EL CAMINO DE EMAUS
15 Diciembre 2009
A MADRE ALBERTA GIMENEZ
Muchas veces pensamos, y lo hacemos equivocadamente, que los santos, esos hombres y mujeres que ocupan un lugar de privilegio en los altares, desde donde nos animan a apostar por el Señor, a poner en marcha la Fe, a cultivar la semilla de la generosidad, de la humildad y del amor, lo tuvieron todo fácil, todo resuelto. Tal vez pensábamos que un ángel del Señor bajaba a la tierra para abrirles paso en la espesura del dolor, de la contradicción, de la dificultad o de la persecución. Y estamos equivocados, pues cuando hablamos de santidad, nuestro dedo índice se vuelve automáticamente hacia ellos, hacia los altares, cuando en realidad debería quedarse señalándonos a nosotros pues a ello hemos sido llamados todos los bautizados. Y es que no solo ellos son los elegidos para dar la gloria al Señor, sino también nosotros, pobrecitos de barro quebradizo, hemos sido llamados para la difícil misión de sembrar de gozo, de esperanza y de amor todo aquello que El ha puesto a nuestro alrededor; y lo estamos también, porque también nosotros hemos sido llamados a la santidad, ¡ y canonizables ¡ qué decía el santo José María Escrivá de Balaguer, a través de la lucha diaria; y equivocados porque “un cristianismo del que se pretende arrancar la cruz... es un cristianismo desvirtuado, del que solo sería el nombre” y esta cruz que ellos encontraron, la vamos a encontrar nosotros en forma de dificultades, burlas, abandonos, provocaciones, obstáculos... No fue fácil ni para ellos, ni tampoco para sus familias. Leamos las vidas de Santa Gema Galgani, San Francisco de Asís, por ejemplo
“No olvidéis que estar con Jesús es, seguramente, toparse con su Cruz”. Y esto lo sabían los santos, y esto lo sabía nuestra Madre cuando decía “todo nos abandonará, menos nuestro Señor”. Y se confía en Él, y se confía en María, la Madre común, “con la protección de la Virgen Santísima, todo resultará bien”, pues que mejor timonel que la Madre para guiar a buen puerto la nave, por el mar embravecido de las dificultades. Y así, con anterioridad, San Francisco de Asís se topo con la incomprensión; San Roberto de Molesmes, San Esteban Harding y San Alberico, con la férrea oposición de los suyos a la reforma del Cister; San Juan Bautista con el padecimiento de graves tribulaciones; San Damián de Veuster, Santa Rita, Santa María Goretti, Madre Alberta, Madre Teresa de Calcuta..., pero todos siguieron hacia adelante, cargando con la pesada Cruz con amor y con esperanza, esa esperanza que describió el padre Martín Descalzo como “la de quien pone su mano en el arado, sabiendo, eso sí, que otra Mano sostiene las nuestras y llega ahí, donde nosotros no llegaríamos”. Y siempre, siempre, gozosamente, aunque a ese gozo le acompañe el dolor y la cruz.
Quienes vivieron junto a Madre Alberta, y quienes hemos tenido el gozo de conocer su obra podemos comprobar que no lo tuvo fácil. El Señor fue preparando, acrisolando aquella fe en la que había sido iniciada en aquel hogar puramente cristiano, para que recogiera aquella llamada que desde la eternidad le había hecho. Ya muy joven subirá con la Cruz de Cristo al Calvario, “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc, 22,42), repite junto a Jesús aquellas palabras de aceptación de la Divina Voluntad del Padre... Bernardo, Catalina y Bernardo, que así se llamará también su tercer hijo, mueren prematuramente. Poco después, Francisco Civera, su esposo, fallece igualmente. De los labios de la Madre no sale ninguna queja, ni un reproche, ni un ¿por qué?, y mirándose en María, podemos decir con San Lucas “guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,51) y camina hacia adelante, con la mirada puesta en el Señor.
“Podéis beber el cáliz que yo he de beber. Le respondieron: ¡Podemos!”(Mc20, 22). Alberta Giménez, junto a los hijos del Zebedeo, responde una y otra vez:"¡Podemos!”. Acepta la Voluntad del Señor. Y volverá a repetir aquellas palabras en aquellos momentos de su vida en que el Señor se lo requerirá. Cuando el Obispo de Palma, D Bernardo Nadal, la llama para levantar una obra que atravesará fronteras; y volverá a decir “¡Podemos!” cuando los enemigos de la fe buscan echar por tierra una parte de la obra que Dios le había confiado. “¡Podemos!”, dice la Madre, cuando en los últimos momentos de su vida se ve impedida para servir a los demás. “Ahí la tenéis, a la Reverenda Madre Alberta, a quien si la visitáis hallareis en la suave y digna calma de una Religiosa de elevado gobierno”, escriben de ella.
“Francisco – dijo de repente la Voz -, ya ves que Mi casa se está cayendo... Ve y reconstrúyela”. Aquella misma Voz que escuchara el pobrecito de Asís, se dejará oír seis siglos después; y esta vez será la Madre, a través del Obispo de Palma, quien le ruega se haga cargo de aquel Colegio de la Pureza que se desmoronaba y del que nadie se quería hacer cargo, desde que el revanchismo político de unos y otros terminaran de apuntillar aquel notable centro de educación. Pero al igual que aquella “MI casa” de la que hablara la Voz a Francisco de Asís, aquel Colegio de la Pureza, tenía un significado más grandioso, el de unir la fe y la cultura a través de la enseñanza, el de izar un bastión desde donde se educara moral, social y éticamente, además de las enseñanzas humanas, pues la tendencia liberal no se va a distinguir por su estrecha colaboración con la Iglesia, o con su favor hacia la Religión cristiana que había imperado en la nación; si no por todo lo contrario, pues estaba entre sus premisas sustraer la enseñanza a la iniciativa familiar y de las Congregaciones Religiosas, encargándose de la enseñanza funcionarios del Estado. Y esta forma de sentir y de actuar, la va a sufrir la Madre, cuando por medio de un decreto, el Gobierno va a suprimir la Escuela Normal de Maestras, que había alcanzado un gran florecimiento y auge, durante cuarenta años, marcando un hito en la historia de la enseñanza y de la educación, transcurría entonces el año 1912. “¡Podemos”, repite la Madre a través de su alma. Años más tarde, en el siglo actual sigue “las huellas pedagógicas de la Madre”, alcanzando el mismo prestigio