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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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AMAD A VUESTROS ENEMIGOS...

Más bien, amad a vuestros enemigos

“Si amáis a los que os aman ¿Qué merito tenéis? También los pecadores hacen otro tanto… más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien y prestad sin esperar nada a cambio; entonces vuestra recompensa será grande y seréis hijos del Altísimo”. Su voz sonaba clara en el Monte de  las Bienaventuranzas, desde nos prepara  un plan para la santidad. “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”.

San Lucas nos presenta un pasaje difícil y complicado por lo que nos pide. Es de suponer que los discípulos y las gentes que escuchaban, no acostumbrados a esta nueva forma de hablar, estarían sorprendidos. Roma les había invadido, ¿Cómo podían amar al invasor? Los sacerdotes y fariseos, les hacían la vida imposible exigiéndoles cosas que ellos mismos no hacían, ¿Cómo poder sentir algo por ellos? Aquellos hombres recios y curtidos por las tareas de la vida oían lo que Jesús les pedía. ¿Qué forma de hablar era esta? ¿No había rencor, ni odio, ni venganza?

 Pero este era el nuevo mensaje del Señor: amar al prójimo, amar al enemigo, todos somos iguales a los ojos de Dios, todos somos hermanos en un mismo Padre. Pero además, dentro de la palabra amar aparece la palabra perdonar. Van íntimamente unidas. No hay una sin la otra. Si perdonas amas; si no perdonas no amas, está claro. Aun, en este siglo no somos capaces de conjugar conjuntamente estos dos verbos, ¡ yo amo, perdonando! ¡ tú amas, perdonando!... claro así nos va. “Perdonad y seréis perdonados” leemos en San Lucas.

 Pero era difícil, sobre todo en aquella sociedad. ¿Perdonar al invasor que tantas humillaciones les habían causado? Las represiones a las revueltas fueron duras en extremo.  La sorpresa iba en aumento, pero era una forma distinta de hablar. Con cariño y ternura les hablaba. Daba gusto escucharle, pues cala hondo. Las gentes estaban maravilladas. Tal era el silencio que solo se oía a Jesús. ¡Bienaventurados, los mansos! ¡ y los que lloran! ¡ y los que tienen hambre y sed de santidad!  ¡Amar! ¡Prestad sin pedir nada a cambio! Todo estaba conexionado. “La gente se asombraba de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene autoridad y no como sus escribas” (Mt. 7,29).

Eran como ovejas sin pastor; necesitaban un guía. Los guías que tenìan les causaban más daño y confusión que clarificarles el camino. Aquellas palabras que escuchaban eran dignas de tener en cuenta. Aquellas gentes y los discípulos nos representan. Pero nosotros también podemos estar allí, en esos momentos. Podemos acudir en alas de la fe y ser uno más de los que sentados sobre la hierba, escuchan en silencio a Jesús. Le vemos de  cerca; casi podemos tocarlo. Y allí, más cerca de Él sus discípulos: Felipe, Santiago y Juan; Pedro, Andrés y Bartolomé, Mateo, Tomas y Santiago el de Alfeo; Simón el Zelota, Judas de Santiago y Judas Iscariote. Todos estaban allí, atentos. Tu y yo también. Podemos notar que el alma se conmueve al escucharle, que el corazón late a un ritmo distinto. Se nos pone la piel de gallina cuando dice: ama, perdona, no pidas nada a cambio y da lo que tienes, se compasivo y misericordioso, no juzgues… ¡y seréis hijos del Altísimo!  No quiero que se acabe el discurso; todos nos encontramos tan bien allí, tan a gusto. Hasta hay una paz no conocida antes.

Qué difícil es algunas veces amar, perdonar a quien en alguna ocasión denominamos como   enemigo. Una palabra muy enquistada y que no hemos logrado borrar- Sin embargo hay que hacerlo, cueste lo que cueste. Arrancar cuesta, si ciertamente. Pero el cristiano lo logra, porque dispone de una virtud: la humildad; vence en la pelea de la tentación que la soberbia y el rencor nos hacen para sumirnos en el pecado. El Señor me pide que perdone, que ame aunque los demás no lo entiendan o se rían. Me decía una amiga catequista, que los cristianos debemos ser los raros de la historia, porque vamos contra corriente en las teorías que bañan al mundo. Pero el perdón y el amor, ni el cristianismo, están reñidos  con las actitudes enérgicas que sirven para cortar actitudes injustas contra nuestra persona.

Amad a los que os aman, pero también a los que no, aunque no recibamos reciprocidad. Demos sin esperar nada a cambio.Demos, que lo que tenemos es un don gratuito de Dios: la fe Que merito tiene dar para recibir. Que merito tiene no  perdonar al enemigo, más brillante es perdonarle aunque no reciba la amistad de él. Cuantos cristianos han hecho uso de la prerrogativa del perdón; cuantos, antes de morir han perdonado a aquel que iba a arrancarle la vida de cuajo. ¡Yo te perdono en el nombre de Cristo! Tal vez ese ¡yo te perdono! Que salió de los labios de aquel mártir germino luego  en el alma del ejecutor, como flor de conversión, que nadie lo dude.

Cuando perdonamos o amamos, sin duda se produce un revulsivo en  nuestra alma, dándonos fuerzas nuevas para seguir caminando, pero con la alegría de que hemos hecho algo que agrada al Señor

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