EL CAMINO DE EMAUS
9 Febrero 2014
Vivimos tan aprisa, que no nos fijamos en lo que Dios ha puesto en nuestras manos. Pensamos que disfrutar de la vida, es tomar pate de todas aquellas diversiones que el mundo pone a nuestros pies, como nos describe el evangelista, cuando Jesús fue tentado en el desierto pr satanás: ¡y poniéndole el mundo a sus pies…!. Podemos divertirnos, pero muchas de ellas, o son buenas, pues nos separan de Dios y nuestra alma inmortal se vacía de todo su contenido espiritual.
Si pudiéramos tomar, en esos momentos, a temperatura de la fe, podríamos empezar a preocuparnos y hasta podríamos darnos con un canto en los dientes, si la temperatura llega a los 36º. Pero para saber como estamos, no hace falta termómetro. Quien toma la temperatura es la sinceridad consigo mismo que nos hara ver sin engaños cual es el estado de nuestra fe, si vive o n; siempre queda un rescoldito, donde antes hubo fuego, por pequeño que sea y aun estamos a tiempo de reavivarlo, siempre con la ayuda de Dios y de nuestra Madre la Virgen. Donde ayer vivio Dios, en nuestra alma, aunque apostatemos, siempre queda algo de nuestro Padre. La apostasía es como si quemaramos un sagrario, ya que el alma es el sagrario, es la morada de Dios, es el Templo del Espiritu Santo y lo será siempre, hasta el fe nuestra vida en a que recibiremos el premio o castigo por nuestros actos. Si nuestras obras merecen el castigo, Dios dejara de estar en ella.
Cada noche deberíamos examinarnos de los actos del dia, cuanto le hemos dedicado a Dios y cuanto a nuestro prójimo; teniendo en cuenta que lo dedicado al prójimo, es también dedicarlo a Dios. Ello nos llevara a ver s nuestra fe esta viva o por el contrario, somos unos zombis, que caminamos sin rumbo por la vida.
Dios no nos pide que vivamos en las catacumbas, alejados del mundo; El nos pone los remedios para evitar aquellos peligros en los que nos puede sumir el mundo y si nos dejamos caer por sus tentaciones, nos da fuerza para saber levantarnos.
Estamos a tiempo de resucitar la fe caída por la oración y los sacramentos. Ellos son el alimento que la mantiene fierme.