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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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¡CREO, SEÑOR! ¡AYUDA MI INCREDULIDAD!

La curación de un niño epiléptico es el pasaje que nos narra el evangelista a continuación del episodio de la Transfiguración. Esta curación podría pasar como una de las tantísimas que realizó Jesús, o por una de las tantas que nos describen los evangelios. Esta curación tiene una particularidad, la intervención del padre de aquel niño, y las palabras llenas de  humildad que nos enseña cómo dirigirnos al Señor. La humildad es una de las virtudes más queridas por el Señor y así lo podemos ver a lo largo de los Evangelios. La humildad es base fundamental del cristiano, entre otras cosas porque le ayuda a reconocerse necesitado de Dios, le ayuda a reconocerse pecador fundamento básico para una autentica reconciliación con  el Señor. El mismo Jesús nos enseña con su ejemplo a ser humildes. El siendo Dios, aceptó por nosotros hacerse uno de cómo nosotros, excepto en el pecado. María, nuestra querida Madre, se hace esclava del Señor, como rezamos en el Ángelus. Es ella la Reina de la Humildad en quien debemos mirarnos para alcanzar esta virtud o don tan precioso. Con la humildad derrotaremos al pecado capital más terrible, origen de otros muchísimos pecados: la soberbia.

 

                       Al llegar junto a los discípulos vieron una gran muchedumbre que les rodeaba, y unos escribas que discutían con ellos. Enseguida, al verle, todo el pueblo se quedó sorprendido, y acudían corriendo a saludarle. Y él les preguntó: ¿Qué discutíais entre vosotros? A lo que respondió uno de la muchedumbre: Maestro, te he traído a mi hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio que se apodera de él, lo tira al suelo y lo deja rígido: Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. El les contestó: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? ¡Traédmelo!  Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espuma. Entonces preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: Desde muy niño, y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él; pero si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros. Y Jesús le dijo: ¡Si puedes...! ¡Todo es posible para el que cree! Enseguida el padre del niño exclamo: Creo, Señor, ayuda mi incredulidad” (MC 9, 14 – 24).

 

 

                        El mensaje central es la fe; todo es posible para el que tiene fe y es humilde, y así lo confirma el Señor: tentaciones, tristezas, caídas espirituales... todo es posible superar con la fe y la humildad. Cuantos momentos de gran sufrimiento y hasta de depresión se verían superadas con la sola acción de la fe. Tal vez la acción fallida de los Apóstoles en la curación de aquel muchacho se debiera a la falta de fe. Al final de este pasaje el Señor va darnos, conjuntamente, a los Apóstoles y a nosotros la solución.

                       

Pero si algo puedes, ayúdanos” dice el padre de aquel muchacho al Señor; la fragilidad de la fe de aquel hombre le hace actuar de aquella manera; pero al instante, cambia su petición dubitativa en otra de reconocimiento de su frágil fe. Se sabe frágil, se  reconoce pequeño y da un giro imprevisto para los presentes en su súplica al Señor: “Creo, Señor, ayuda mi incredulidad”. También nosotros podemos acudir al Señor, reconociendo nuestra pequeñez, cuando la duda, la falta de fe nos abruma ¡Señor pon tu lo que falta! ¡Señor, tu si puedes! Aumenta mi fe, aumenta mi amor hacia ti, refuérzame en la fragilidad de mi nada; nada puedo sin Ti

 

            El ejemplo de aquel padre, en la forma de pedir al Señor hacia aquel ser querido, es una nueva lección, para nuestra forma de actuar, que podemos extraer del Evangelio. Nuestra oración no debe ser  de exigencia, sino solícita, puesta en las manos del Señor, con fe, sabedores que Él si puede. Cristo nos lo dice cada día en las páginas del Evangelio: “Todo es posible para el que cree” (MC 9,23). Jesús sana  a aquel muchacho enfermo, la fe y la humildad de aquel padre, que se reconoce frágil conmueve al Señor.

 

            Muchas curaciones había realizado hasta el momento el Señor, pero muchos pretendiendo ver con los ojos del cuerpo no captan con la sensibilidad de la fe el bien que el Señor Jesús iba haciendo, y los Apóstoles asombrados le preguntan porque ellos no pudieron hacer lo mismo. “Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración” (MC 9,29).

 

            Las tentaciones, el pecado…solo pueden ser derrotados a través de la oración y la humildad que es “una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios”, leemos en el Catecismo. “Creo Señor, ayuda mi incredulidad”, este reconocimiento no es una actitud que deba causar vergüenza, es un paso que damos al reconocimiento de lo que somos: pecadores, necesitados,  “mendigos”; muchas veces el sentimiento de vergüenza nos impide o anula el reconocimiento del ser pecadores y por tanto nos impide dar el paso para pedir nuestra sanación. El sentimiento de vergüenza de reconocer nuestra poca fe, es pues una tentación que habremos de combatir puestos en las manos del Señor. ¡Tu si puedes Señor! ¡Ayuda mi nada! ¡    Que sería de mí sin Ti! ¡Madre, refugio de los pecadores, ayúdame a caminar! Y la Madre, que no sabe vivir sin amarnos, nos dirá Haced lo que el os diga a la vez que nos guía a su encuentro.

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