EL CAMINO DE EMAUS
2 Febrero 2013
Recuerdo a un amigo de Madrid, Carlos Gonzalez. Pelo largo y abundante barba. Por aquel tiempo, este aspecto le convertía a la persona en sospechoso de ser progre o de izquierdas, como decíamos “de rojillo”. Pero Carlos, buena persona y para nada “progre” ni “rojillo”; era también una persona muy preparada y católico. Le admirábamos por sus charlas y por ser un hombre justo… rompia todos los esquemas a quienes pensaban que por ir en vaqueros a la universidad, pelo largo y barba, colgaban el sanbenito, sin tener en cuenta que por el mero hecho de ir de chaqueta y corbata, no hacia a la persona de derechas. Cuantos calvos y encorbatados eran mas revolucionarios que Emiliano Zapata o Che Guevara.
Que mala costumbre tenemos los españoles de clasificar, de encasillar a las personas por su presencia. Solo nos falta salir a la calle e ir poniendo cartelitos pòr su aspecto. Seguro que si acertamos uno o dos nos daríamos con un canto en los dientes.
Esto le paso a un compañero de trabajo. Entro uno nuevo a nuestro departamento. Poco pelo, mucha barba, silencioso. Llegaba, daba los buenos días y hacia su trabajo. Hablaba poco. Otro compañero, me decía, en voz baja deforma que nuestro nuevo compañero le oyera: “Antonio, cuidado, tiene pinta de rojo”. El nuevo se ponía rojo como una olla a presión, pero enseguida recobraba la calma. Un dia le dije :Vamos a desayunar fuera. Acepto. Íbamos en silencio y repentinamente el nuevo me dice: No soy socialista y tengo un tio sacerdote, el Padre Serafin que milagrosamente, por un dia, no fue asesinado. Todos sus compañeros de Barbastro fueron ejecutados. Le dije tu tio es mi confesor. Aquí comenzó una amistad. Tiene la virtud de la paciencia, que ha soportado, aguantándome año tras año.
Si por el vestir y la presentación física trataramos de saber como es una persona, es seguro que fallaríamos el 95% de las veces. Pero seguimos empecinados en juzgar. El mayor enemigo, lo llevamos dentro de nosotros: la lengua que a pesar de ser un órgano blando, es afilada como un cuchillo: juicios temerarios, insultos, calumnias. Puede “matar” en vida a una persona. Dios no nos juzga por nuestra forma de vestir, por nuestros largos pelos, o barba abundante, ni aunque nos cortemos el pelo a lo mohicano, sino por nuestras obras, por nuestra justicia.