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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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LA CRUCIFIXION Y MUERTE DEL SEÑOR

 

 

 

            El evangelio de San Marcos pasa directamente a la Crucifixión. Solo menciona al Cirineo quien ayuda al Señor a cargar con la Cruz después de tres caídas y la extenuación por las palizas, la pérdida de sangre y el ajetreo que siguió a su apresamiento.     Y a uno que pasaba por allí, que venía del campo, a Simón Cirineo, el padre de Alejandro y de Rufo, le forzaron a que llevara la Cruz de Jesús. Y lo llevaron al lugar del Gólgota. Y le daban a beber vino con mirra, pero el no aceptó.       Y le crucificaron, y repartieron sus vestidos, echando a suertes sobre ellos para ver qué se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando lo crucificaron. Y el título de su causa tenía esta inscripción: El Rey de los Judíos. También crucificaron con él a dos ladrones, uno a su derecha y otro a su izquierda” ( Mc 15, 21-28).

 

            Simón Cirineo era natural de Cirene, una ciudad situada  entre Egipto y Cartago. En Jerusalén, según nos dicen los estudios de la Biblia existía una numerosa comunidad cirenea y que además gozaban de su propia  sinagoga. Los nombres de Alejandro y Rufo, según los estudios de la Biblia, hijos de Simón Cirineo podían pertenecer a esta comunidad los cuales, junto a Simón y toda su familia, se convirtieron al cristianismo. Es forzado a cargar con la Cruz. Los soldados que acompañaban el cortejo no lo hacen, porque según se desprende de los estudiosos bíblicos esta acción era considerada degradante, por ello obligan a Simón; tal vez los judíos también se negaran a ello.

 

            Desde el Pretorio al Calvario, San Marcos no nos narra nada más que el momento en que el Cireneo es obligado a cargar con la Cruz. No describe el camino de la amargura que padeció Jesús hasta su crucifixión.          El Calvario, Gólgota o Calavera, estaba situado a las afueras del recinto de Jerusalén, cerca de la llamada puerta  de Efraim; más tarde la muralla que rodeaba Jerusalén dejará dentro de su contorno este lugar en el que fue crucificado el Señor.

 

            La muerte por crucifixión era una modalidad muy utilizada desde épocas anteriores y por otras naciones y que tomarán para si los romanos y que tras la primera revuelta lo padecerán cerca miles de judíos como nos describen historiadores de la época, entre ellos Flavio Josefo: “Los soldados, fuera de si por la rabia y el odio, se divirtieron crucificando a sus prisioneros en diferentes posturas; y tan grande fue el número de éstos, que no encontraban espacio para las cruces, ni cruces para los cuerpos”. Por otra parte era considerado como un martirio infamante y que se infligía a los criminales. Era además una muerte horrible ya que se producía por asfixia, con lo cual es de imaginar el padecimiento del crucificado, y máxime cuando éste, con en el caso de Jesús, había padecido con anterioridad una brutal paliza. Además, para los judíos era ignominiosa ya que para sus creencias recaía sobre el crucificado una maldición religiosa.

           

 

            Nos ofrece San Marcos un dato: . Y le daban a beber vino con mirra, pero el no aceptó. Según un costumbre judía. Era esta mezcla como una especie de droga que sumía en una especie de inconsciencia al que la tomaba, y en este caso se evitaba el sufrimiento. Jesús no quiere privarse del amargo dolor y rechaza el brebaje. Sufre por nosotros hasta el final, bebe el cáliz de la Pasión sin dejar  gota alguna en él. Es el cáliz del que les habló a los hijos del Zebedeo cuando se disputaban un puesto a su lado.

 

            Fue clavado de pies y manos en la Cruz. “El terrible suplicio de Jesús en la Cruz, nos está enseñando, de la manera mas expresiva, la gravedad del pecado de los hombres, de mi pecado. Tal gravedad se mide por la infinita grandeza y honor de Dios ofendido...No hay palabras para ponderar el amor de Dios manifestado en la Cruz...Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la Cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros”.

 

            San Marcos señala que sobre la Cruz se podía leer la inscripción de Rey de los Judíos. “El título era el nombre técnico que en el Derecho Romano expresaba la causa de la condena. Solía inscribirse en una tablilla para conocimiento público y era resumen del acta oficial que se remitía a los archivos del tribunal del Cesar. Por eso cuando los pontífices judíos piden a Pilato que cambie las palabras de la inscripción, el Procurador se niega aduciendo que la sentencia ha sido ya dictada  y ejecutada y, por tanto, no puede  modificarse: este es el sentido de las palabras: lo escrito, escrito está”.

 

            A ambos lados crucificaron a dos reos de delitos que según los estudiosos bíblicos podían ser delincuentes comunes de los que asaltaba a los peregrinos que acudían a Jerusalén, o terroristas como Barrabás.

 

            Este momento puede hacernos echar una mirada hacia atrás: “ ¿Porque come con los publicanos y los pecadores? Al oir Jesús esto, les dijo: No tienen necesidad  de médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2, 16-17). Hasta el último momento, el  Señor busca arrancar de las tinieblas del pecado a aquellos por los que ha venido. Los nombres de aquellos reos, según los estudiosos y las leyendas eran Dimas ( el buen ladrón) y Gestas ( el mal ladrón ); los apelativos que se añaden es para diferenciar a aquel que se arrepintió del que se mantuvo contumaz en el pecado. ¿Puede ser Dimas el primero que se benefició del Sacramento de la Unción? De hecho reconoce sus pecados y se arrepiente ante el mismo Jesús de ellos y le pide: “acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino” (Lc 23, 42).

 

            Hasta el último momento de nuestra vida tenemos la oportunidad de merecer y la oportunidad del arrepentimiento de nuestros pecados para alcanzar la Gloria. Dios nos ofrece esa oportunidad, porque quiere que todos se salven. Dios nos llama continuamente, de nuestra parte esta el oírle y aceptar su llamada, tal como hizo Dimas, el buen ladrón. San Agustín al describir este momento nos dice: “Hay tres hombres en cruz: uno que da la salvación, otro que la recibe, un tercero que la desprecia. Para los tres, la pena es la misma, pero todos mueren por diversa causa”. Aceptemos la gracia del perdón, solo cuesta el reconocimiento de nuestros pecados y la humildad del arrepentimiento, lo demás corre de parte de Dios, el poder benefactor del perdón para siempre.

 

           Los que pasaban le injuriaban, moviendo la cabeza diciendo: ¡Ea! Tú que destruyes el Templo y lo edificas de nuevo en tres días, sálvate a ti mismo, bajando de la cruz. Del mismo modo, los príncipes de los sacerdotes, burlándose entre ellos con los escribas, decían: Salvó a otros, y a sí mismo no puede salvarse. Que el Cristo, el Rey de Israel, baje ahora de la Cruz, para que veamos y creamos. Incluso los que estaban crucificados con él  le insultaban” (Mc 15, 29-32).

 

            San Marcos nos describe la actitud de las gentes y de la falta de escrúpulos de los príncipes de los sacerdotes que a sabiendas de los motivos que les habían impulsado para dar muerte a Jesús, incluso con la posterior presentación de falsos testigos, persisten, ahora burlándose de un Hombre que estaba a las puertas de la muerte. La Pasión de Cristo no concluye con su crucifixión, continúa con las burlas, blasfemias y escarnios.

 

            San Marcos recoge el dato que ambos reos que acompañaban a Jesús en la Cruz le insultaban a la vez que lo hacían muchos de los  allí presentes. Este pasaje no contradice en nada a lo que dice San Lucas en su evangelio, sino que lo refuerza, ya que en la vida del hombre existe la vida de pecado y la de arrepentimiento; el pecador que confía en la Providencia de Dios y en su Misericordia y el que cae en la desesperanza del pecado y muere sin arrepentimiento. Con nuestra vida de pecado, y mientras ésta dura, somos en cierta manera la imagen del ladrón impío; cuando tocados por la gracia divina, acertamos a arrepentirnos, hacemos uso de ese acercamiento que Dios nos ofrece a cada momento de nuestra vida, como hizo Dimas, el pecador arrepentido, a las puertas de la muerte.

 

           Y al llegar la hora sexta, toda la tierra se cubrió de tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona exclamó Jesús con fuerte voz: Eloí, Eloí, ¿lema sabacthani?, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Y algunos de los que estaban cerca, al oirlo, decían: Mirad, llama a Elías. Uno corrió a empapar una esponja con vinagre y, sujetándola a una caña, le daba a beber mientras decía: Dejad, veamos si viene Elías a bajarlo. Pero Jesús dando una gran voz, expiró” ( Mc 15, 33-37)

 

           El evangelista presenta este dato como un fenómeno milagroso, que señala la magnitud del deicidio que se está cometiendo. La expresión “toda la tierra” significa todo el horizonte inmediato, sin precisar con detalle sus fronteras... Orígenes entiende que es manifestación de la oscuridad espiritual... San Jerónimo explica que las tinieblas expresan más bien el luto del universo por su Creador

 

            La agonía del Señor se alarga, a las heridas anteriores hay que unir las producidas por los clavos en manos y pies. Pero a esta tragedia hay que añadir otra, como describe el  padre Martín descalzo: “ Estaba verdaderamente solo. Todos morimos solos, incluso cuando morimos rodeados de amor. Por mucho que el agonizante tienda su mano y se aferre a otra mano, sabe que allá, en el interior, donde se libra el último combate, está sólo, definitivamente solo. Jesús no quiso sustraerse a esta ley de la condición humana. Y vio su soledad multiplicada por el espanto de quien muere joven y en una cruz, odiado y despreciado y, al mismo tiempo, dramáticamente consciente de todos sus dolores

           

Eloí, Eloí, ¿lema sabacthani?, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?. Se subrayan siete palabras, las que Jesús pronuncia clavado en la Cruz. Tal vez hiciera más, pero por su significado se recogen siete, las denominadas SIETE PALABRAS DEL SEÑOR EN LA CRUZ. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?. “Estas palabras, pronunciadas en arameo, son el comienzo del Salmo 22, la oración del justo que, perseguido y acorralado por todas partes, se ve en extrema soledad

 

            Con estas palabras el Señor nos da una lección desde la Cruz, haciéndonos saber que aunque ante nuestros lamentos nos parezca que la respuesta del Padre es el silencio, sabemos que Él está ahí. “Jesús se aplicó a sí mismo este salmo al lazar en la cruz el gran grito: Dios   mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?. El mismo Jesús, el propio Hijo de Dios, tuvo el sentimiento de llamar en vano a su Padre. Pero, en medio de estas tinieblas, hay en él una certeza que no pude vacilar. Sabe que, a pesar de su silencio, el Padre está siempre con él, y toda la segunda parte del salmo es un canto de confianza que se levanta y amplifica hasta transformarse en un clamor de triunfo” Si leemos este salmo 22, podemos ver como algunos de los versículos ahí entonados se cumplen en el momento de la Pasión del Señor.

 

            San Marcos define el momento de la muerte del Señor indicando el hecho de : dando una gran voz, expiro. Después de una larga agonía Jesús muere, no de una forma imaginaria, ni de una forma aparente, sino muere realmente. Con su muerte reconcilia a la humanidad pasada, presente y a la futura con el Padre.

 

            Todo está consumado y Padre en tus manos encomiendo mi  espíritu, son las últimas palabras que el  Señor pronuncia antes de morir. Con la primera, nos viene a decir que todo se ha cumplido; que la misión sagrada para la que vino, haciéndose uno de nosotros, excepto en el pecado, se ha cumplido. Con la segunda nos enseña la confianza con la que se pone en las manos del Padre. Hasta el último momento de su vida el Señor nos enseña como han de actuar en adelante aquellos que se abracen a su Palabra . “Las manos de Dios son la salvación. No están hechas para condenar, sino para salvar. Si alguien se condena es solo en la medida en que huye de esas manos. Las manos de Dios son resurrección. El no es un Dios de muertos, sino de vivos. El no sabe dar muerte, sino vida. Como Cristo” escribe  el padre Martín Descalzo.

           Y el velo del Templo se rasgó en dos de arriba  abajo.

 

            El centurión que estaba enfrente de él, al ver como había expirado, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios.

           

            Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre las que estaba María Magdalena y María la madre de Santiago el Menor y de José, que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén” (Mc 15, 38-41)

           

            La cortina o el velo del Templo era la que separaba la estancia más sagrada a la cual solo una vez al año tenía acceso el  Sumo Sacerdote, y era el día de la purificación del pueblo. “El hecho prodigioso de rasgarse el velo del Templo, aparentemente sin más importancia, está lleno de sentido teológico. Significa que con la muerte de Cristo ha caducado el culto a la Antigua Alianza. El culto que agrada al Padre se tributa a través de la Humanidad de Cristo, que es Sacerdote y Víctima a la vez

 

            San Marcos hace referencia a alguna compañía lejana algunas mujeres, que eran si duda aquellas que acudieron a ver a Jesús cuando se dirigía al Calvario. No hace referencia a la presencia de la Virgen ni de Juan, quienes al pie de la  Cruz escribirán una página muy importante para la vida de la humanidad, ya que es al pie de la Cruz donde María nos adoptará como hijos suyos.

 

           Y llegada  ya , puesto que era ya la tarde, puesto que era la Peresceve, que es el día anterior al sábado, vino José de Arimatea, miembro ilustre del Consejo, que también él esperaba el Reino de Dios y, con audacia, llegó hasta Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se sorprendió de que ya hubiera muerto, y llamando al centurión, le preguntó si efectivamente había muerto. Cerciorado por el centurión, entregó el cuerpo a José.  Entonces éste, habiendo comprado una sábana, lo bajó y lo envolvió en ella, lo depositó en el sepulcro que estaba excavado en una roca, e hizo arrimar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María la de José observaban donde era colocado” (Mc 15, 42-47)

 

            José de Arimatea era el único miembro del Sanedrín que no había dado su consentimiento a la sentencia dictada. Hay que hacer constar la valentía de este hombre, ya que a riesgo de ser señalado como seguidor de Cristo, se presenta ante Pilato para pedir el cuerpo de Cristo para darle sepultura. Esta actitud de José de Arimatea se contrapone a la presentada por los Apóstoles que habían huido; si bien Juan, como se describe en su Evangelio, estaba presente, junto a Jesús.

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