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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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APARICION A MARIA MAGDALENA

           Habiendo  resucitado, al amanecer del primer día de la semana, se apareció en primer lugar a  María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios. Ella fue a anunciarlo a los que estaban con él, que se encontraban tristes y llorosos. Pero ellos al oir que estaba vivo y que ella lo había visto, no lo creyeron” (Mc 16, 9-11).

 

Anteriormente María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, nos relata el evangelista, habían comprado aromas para embalsamar el cuerpo del Señor. Ellas se acuerdan de ese detalle. Momentos antes de introducirlo en el sepulcro, después del descendimiento “ Nicodemo y José de Arimatea lavaban el cuerpo ensangrentado con esponjas ...limpiaban su cuerpo como si fuera el de un niño...” después, ya en el sepulcro “ comenzaba el rito de la unción... comenzaron a envolver”  el cuerpo de Cristo “las mujeres impregnaban primero la cinta con ungüentos, luego la enrollaban fuertemente como un vendaje... Finalmente envolvieron el cuerpo en la sábana en que lo habían traído... No se quedaron satisfechas...Pensaban que el domingo rematarían lo que ahora hacían a medias” describe el padre Martín Descalzo. Son todo un ejemplo de delicadeza, de celo y de amor  hacia el Señor  y a la vez una nueva lección de catequesis que podemos extraer de las páginas del evangelio para llevar a nuestra vida diaria. La delicadeza, la valentía, el no dar importancia a las dificultades, enarbolan las virtudes de estas mujeres. Se levantan muy temprano, de madrugada, para poder llegar cuando el sol sale junto al sepulcro; no quieren perder un instante; no quieren dejar para más tarde el embalsamamiento del cuerpo de Cristo.

 

            Los habían comprado  con todo cariño del mundo, como cuando compramos regalos a nuestros padres deseando que sean los mejores. Le prepararon el ungüento. Celo, delicadeza, corazón ... es así como hemos de tratar todas las cosas del Señor; así, como nos enseñan aquellas santas mujeres. Sin reparar en las dificultades. Si echamos una mirada hacia atrás, podemos recordar aquel pasaje en que María unge al Señor con aromas de nardo, cuyo coste era elevado y que es causa de queja de los presentes. Si buscamos en el hecho de  María el sentido espiritual, alcanzaremos a ver la grandeza; pero también, a pesar del costo elevado de aquellos aromas, la grandeza de la acción de María es digna de elogio: el amor a Dios no debe tener obstáculos; nada debemos regatear a Dios: ni la oración, ni el esfuerzo personal en nuestra conversión. El no regateó ni sufrimiento, ni el en dar hasta la última gota de su sangre por nuestra salvación.

 

 

            Ninguno de los evangelistas, señala el hecho que se apareciese a su  Madre, María. Este silencio no indica que nuestra común Madre, la Virgen María, no experimentara el gozo especialísimo de ver a su Hijo, Jesús; este silencio, más bien, nos lo da por supuesto. Ese diálogo de AMOR entre Madre e Hijo queda y anima nuestra fe. Este silencio no puede llevarnos a negar que la Virgen María gozara, antes que nadie, de Cristo Resucitado: porque ella es su Madre, porque ella es clave especialísima en la Redención del género humano, porque ella, como nadie lo había hecho hasta entonces y como nadie lo hará jamás, confió plena y ciegamente en Dios, e hizo su  Voluntad sin la más mínima reserva.  Sin embargo nos dicen, estudiosos bíblicos que a la Virgen María : “ se le aparece a solas, puesto que esta aparición tenía su razón de ser muy diferente de las demás apariciones a las mujeres y a los discípulos. A estos habría de reconfortarles  y ganarlos definitivamente para la Fe. La Virgen María, que ya había sido constituida en Madre del género humano, reconciliado con Dios,  no dejó de estar en ningún momento en perfecta unión con la Santísima Trinidad. Toda la esperanza de la Resurrección de Jesús que quedaba sobre la Tierra se había cobijado en su corazón”.

 

            Los textos evangélicos poco nos hablan de María Magdalena; casi lo suficiente para que no nos sea desconocida en el momento de la aparición. María Magdalena, otra mujer a la que Dios elige para anunciar la primicia de la Resurrección del Señor. Algunos escritores la denominan catequista de los apóstoles”,  porque el  Angel primero, el Señor después la enviarán a anunciar el hecho; y es que los catequistas de hoy y de siempre tienen por vocación el anuncio de la Resurrección de Jesús, además del anuncio del Reino de Dios y todo lo que ello lleva  consigo.           María Magdalena, después de la Virgen María fue testigo excepcional de la Resurrección del Señor, ya que antes que los Apóstoles tuvo ese privilegio, y antes que el mismo Pedro. “El decidido amor de estas mujeres hacia Cristo, impulsa en cuanto lo permite la ley a ir a embalsamar  el cuerpo inerte de Jesús. El mismo amor, les hace no reparar en las dificultades . Y el Señor premia la delicadeza  con otra mayor: ser las primeras que tendrían noticias de su Resurrección”.

 

            En los textos evangélicos podemos contemplar esta delicadeza de las santas mujeres, que son una lección para nosotros, acerca de cómo hemos de tratar todo lo relacionado con el Señor; y este trato ya no solo se refiere al modo en que hemos de acercarnos a recibirlo en la Sagrada Eucaristía: con el máximo amor y respeto, rebosantes de alegría, con infinito agradecimiento,  pues no siendo merecedores de tanta dignidad, el Señor, con la Comunión, va a pasar a morar en nuestra alma, a veces tan ruinosa y semejante a aquel templo que encontró San Francisco de Asís; esta delicadeza debemos extenderla también  al trato de los objetos de culto, de lectura sagrada ...

 

            El Señor premia la labor de aquellas mujeres. Con nosotros también el Señor tiene delicadezas; pero nuestro estar metidos en el mundo, muchas veces nos impide verlas. El Señor no se guarda para si el amor que nosotros le entregamos, sino que nos lo retorna aumentado y convertido en sus suaves delicadezas. Hoy al igual que ayer, Jesús pasa por nuestro lado haciendo el bien. El  Señor da la Paz, elimina nuestros miedos y temores, derrama sobre nosotros el suave bálsamo restaurador; lo hizo con María Magdalena, que tras contemplar al Señor va a anunciar la Buena Nueva con el corazón rebosante de alegría. Como nos describe San Juan, el Señor la encuentra triste y llorosa porque no sabían que habían hecho con el  cuerpo de Jesús. Ya no existe en María Magdalena aquel temor, ahora corre de prisa a anunciar la Noticia, no piensa en que nadie la crea; no le importa, es testigo excepcional y va a transmitirlo. Nosotros, los cristianos también somos testigos excepcionales de la Buena Noticia porque la hemos recibido, y porque la sentimos y la vivimos; somos testigos de que Cristo, el mismo que ayer anduvo por Galilea haciendo el bien, vive en nuestra alma, y como tales, al igual que  María Magdalena, los pastorcitos… hemos de transmitirlo con la misma alegría y decisión que aquella santa mujer.

 

            ¡Ha resucitado!, corre a contarlo. ¡Ha resucitado!. Pero el ambiente desolador que había en las almas y en los corazones de los discípulos, les incapacita para creer lo que les cuenta María Magdalena. Por otra parte, pensarían, que de ser cierto ¿Cómo no lo iban a saber antes ellos que le habían acompañado todo el trayecto de su vida pública?. San Marcos nos descubre el panorama; también San Lucas, en el precioso pasaje de Emaus: “Se encontraban tristes y llorosos” nos dice San Marcos y San Lucas: “sus ojos estaban incapacitados para reconocerle” (Lc 24, 16). Con la muerte del Señor en la Cruz, se les había hundido el mundo; parece como si las enseñanzas de Jesús se les hubieran borrado de las mentes, que hasta ni recordaban los anuncios que sobre su Resurrección había hecho. Tenían el alma desesperanzada, sin gozo, desorientados.

 

             Esta incomprensión a María Magdalena, se volverá a repetir cuando los dos discípulos que iban camino de Emaús cuenten que habían visto a Jesús, que tampoco fueron creídos. “Esta resistencia de los Apóstoles constituye para nosotros una garantía más de la veracidad  del hecho de la Resurrección de Jesús. Ellos, que estaban destinados a ser testigos directos y autorizados del Resucitado, se resisten a aceptar el contenido de lo que  ha de ser su testimonio ante todos los hombres, hasta que no lo comprueban de una manera inmediata y palpable”.

 

            Pero luego lo verán y lo comprenderán, cuando caiga el velo de sus ojos. Cuando el Señor este junto a ellos.

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