EL CAMINO DE EMAUS
21 Diciembre 2009
La familia, considerada como la célula básica de la sociedad y la primera estructura educadora, es el lugar donde la persona da comienzo no sólo al caminar por la senda del amor y de la verdad, sino también, donde se inicia, se desarrolla y se perfecciona en todas las demás facultades morales por medio de la palabra y del ejemplo, con vistas a su futuro actuar en el seno de la sociedad en donde se va a desenvolver y a la que va a servir para su engrandecimiento.
Si para la educación en la fe la Iglesia ha definido a la familia como medio “insustituible“, es también aplicable este calificativo para el resto de su integral educación; pues es en la familia donde el niño ha de recibir, principal y originariamente, las normas de conducta (usos de urbanidad, de cortesía, de buenas costumbres...) que rijan para el futuro su comportamiento. “Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos... son educadores por ser padres. Ellos comparten su misión educativa con otras personas e instituciones, como la Iglesia y El Estado”. Nadie puede sustituir a los padres en la misión de educar a los hijos, salvo casos excepcionales que los incapaciten para el cumplimiento de este derecho; ni la escuela ni el Estado, que deben ser meros colaboradores, continuadores y valedores de la formación educativa familiar. Y ninguna otra persona ajena a la familia, salvo que haya sido nombrada como tutor.
San Pablo, en sus cartas a los Colosenses y Efesios, al hablar acerca de la familia, nos recuerda la importancia de los deberes de unos, los padres, para con otros, los hijos y viceversa “porque esto es agradable al Señor”, y sobre la importancia que el ejemplo dado tiene, como nos lo hace ver al decir: Doy gracias a Dios, a quien sirvo a ejemplo de mis mayores”. El mismo Jesucristo lo reafirma al dejarnos el ejemplo de su escucha y obediencia a las enseñanzas de sus padres.
Varios son los aspectos u objetivos que tiene marcados la educación familiar desde el punto de vista de nuestra fe:
a) despertar religioso, que se inicia con el Bautismo y posterior puesta en marcha del Sacramento, lo cual es para la familia un compromiso y un estilo de vida; por eso, por el hecho de nacer en un hogar cristiano-practicante, no es detenerse en ese día, en el que el niño nace a Dios, recibe el don de la Fe y pasa a formar parte del Pueblo de Dios, sino poner en marcha ese compromiso de vida que supone el Sacramento del Bautismo; ir más allá, con la mirada sobrenatural puesta en la dirección marcada por Dios. Y aunado a este despertar religioso del niño, se inicia la generosa vocación apostólica de los padres, quienes iluminados por El Señor irán encaminando a los hijos con la mirada puesta en El.
Tristemente, este aspecto no se cumple en muchos hogares cristianos, donde el reloj espiritual se pone en marcha con las Catequesis y se detiene el mismo día del Sacramento del Bautismo. Y así, este despertar religioso, este ir conociendo a Dios al que todo niño tiene derecho, no se produce; con lo que se crea una situación de grave deterioro en la “construcción de la personalidad del creyente”. Esta contradicción que se produce en muchos hogares cristianos la observamos desde nuestras catequesis, al ver como el niño oye hablar de Dios, por primera vez, de labios del propio catequista, quien al ir desgranando los Mandamientos va inculcándole, a la vez, unas normas morales (diferenciación del bien y del mal), que de seguro en el hogar no habría escuchado. Esta grave situación, puede acercarnos un poco al problema que vive hoy la juventud, que al no haber recibido ese despertar religioso, busca “su felicidad por otros caminos, tras los que termina insatisfecho, vacío, perdido...” pues “se le ha vendido una felicidad mecánica que no posee el soporte esencial: Dios”.
La crisis de valores que hoy se vive, se ve agravada por un estado de tibieza y de pasotismo que provoca en el seno de muchas familias un fenómeno de total despreocupación en la enseñanza y en la práctica de la fe y, en consecuencia, en la formación de la conciencia de los niños. Los ejemplos que deben alimentar el alma en éstos no se producen; por el contrario, sí los que se oponen a la fe y a las normas de las buenas costumbres: vocabulario impropio, lecturas y espectáculos contrarios al orden moral, disputas familiares, permisividad en comportamientos improcedentes,... que van calando en el alma y la conciencia del niño, que va viendo y viviendo como normal una situación ya de por sí anómala. Y así, el conocimiento de Dios y de las normas fundamentales que acrisolan el alma del niño no se produce dentro de su espacio natural: la familia; y podrá serlo, con suerte, en la catequesis, si el niño es llevado a ella. La situación es preocupante no sólo en lo que afecta a la Fe, sino a otros temas, de gran trascendencia y problemática hoy, como son el sexo, drogas, comportamiento ético-social... que muchos niños no suelen oírlos de boca de los padres, sino por terceras personas, muchas veces desaprensivas y carentes de toda moral que pueden, si no se pone remedio, llegar a deformar sus conciencias gravemente.
Muchas veces, en estos últimos años, se ha hablado desde las más altas instancias de nuestra Iglesia de la necesidad de una Reevangelización, como forma de volver a recuperar la pérdida de valores éticos y morales de una sociedad que sigue caminado hacia la deriva. Una Reevangelización que vuelva a iluminar las conciencias de un mundo apagado y aprisionado por la nueva forma de concepción del pensamiento: la concepción materialista de las cosas, definida como “especie de atroz cirugía espiritual. Los que son sometidos a ella salen mutilados, a veces para toda la vida. En adelante, Dios está muerto en su alma”. Una Reevangelización, en la que todos estemos implicados, que devuelva a nuestra alma el sentido de orientación que retorne nuestros ojos hacia Dios. Pero también se precisa de una Reeducación que haga retornar a la persona los usos y buenas costumbres que también se van perdiendo inexorablemente, así como el sentido solidario hacia un prójimo muy necesitado. Hacia este sentido debe ir también orientada la acción pastoral de la Iglesia, de la misma forma y con la misma fuerza que la acción Reevangelizadora.