EL CAMINO DE EMAUS
28 Julio 2011
Los no creyentes dicen que los católicos sufrimos de alucinaciones, que sacamos de contexto las cosas, que vemos cosas donde no las hay. Rechazan los milagros por norma, y les dan explicaciones, que se escapan a toda lógica. Vamos, que por rechazar, rechazan hasta la creación del mundo por Dios.
No me río de las teorías, por educación y por respeto; pues bastante triste es vivir en un mundo, cuyo futuro es la oscuridad y la nada; es decir, que después de esta vida, tras la muerte, para ellos no existe nada. Vamos, que después de esta vida no hay nada de nada. De nada sirven los actos buenos, de nada sirven todo aquello que se haga por el prójimo.
Por tanto, en la vida del creyente, según los ateos, se cruzan espejismos, nada es lo que vemos y la fe es algo superficial que nos ata. Debe ser una tortura pasar la vida pensando así y a la vez, tratando de convencer de que no hay nada. Sería terrible, vivir pensando que tras la muerte, te conviertes en polvo a merced de una ráfaga de viento.
Cuando falleció mi padre y amigo, ocurrió un hecho muy curioso, que cada uno puede dar la explicación que quiera. ¿Casualidad? ¿Existe la casualidad?. Siempre decimos “por casualidad pasó esto o aquello”, Por casualidad sucedió…”, “Por casualidad, me salvé…”, es lo mismo que la suerte, ¿existe la suerte?. Para mi, los sucesos que unos atribuyen a la casualidad, a la suerte, se los atribuyo a Dios, a quien doy gracias.
Pues bien, era un día nubloso, pero no hacia frio. Repentinamente entre las nubes surgió un rayo de sol que penetró por la ventana y llegó hasta el pecho de mi padre. Todos estábamos a su lado, dándole el cariño y el calor que el nos había dado durante toda su vida. Aquel rayo de luz fue subiendo lentamente. Todos los que le rodeábamos, esperábamos el milagro de una mejoría. No queríamos perder a aquel padre y esposo que había entregado su vida entera a su familia; tomando ejemplo de aquella otra de Belén.
Aquel rayo luminoso y suave, siguió subiendo hasta llegar a su rostro, que es cuando entregó su alma a Dios. Aquel rayo, que atravesó nubes y la ventana hasta llegar a mi querido padre y amigo, marcó la luz de su vida, de hombre justo y que, con su vida, marcó la huella sobre la que nosotros debíamos pisar. No es porque se tratara de mi padre y amigo, pero nunca he creído en las casualidades de la vida.
Aquel rayo de sol continúa brillando en nuestra memoria y nos continúa iluminando, marcándonos el camino.