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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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7ª ESTACION: JESUS CAE A TIERRA POR SEGUNDA VEZ

Santa Catalina de Emerych, nos deja este relato de una visión que tuvo sobre la Pasión de Señor: “… Cuando los que llevaban los instrumentos de suplicio se acercaron con aire insolente y triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las manos, y uno de esos hombres preguntó: "¿Quién es esa mujer que se lamenta?"; y otro respondió: "Es la Madre del Galileo". Los miserables al oír tales palabras, llenaron de injurias a esta dolorosa madre, la señalaban con el dedo, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los presentó a la Virgen en tono de burla. María miró a Jesús y se agarró a la puerta para no caerse. Los fariseos pasaron a caballo, después el niño que llevaba la inscripción, detrás su Santísimo Hijo Jesús, temblando, doblado bajo la pesada carga de la cruz, inclinando sobre su hombro la cabeza coronada de espinas. Echaba sobre su Madre una mirada de compasión, y habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus rodillas y sobre sus manos. María, en medio de la violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos; no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la puerta de la casa en medio de los soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se abrazó a Él. Yo oí estas palabras: "¡Hijo mío!" - "¡Madre mía!". Pero no sé si realmente fueron pronunciadas, o sólo en el pensamiento. Hubo un momento de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar a María. Los alguaciles la injuriaban; uno de ellos le dijo: "Mujer, ¿qué vienes a hacer aquí? Si lo hubieras educado mejor, no estaría en nuestras manos". Algunos soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres la condujeron atrás a la misma puerta, donde la vi caer sobre sus rodillas y dejar en la piedra angular la impresión de sus manos. Esta piedra, que era muy dura, fue transportada a la primera iglesia católica, cerca de la piscina de Betesda, en el episcopado de Santiago el Menor. Mientras tanto, los alguaciles levantaron a Jesús y habiéndole acomodado la cruz sobre sus hombros, le empujaron con mucha crueldad para que siguiese adelante.

 

Es impresionante este relato. Jamás hubiera podido imaginar, do no haber sido leído, que se hubieran atrevido a meterse con aquella pobre mujer, desecha por el dolor, sin fuerzas por el sufrimiento. Acompañada por el “discípulo amado”, Juan quien estuvo al pie de la Cruz acompañándole en todo momento.

Se produce la segunda caída del Señor, golpeándose pies y manos ya maltrechas. El agotamiento y el sufrimiento y el cruce de miradas con su Madre amantísima, hacen que su sufrimiento sea mayor el peso de la Cruz y los hechos que se acontecieron desde su apresamiento hubieran acabado con la vida de cualquier persona. Jesús aguanta por nosotros. Como rezamos en el Credo “Padeció bajo el poder de Poncio Pilato”.

Jesús nos enseña a levantarnos de nuestras caídas, por duras que éstas sean. Nos enseña que por duras y fuertes que sean, uno puede levantarse, que podemos hacerlo hasta el momento de nuestra muerte; después será la bondad y misericordia de Dios. Recordemos ese pasaje de la Parábola: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra Ti”, el joven de la parábola, postrado de rodillas en tierra, dejando los miedos se acerca al Padre para pedir perdón de corazón. Desde aquí el Señor nos invita a tomar ejemplo. El Papa Juan Pablo II nos lo dice claramente: ¡no tengáis miedo! Jesús cae bajo el peso de nuestros pecados. La Verónica que había limpiado el rostro de Jesús, vuelve a estar ensangrentado. ¿No horrorizaba a nadie esta imagen? Solo unas cuantas personas que seguían de cerca a Jesús y aquellas santas mujeres que desde el primer instante de su predicación le habían seguido, escuchando su Palabra.

La visión de Santa Catalina de Emerych nos deja ver con los ojos del alma la crueldad llevada a su máximo exponente, crueldad aun mayor que existe en los infiernos, donde las almas que tengan la desgracia de caer recibirán, pues arderán en el fuego del odio que allí existe por el contrario al amor que existe en la Gloria de Dios y que es el que Jesús ha venido a lograrnos. No prefiramos comprobarlo, aspiremos a alcanzar la vida eterna junto a Dios, en la máxima expresión del amor.

En esta Pasión que aceptó el Señor por nosotros, alcanzó a su Madre, de hecho, desde la Cruz aceptara ser  Madre de toda la humanidad y a la vez será Corredentora. Debemos aceptar también nosotros la Cruz que nos toque y a ejemplo de   María colaborar en a expansión de la Palabra y en la salvación del mundo.                                                                                                  

 

 

 

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