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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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DIOS TE SALVE MARIA

“Yo te saludo María”. Así le saluda el Ángel a la Virgen, el día de la Anunciación. Así la saludamos nosotros a nuestra Madre del Cielo. Impresionante, como Jesús Crucificado, clavado de pies y manos, después  de una brutal paliza, de puñetazos y bofetadas, cerca de 300 golpes, pensaba en nosotros, en esta humanidad ingrata. Entre los tremendos dolores de las heridas, nos va a dejar un regalo, a su propia Madre, que la humanidad ingrata no merece. “Madre, ahí tienes a tu hijo”, la Virgen María acepta sin reservas, desde ese instante se convierte en Madre y Corredentora de la humanidad. “Hijo, ahí tienes a tu Madre”. La humanidad entera, representados por Juan, acepta a María por Madre. La Virgen María, una vez más acepta los designios de Dios. Fiat! (Hágase). Nunca duda de Dios, siempre dice ¡Sí! Es el ejemplo de confianza en Dios.

¡Cómo no vamos a aceptar a la Virgen María por Madre! ¡Cómo no vamos a aceptarla! No apreciamos en toda su extensión este regalo que nos hace Jesús. ¡Ahí tienes a tu Madre! Nos dice el Señor. Y María cuando nos acepta lo hace sin reservas, nos acepta uno a uno y para siempre. Y cumple con su papel de Abogada y Corredentora nuestra. Sale a nuestro encuentro, cuando estamos perdidos y desorientados. Ella es nuestra Brújula y nos señala el camino seguro. Es el camino único y seguro para llegar a su Hijo, no busquemos otro.

A todos escucha. “Bienaventurada, oh Virgen María, jamás se ha oído decir, que ninguno que ha acudido a Vos, haya sido abandonado de Vos”. Le decimos a la Virgen María con la oración de San Bernardo.

No dejes de acudir a la Virgen, en todo momento. Estate seguro que te atiende y te escucha. Nos quiere con corazón de Madre, nos quiere como a hijos suyos que somos. La Virgen María no podría vivir sin amarnos.

Nosotros desgranamos suavemente las cuentas del Rosario y saludamos a la Madre con el saludo del Ángel y rezamos las avemarías que nos saben a la más rica miel, y saboreamos cada avemaría. Y en alas de la fe subimos al Calvario, junto a María y a Juan y las santas mujeres. Y acompañamos a la Madre en esos tristes momentos. Y saltan de nuestros ojos lágrimas de tristeza, porque también somos culpables de que Jesús esté ahí clavado.

Dos madres tenemos, dos regalos que Dios nos hace. Las dos nos aman y nos dan la vida, con sacrificio. Gracias Padre Dios, por las dos madres que nos has dado. Ayúdanos a amarlas en todo momento, a no decepcionarlas.

 

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