EL CAMINO DE EMAUS
29 Abril 2010
“Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano” (Mt. 8,8).
Siempre que oigo esta plegaria, vuelvo a la época del Colegio y recuerdo al hermano González, de los Jesuitas de Valladolid. Antes de comenzar las clases acudíamos a la pequeña capilla para la celebración de la Santa Misa, de primera hora de la mañana. Nos acompañaba el buen hermano González, su voz dirigía las plegarias que los presentes recitábamos. Todas las aprendí en aquella época y nunca se han olvidado, entre ellas la de: “¡Señor mío y Dios mío!” durante la consagración y el “Señor, yo no soy digno…” antes de la comunión. Todos le seguíamos con las oraciones, le recuerdo siempre con el misal en sus manos. Luego salíamos a comulgar y a comenzar el día. Así cada día.
Muchos han renegado o han criticado el que se obligara ir a la Misa por la mañana y el Rosario que rezábamos en el aula al finalizar la jornada. Aunque no sé si emplear la palabra obligación, pues esta era una norma del Colegio de los Padres Jesuitas; y el que iba colegios religiosos sabios o debería saber cuáles eran las normas. Aunque quejarse ahora es fácil. Pero esas quejas quedan en la conciencia de cada uno ¿En un Colegio religioso que se iba a hacer? Lo lógico es que además de la enseñanza cultural, se eduque en materia religiosa y una de las partes fundamentales es guiar en la práctica de los sacramentos, base fundamental para el cristiano.
Personalmente, estaré siempre agradecido a mis padres y al Colegio de los Jesuitas y de los Hermanos Maristas. Aquellas enseñanzas y las de mis padres, siempre han servido y han sido el rescoldo que mantiene encendida la llama en los momentos críticos. En los momentos en los que se adentra en la Noche Oscura de la que hablaba San Francisco de Asís. Y Cada día, resonaba el eco del hermano González, el buen hermano González:”Señor, Yo no soy digno” que todos repetíamos en voz alta, y sigue resonando hoy.
Las palabras de aquel centurión han quedado inmortalizadas para siempre. Poco podía el imaginar que iban a ser repetidas cada día, en cada Celebración de la Eucaristía, como acto de fe antes de Comulgar. Cuando las pronunció no imaginó el alcance universal; y que las mismas las iban a ser norma de Fe y de humildad para millones de personas cada día.
Para aquel centurión, sus palabras fueron por aquel criado suyo gravemente enfermo, impedido de parálisis, con grandes padecimientos. Fiel siervo debía ser, de confianza, insustituible, querido y respetado como si de un familiar se tratara. Buen amo que consternado por la grave enfermedad de su siervo, entristecido por los sufrimientos de aquel acude al Señor, al que conocía de oídas y sabia de sus hechos. No espera a que Jesús pase cerca, sino que él sale a su encuentro. “¡Señor mi criado yace en casa paralitico, con terribles sufrimientos”. No pide nada para él, pide por un siervo suyo. Aquello no era muy usual en la sociedad romana, que aceptaban la esclavitud. ¡ Un amo pidiendo por un siervo! . ¿Qué hubieran pensado en Roma si hubieran visto al centurión pidiendo por un criado de la servidumbre? Los esclavos no tenían valor como personas, no eran considerados como tales. Por ello adquiere más valor la actitud del centurión
“Yo iré a curarle” le responde el Señor . ¡Señor, no soy digno que entres en mi casa!, le dice el centurión, por considerar por muchos motivos, que su casa no era lugar apropiado para un Hombre Santo. Pero el Señor le atiende por su fe y por su humildad, dos premisas que conmueven a Jesús como se puede ver en los cuatro evangelios. No mira que fuera un soldado que había invadido su país. El Señor ve las cualidades que posee y lee en su corazón.
Vemos el efecto contrario, cuando fariseos le piden al Señor un milagro para creer. La soberbia es rechazada por Jesús. ¿Necesitaban milagros para creer?.
¿Pero solo por la fe?. Se puede apreciar otra actitud querida por el Señor, el amor al prójimo. Aquel hombre gravemente enfermo no era de su familia; era un criado y dado el clasismo de la sociedad romana, era de admirar que el centurión se preocupara de aquellos que tenía a su servicio. Al Señor le agrada que nuestra mirada no sea primero para nosotros, sino para los demás, en el que tenemos al lado, en aquel que sufre, en el desfavorecido, en el enfermo. El centurión demuestra ser portador de unos valores que no eran muy usuales en aquella sociedad romana.
¡Señor no soy digno que entres en mi alma, pero una palabra tuya servirá para sanarla!. Rezamos esa plegaria, mientras nos acercamos a recibir la comunión sacramental. En actitud de paz, dejando todo fuera; con el respeto que merece el Señor, al que vamos a abrirle las puertas de nuestra alma, que se convertirá en sagrario viviente. ¡Que honor! ¡ sagrarios andantes!. La Virgen fue el primer sagrario viviente y el portal de Belén, el primer templo donde moró el Señor. Ahora lo somos nosotros, cada vez que comulgamos y también los sagrarios de los templos, donde nos espera a que lo visitemos. Muchas veces tan solo, esperando que tú y yo lo visitemos.
Señor, yo no soy digno…repitamos mañana y pasado y al otro. Él con gusto saneara nuestra alma donde quiere reposar.