EL CAMINO DE EMAUS
16 Abril 2012
¡Ánimo! Le dicen, el Señor te ha escuchado y te llama. Estas mismas palabras, cada día, nos las repiten los santos que cantan las glorias de Dios en el cielo, y todos aquellos que ya contemplan su rostro. ¡Animo!, levántate, te llama. ¡El Señor me llama! Entre el gentío clamoroso no pasamos, ni tu ni yo, desapercibidos para el Señor, sabe de nuestras flaquezas y debilidades, de nuestras cobardías cuando no nos enfrentamos contra las asechanzas del enemigo, de mis negaciones, de mis traiciones; pero se sabe nuestro Padre y como tal nos ama sin límite, y nos llama para descargar sobre su suave bálsamo de amor que reconforte las tristezas y nos haga recobrar el vigor para levantarnos de las cenizas del pecado. Jesús no pasa de largo ante nuestra miseria; él se compadece y nos llama hacia la conversión, para cambiar la tragedia de la vida de pecado en otra que pueda observar una primavera de eternidad.
¿Qué quieres que haga por ti? Jesús sabe cuáles son nuestras necesidades, sabe de cuales son las carencias. Pero quiere que se las diga, de corazón a Corazón. Quiere que me reconozca tal como soy, que me dé cuenta en toda su extensión de cuál es mi autentica realidad. El Señor no rompe mi libertad, me ofrece romper las cadenas que me atan al pecado, pero precisa de mi consentimiento para romper las cadenas. Quiere que se yo y que seas tu el que las rompa, el ofrece su mano.
¡Señor, que me convierta! ¡ Si quieres puedes curarme! Me siento como aquel leproso que se acercaba a Jesús, suplicando misericordia. Al reconocer mis pecados desde el Sacramento de la Penitencia, y antes, desde el momento del examen de conciencia, estoy descargando mis vergüenzas, mis miedos, mis traiciones para ofrecerle extendidas mis manos encadenadas y que a través de su bendición me libere, y pueda escuchar aquellas mismas palabras del ciego Bartimeo: Anda, tu fe te ha salvado. Que es lo mismo que esas palabras que en el nombre de Dios el confesor nos dice al finalizar la Confesión: Tus pecados están perdonados, vete en Paz.
Bartimeo es un ejemplo claro que nos enseña a saber aprovechar las ocasiones que el Señor nos pone a nuestro alcance, tendentes a nuestra conversión. Jesús pasa cerca y Bartimeo sabe que es una ocasión excepcional para recuperar su vista. Jesús pasa a nuestro lado cada día, permanece cerca de nosotros hasta el fin de los tiempos, nos espera en el Sagrario, en los Confesionarios de los Templos, a la espera de que acertemos a dar el paso, como lo hizo Bartimeo. Pero muchas veces dejamos para mañana ese paso, y tal vez sea un mañana que tarde hasta años en llegar.