la realidad de la vida por falta de una autentica respuesta de fe, por falta de un Fíat! , de un ¡hágase!, al igual que la Virgen María. Y nuestro corazón se entristece, como el del joven rico, cuando Jesús le responde: "vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un Tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme" (Mt 19, 21).
¡Señor que cosas buenas debo hacer para alcanzar la vida eterna! Y el Señor le responde ¡Guarda los mandamientos!...no mataras, no cometerás adulterio, no robaras, no dirás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amaras al prójimo como a ti mismo...! El Señor le marca el camino. Pero el joven rico quiere ir más lejos, y le dice que todo eso ya lo hace. Ahora el Señor le va a poner en un aprieto: "vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un Tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme". El joven " marchó triste, pues tenía muchas posesiones ", nos describe el Evangelista San Mateo. Muchas veces nos pasa esto a nosotros. Unas veces no damos una respuesta positiva a Jesús porque sabemos de antemano que un SI nos va a costar muy caro; vamos a tener que desprendernos de muchas de esas posesiones que atan nuestra vida a las cosas; otras porque un Si supone un cambio radical en nuestra vida: Misa, oración, Confesión, Comunión.... ¡demasiado!; otras, porque realmente nos falta ese valor para responder a la llamada del Señor con una entrega personal.
Jesús me marca, al comienzo de su vida publica un programa de salvación. Desde el Monte de las Bienaventuranzas sigue hablándome, igual que ayer. No se impacienta. El espera mi respuesta. Él me ha presentado un programa de Esperanza y de Amor, que se contrapone al que me presenta el mundo de hoy: crímenes, guerras, agresiones, asesinatos, injusticias, fraudes, enriquecimientos ilícitos, insolidaridad... Él me ofrece su ayuda, tiende su mano, sale a mi camino, como lo hizo con el hijo prodigo. Él me ama intensamente como soy, pero espera mi respuesta a Él.
Muchas veces escuchamos a las gentes su admiración a Jesús, a su Palabra, a su valentía. Pero tristemente, de ahí no pasan. Otras veces, incluso pensamos: ¡ si Dios me pide la vida se la doy, pero entre tanto!... Procesiones, romerías, promesas, flores a esta o aquel santo. ¡Que todo esto está muy bien! Pero falta lo esencial. El compromiso de entrega, de cambio hacia Él. La oración y la Eucaristía, la Penitencia... ¡Alimentarnos de Él!