EL CAMINO DE EMAUS
25 Noviembre 2009
Una parte del mundo pasa la mitad de su vida quejándose, otra la pasa exigiendo. No me refiero a las quejas por los dolores físicos, que a fin de cuentas son dolores reales producidos por enfermedades.
Me refiero, por ejemplo, a las quejas laborales. Algunas están propiciadas por elementos pertenecientes a los sindicatos, que están a la que salta para poder hincar el diente a la empresa y poder llevarse algún sabroso pellizco y de paso quedar bien ante su parroquia. Cualquier cosa, que bien podría resolverse por medio de la palabra, puede ser motivo de queja irreversible, desde la que lanzan a sus huestes a la queja y al descontento, incluso a la huelga que saben que hace daño y hiere. Otras son las quejas salariales. ¿quién está contento con lo que cobra?. Creo que nadie o casi nadie. ¿quién no se ha quejado de su salario?. Todos o casi todos. Yo también he caído en este mal endémico.
Pero entre tanta queja, somos incapaces de mirar hacia atrás y ver que hay gentes que están peor. ¿Nosotros estamos peor?. Al menos tenemos trabajo, al menos cobramos un sueldo, podemos gastar, comer... Otros ni eso, y además no se quejan y hasta mueren sin quejarse. Y lo que es peor, no hay sindicatos que defiendan sus quejas ( será por que de ahí no pueden sacar tajada). El caso es que para quejarse siempre hay motivo por nimio que este sea, pero siempre que nos afecte a nosotros.
Y tanta queja no solo nos evita ver el mal de otros: el de los sin trabajo; el de los que nada tienen para comer ni para atajar sus enfermedades; el de aquellos que duermen aún en cuevas o en los bancos de nuestras calles (vergüenza para los Ayuntamientos), todos ellos realmente tienen motivos.
Creo que al menos por un sentido de la vergüenza, si aun no lo hemos perdido, bien podríamos silenciar nuestros lamentos y agradecer a Dios el disponer de trabajo o de salud y tender nuestra hacia aquellos que no disponen de los mínimo indispensable para arrancar cada día.