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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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¿QUIEN ERES?: ¡SOY TU, SEÑOR!

 

      Hubo una vez un joven enamorado que fue a visitar un día a su amada. Llegó con el corazón palpitante, rebosante de alegría hasta la puerta de su casa. Una vez allí, llamó suavemente. Desde dentro se oyó una voz:

-          ¿Quién es?

     Soy  yo (respondió el joven enamorado)

Pero al momento todo se hizo  al silencio y la puerta no se abrió. Pasaba el tiempo y nadie le abría. Poco  a poco, el  joven se fue  impacientando hasta que, pensativo, decidió retirarse.

¿Por qué su amada no le abrió la puerta?. Se preguntaba una y otra vez. ¡Serán los misterios del amor! ¿Por qué no le abría?. Tal vez no ha reconocido mi voz, se decía. Tras larga reflexión, el joven vuelve a llamar. Y otra vez escucha aquella pregunta:

-          ¿Quién es?

-          Soy   (respondió el joven enamorado). Y sólo entonces la puerta se  abrió

Aquel 25 de mayo, día soleado como corresponde a esas fechas en nuestra Isla, siete niñas, de cuarto de E.G.B., del Colegio de Pureza de María de Santa Cruz, se acercaban al altar de la Parroquia de San José para recibir al Señor por primera vez en sus almas. En sus rostros se dibujaba una sonrisa de alegría. Sus ojos estaban fijos en las manos del sacerdote, D Luis portando el Cuerpo del Señor, quien las esperaba desde la eternidad. Poco a poco, una a una: Idaira,... Pilar,... Mercedes,... Nievitas,... Moneyba,... Laura,... Iris,... contestaban, por primera, vez a las palabras del sacerdote:”El Cuerpo de Cristo:    ¡Amén!” respondían. Una a una, y así  iban consumando ese abrazo tan esperado de Amor con el  Señor, Jesús. Una a una, iban uniendo  sus vida para la eternidad a la del Salvador.

Quedaban  atrás  dos años de preparación y de convivencia; donde paulatinamente fue creciendo una amistad que ha llegado a instalarse en los corazones de las niñas y del catequista. Una amistad que, para mí, va a perdurar durante mucho tiempo, toda una eternidad. Pero ahora, tras ese día memorable, ya no sólo  nos une aquella amistada que  fue naciendo, creciendo, solidificándose; ahora nos une  también Jesús, que habita en nuestras almas desde aquel 25 de mayo. Quedan atrás meses de esfuerzo y de sacrificio, más para las niñas que para el propio catequista. Pues confieso sinceramente que he podido trabajar con plena comodidad dentro de este grupo impresionante, cimentado sobre un terreno de fe ya abonado y laborado, bien moldeado, no sólo por quienes llevan a cabo la acción educadora en el Colegio en el que se preparan, que es de auténtica garantía en todo lo que atañe a la formación religiosa y humanística; si no  porque he podido observar, con gran satisfacción, la exquisita  colaboración familiar, tanto en la iniciación  del despertar religioso, como en los valores educativos, tan necesarios hoy día, que han ido recibiendo no sólo estas niñas, sino el resto del grupo que he tenido la infinita dicha de dirigir. Y es que cuando la familia se convierte en el primer núcleo de la catequesis, es muy difícil  que esos valores que van aflorando y afianzándose en sus almas se puedan destruir, a pesar de que gran parte de lo que  rodea hoy a esta  sociedad no ayude lo más  mínimo al mantenimiento de los valores de los que es poseedor cada persona.

Ahora, queridas niñas, está  comenzando una nueva etapa para vuestra joven vida. Desde ahora hemos de ser, tanto vosotras como yo, igual que  el joven enamorado de la parábola, que llama a la puerta de su amada con insistencia, y no cesa de  hacerlo hasta que logra que la puerta se abra de par en par. Pero nuestro enamoramiento ha de ser diferente, de Jesús. Buscadle en todo momento; llamadle y pedidle, con insistencia, sin miedo, sin temor a ser reiterativos: una y otra vez. Podéis estar seguras de que a Él le agrada la insistencia, y también podéis estar seguras de que Él siempre os va a escuchar. Dadle  todo aquello  que más le agrada: la  mejor cosecha de vuestras acciones (el estudio, la ayuda en casa, la obediencia a los padres, la ayuda a los demás...), y todo esto adornado por una Comunión frecuente (por lo menos los sábados o domingos), y reforzado por la  Oración, que embellece  nuestras obras y nuestra relación con Dios; y, claro está, sin olvidar acercarnos con frecuencia al Sacramento de la Penitencia que limpiará nuestra alma de aquellas faltitas que la deslucen. Y todo esto para ser  unos con Jesús. ¡Señor¡ ¡Soy Tú!

Desde aquel pasado día 25 de mayo, mis queridas niñas, nuestra alma ha cambiado mucho, ahora es más importante. Ahora ya somos como los sagrarios de los templos, en donde Jesús permanece esperándonos (a veces ¡tan sólo!) para que lo visitemos, para que nos acordemos de Él, para que acudamos a pedirle cosas, a contarle nuestras alegrías y nuestras penas, para pedirle consejos. Pero, eso sí,  somos unos sagrarios muy especiales, porque somos sagrarios vivientes, ya que  cada vez que le recibimos en el  Sacramento de la Eucaristía, Jesús pasa a vivir  en nuestra alma, quedándose junto a nosotros, al calor de nuestro corazón, y ahí permanece sin marcharse, mientras nuestra alma mantenga esa pureza e inocencia que solo tenéis  vosotros los niños.  Ahora podemos decir con más fuerza, con toda la alegría de nuestra alma, vosotras y yo, y los tantísimos  que le reciben en todo el mundo, aquellas palabras del joven enamorado: “ ¡Señor!  ¡Soy  Tú! ; Porque ya formas parte de mi vida”.

¡Ahí tenéis a Jesús!  Para siempre a vuestra disposición. Para eso se quedó junto a nosotros hasta el final de los tiempos. Y su presencia en el Sagrario  no es como si se tratara de un cuadro colgado en la pared para que lo  podemos observar  de una manera pasajera, o de una imagen inmóvil, o de algo que representa a Jesús. Como dijo el sacerdote, está ahí realmente, verdaderamente (en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad), a vuestra entera disposición. Y se trata del   mismo Jesús que anduvo con los Apóstoles, el mismo que pasó haciendo el bien, curando enfermos, dando  el don de la  fe  a todos  aquellos  que junto a Él pasaban. Y está ahí haciendo lo mismo, curando, dando alegrías, devolviendo la fe a quienes la  han perdido... Y está ahí, también,  para escucharos a vosotras y a mí.

Os acordáis de aquel pasaje de la Navidad, cuando María y José buscaban posada. Llamaban puerta tras puerta sin que nadie les escuchara, sin que nadie les resolviera el problema del alojamiento, y María iba a dar a luz, faltaban pocas horas. En muchas almas ese día de “Navidad” se repite casi cada día. Jesús llama a la puerta del corazón  de los hombres   y muchas veces no le escuchamos, no le abrimos nuestro corazón, le cerramos las puertas y Él se queda  afuera, en el  sagrario, sólo, en la frialdad de este mundo. Ahora, vosotras y yo podemos abrirle nuestro corazón para que pase el Señor. Abridle con esa sonrisa que os caracterizó durante el curso y que también me conquistó a mí. Pedidle mucho, pero también, no lo olvidéis,  por vuestros padres que han hecho posible que esa unión con Jesús pueda ser un hecho, y también  por vuestras religiosas, que también os han acercado a Él con sus enseñanzas precisas.

Poco más que deciros. Gracias por vuestro cariño y por vuestro excepcional comportamiento. Gracias a vuestros padres por su comprensión, pues ellos también merecen su buena calificación en este curso de catequesis, teniendo en cuenta que en muchas ocasiones los catequistas no entramos en sintonía con los padres. Pero esta vez, me siento feliz. Esperaba mucho de vosotras, por eso os elegí cuando supe que algunas  niñas de la Pureza de María venían a nuestra Parroquia; y esta esperanza que tenía en vosotras sin conoceros la habéis superado con creces. Os felicito, porque  además habéis dejado muy alto el  pabellón de vuestro Colegio. Nuestra Fundadora, Madre Alberta estará muy contenta con vosotras, pues como mucho amaba a Jesús, le agradará que sus niñas, vosotras, también le améis y le recibáis.  “Unámonos a Jesús... trabajemos únicamente por Él, abrazadas  con su Cruz y alcancemos la corona” decía Madre Alberta. Seguid así.

Que Dios, La Virgen y Madre Alberta os bendigan y os acompañen siempre, en unión de vuestras familias. Vuestro catequista y amigo que os quiere para siempre. Antonio

 

( a Idaira, Mercedes, Pilar, Nieves, Moneyba, Laura e Iris de aquel grupo de Comunión)

“nadie tendrá disculpa/diciendo que cerrado/

 

Halló  jamás el cielo/si el cielo va buscando.

 

Pues Vos, con tantas puertas/en pies, manos y costado,

 

Estáis de puro abierto/casi descuartizado.

 

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