EL CAMINO DE EMAUS
11 Abril 2018
Bartimeo era ciego y nos representa a nosotros también, como cada persona, también aquel paralitico, leproso… que aparece en los Evangelios, incluso los escribas y fariseos que nos narran los evangelistas. Los paralíticos, que somos nosotros cuando el pecado paraliza nuestra vida espiritual; los leprosos, cuando el pecado enferma alma y la llena de llagas y vivimos lejanos a Dios, los ciegos que nos impiden ver a Dios por la falta de fe, los escribas y fariseos, representan la soberbia que nos impide reconocer el pecado o nos impide perdonar…

Ahí aparecemos nosotros representados, que leyendo el evangelio con detenimiento podemos vernos reflejados. Una muchedumbre seguía a Jesús y a sus discípulos, porque les gustaba oírle y como les trataba, con cariño, que también les faltaba, pues escribas y fariseos eran duros y les imponían cumplir las leyes que ellos no cumplían. Nunca hasta que vino Jesús nadie les había tratado así. Juan el Bautista también, pues era la puerta que les iba a pasar Jesús, el bautismo de Juan no borraba el pecado original; a él se acercaban con arrepentimiento y con deseo de cambiar su vida.
Bartimeo cuando pasa Jesús y se pone a gritar para que le oiga, pues eran muchos los que le seguían. “Jesús, ten compasión de mi”, nos dice el evangelista, y muchos le imprecaban. No tenían en cuenta la caridad. Pero Jesús le oye y les dice que le llamen. Que alegría debió producirle a Bartimeo que se levanto de un brinco y se acerco a Jesús. Imaginamos que se acerco con lagrimas en los ojos de la emoción. Sabiendo Jesús que necesitaba, se lo pregunto “¿que quieres que te haga?. Y Bartimeo le dice ¡Que vea!. Y el Señor le dice “Vete, tu fe te ha salvado” y Bartimeo se une a la muchedumbre.
Bartimeo nos da una lección de fe y constancia. Le llama con insistencia, le llama con fe. Cuando estemos necesitados, pidamos con insistencia pero también con fe, sabedores que Él nos escucha y nos va a ayudar. Muchas veces nos falta fe al pedir algo al Señor “no me oye” “no me escucha”, insiste pero con fe. “Señor, tu puedes”. La fe de aquel leproso, el único de los 10 que volvió a darle las gracias, la fe del centurión “una palabra tuya y quedara sano”, la fe de la hemorroisa “con solo tocar una hebra de su manto”… nosotros también podemos y debemos hacerlo así. Y lo mismo pedírselo a nuestra Madre, la Virgen María, que como todas las madres cuidan de sus hijos.
Acudamos al Señor como aquel pecador que acudió al Templo a pedir perdón, colocándose al final y no se atrevía a levantar los ojos, al considerarse pecador; humildemente pidió perdón. Ten compasión de mi, esas palabras salidas del corazón, llegan al Señor que se compadece. El Señor es compasivo y Misericordioso. El sufrió cruel Pasión y no quiere que suframos. Pese a quien afirma que algunas enfermedades nos las da El por nuestros pecados, es una afirmación errónea. Dios no manda enfermedades, ni ningún tipo de mal. Si algo nos afecta debemos aprovecharlo para ofrecerle llevarlo con el mismo amor que El llevo su dolor hasta la cruz por amor a nosotros.