EL CAMINO DE EMAUS
3 Enero 2010
Hoy que acudimos a una época dominada por la pérdida de valores, de corrupciones, rupturas... es motivo de alegría el ver que aún se hacen las cosas con agrado, con toque de distinción, las cosas bien hechas, tal como el Señor nos lo pidiera en el Sermón de la Montaña: "sed, pues , perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" ( Mt 5,48 ).
Recuerdo cuando hace unos años tuve la dicha de acudir a la Fiesta Misionera en el Colegio de la Pureza de María de nuestra capital, que se celebra por el mes de mayo. Fueron realmente unas horas emotivas y entrañables las vividas en la Fiesta Kafakumba. La nostalgia del ayer y la alegría del presente juegan entre sí en mis pensamientos; uno desea volver a ser niño para revivir aquellos ambientes, irrepetibles, del colegio y que hoy, interiormente, juegan un papel importante y de los que me siento muy orgulloso.
En los patios del Colegio de la Pureza bullía la alegría de una juventud sana y bien orientada, de una juventud labrada en los valores inalienables de los que es portador la persona; una juventud preparada para enfrentarse al difícil ejercicio del trabajo hecho, con gusto, con agrado y esmerándose en cada detalle, todo tal y como corresponde en quienes han sido forjados en el crisol de la fe cristiana, o dicho de otro modo, adiestradas en la santificación del trabajo personal (el estudio), que es a fin de cuentas una forma más de hacer oración y por lo tanto un medio más por el que tratamos al Señor.
Kafakumba fue compartir con alegría y de corazón con todas aquellas personas que, lejos de nuestras fronteras, esperan que nuestra mirada se vuelva hacia ellos en lugar de bañarnos en el espejo de nuestro egoísmo y conformarnos con dar las migajas que caen de nuestra mesa, como en la Parábola del Rico Epulón y el Pobre Lázaro. Pero Kafakumba fue también un recibir: pues recibimos sonrisas, que las hubo para todos, y sobre todo las de quienes saben que su llamada no iba a caer en saco roto; atenciones, nadie quedó sin ellas, hasta sobraron, como sobraron los panes y los peces, para repartir incluso entre quienes no pudieron acudir. Kafakumba fue un hermanamiento real entre almas que no entienden de diferencias de color o credo. La fiesta de Kafakumba es una demostración más que nos enseña que no hace falta acudir a lo extravagante, a lo chabacano, a lo grosero, al alcohol... para poder vivir unos emotivos momentos de entrañable alegría, a la vez que el alma se llena de una fragancia a la que uno hoy está ciertamente desacostumbrado.
El espíritu y las enseñanzas de Madre Alberta fundadora de las Religiosas de la Pureza permanece muy vivo, no hay límites ni fronteras y ese día, en la Fiesta Kafakumba, estaba muy presente, junto a nosotros. A los ajenos a la casa, como era mi caso, ha calado muy hondo y hasta tal punto que aún hoy, pasados ya algunos días, permanecen imborrables esas horas, esas emociones, esos sentimientos. "Muy grande y completa es la felicidad que procede de Dios" (Madre Alberta). Esta felicidad allí se ha vivido y se ha compartido, y se vive cada día. Ese es uno de los grandes tesoros que Madre Alberta ha dejado y del que, sin duda, nos beneficiamos todos. ... eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído..."(P. A. Reggio). Esa paz y esa alegría que el señor sembró en el alma de Madre Alberta hoy se transmite, por sus enseñanzas, en todos sus colegios donde el optimismo, la sonrisa habitual y la actitud cordial son divisa y emblema bendecidas sin duda alguna por la Madre común que es María.
Muchas veces buscamos la felicidad por otros caminos, terminando insatisfechos, vacíos, perdidos... otras, pretendemos vender una felicidad mecánica, que no posee el soporte esencial: Dios, y así al final todo queda como si nada hubiéramos hecho...
Ahora se puede comprender, sin extrañeza alguna, el porque las enseñanzas y los valores que se inculcan en los Colegios de la Pureza de María a sus alumnas no sólo permanecen imborrables, sino que además, maduran, crecen y se fortalecen; y es que el camino de Madre Alberta, mujer fuerte de fe, fue el acertado: "que nuestras religiosas enseñen deleitando y transmitan su mensaje con bondad".
Hoy más que nunca, nuestra sociedad, muy enferma y a la deriva, que ha ido perdiendo paulatinamente los valores más esenciales, necesita que se le vuelva a transmitir ese grandioso mensaje que celebramos los cristianos: ¡Jesús está vivo! que ya no está en el sepulcro tras aquella pesada losa. Hoy más que nunca estamos necesitados de ese mensaje con la fe, la alegría y la esperanza con que Madre Alberta ha conquistado, conquista y conquistará almas y corazones. Muchas gracias y adelante