EL CAMINO DE EMAUS
5 Febrero 2010
Jesús es la máxima expresión del amor de Dios hacia toda la humanidad. Dios no se rinde a la hora de poner los medios para que nos salvemos. A lo largo de la historia del pueblo de Israel vemos como Dios cuida del pueblo elegido y lo saca de los problemas, una y otra vez, a pesar de los rechazos y de las faltas de fe e infidelidades que con sus actos los israelitas hacían a Dios. Los libera de la esclavitud de Egipto, del dominio asirio, del destierro de Babilonia, envía profetas que hablan por boca de Dios...y al final envía a su propio Hijo.
Contemplamos en los Evangelios que la situación en la época de Jesús, era una vida con continuos problemas : existían la esclavitud, las injusticias, los graves problemas políticos y las consecuencias para la vida que esto acarreaba ( graves represiones sangrientas por parte de Roma para sofocar las rebeliones); existían ricos y pobres, había insolidaridad, se despreciaba a los enfermos aquejados de graves enfermedades : lepra, epilepsias, consideradas como enfermedades de cariz demoníaco, rupturas familiares, la mujer era relegada a puestos ínfimos, sin unos derechos que respetaran su ser como persona... etc., que si comparamos con la vida de hoy, poco más o menos son los problemas que vivimos. El panorama para Jesús no era fácil. Para nosotros, los cristianos tampoco, salvando las comparaciones, se nos presenta fácil, lo que envuelve al mundo de hoy no va a facilitar en nada la propagación del mensaje evangélico y tampoco el llevar a la práctica, las seducciones del mundo son atrayentes.
Pero Jesús pasó haciendo el bien a la vez que proclamaba su mensaje: "El Reino de Dios está cerca" (Mt 4,17). Nos prepara un programa de vida como comienzo de su vida pública, desde el monte de las Bienaventuranzas y nos dice: "Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto" (Mt 5,48). No se limita a hablar únicamente, a la Palabra le acompaña el Ejemplo para que todas las generaciones vieran como había que actuar; pero además sus palabras y sus ejemplos se ven acompañadas de hechos: devuelve la vista a los ciegos, sana a los enfermos, andan los cojos, resucita a los muertos. Jesús no quiere llevar solamente la alegría al alma, Jesús quiere que el hombre sea íntegramente alegre.
¿Qué dificultades y resistencias encuentro para descubrir en mí y poder acoger la Buena Noticia que Dios me ofrece? Muchas veces soy yo mismo el auténtico obstáculo para acoger la Buena Noticia que Jesús me ofrece cada día; soy consciente que tampoco todo aquello que me rodea me ayuda para poder avanzar, para poder crecer espiritualmente. Es bien cierto que las seducciones que el mundo pone ante mis pies: la riqueza, la gloria, el apego a las posesiones...son altamente tentadoras (De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré si postrándote me adoras). Pero bien es cierto que no podemos culpabilizar a los elementos exteriores de mi retroceso, de mis problemas en avanzar espiritualmente, de mi falta de respuesta. Soy yo el autentico responsable de que mi fe se mantenga encendida o de que se apague; soy yo quien tiene que cultivar la fe que Dios me ha entregado gratuitamente; soy yo quien tiene que dar cabida en mi corazón las enseñanzas de Jesús y ponerlas en práctica.
Jesús nos ha llamado a cada uno de nosotros para que llenándonos de su Palabra y de El mismo, a través de la Eucaristía, lo transportemos a las demás almas. Jesús cuenta con cada uno de nosotros, y por ello nos ha elegido, para ser " Luz del Mundo" (Mt 5,14 ) que alumbre con nuestras obras a los demás, "Sal de la tierra"(Mt 5,13), la sal que preserva de corromperse los alimentos, esa sal que preserva también a las demás almas de la corrupción del pecado. Este " Luz del Mundo" y éste "Sal de la tierra" a que Jesús nos llama lo hemos de llevar a todos los aspectos de nuestra vida : la familiar, posibilitando y facilitando que la Palabra de Dios, la Buena Noticia entre y se desarrolle fielmente, no desde la que puede ser nuestra particular forma de vivir o practicar la fe, sino tal como el Señor nos lo deja dicho, oración y sacramentos, a los que acompañarán las obras externas; la laboral, ofreciendo al Señor, como autentica oración, el trabajo de cada día, con todas las dificultades que este conlleva, que ciertamente son muchas; en el círculo que nos rodea, no escondiendo nuestras creencias, a la vez que damos testimonio de auténticos apóstoles de Cristo, esencia del ser cristiano; a nuestra propia vida, dejando que la fe crezca, además de con la práctica de la oración y de los sacramentos, también continuando con nuestra preparación en la fe. De esta forma estaremos dando cabida a ese anuncio del Reino de Dios, y, además, colaborando con el mismo Jesucristo en su expansión a todas las almas.