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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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AQUEL RAYO LUMINOSO

 

Cuando falleció mi padre, ocurrió un hecho muy curioso, que cada uno puede dar la explicación que quiera. ¿Casualidad? ¿Existe la casualidad?. Siempre decimos “por casualidad pasó esto o aquello”, Por casualidad sucedió…”, “Por casualidad, me salvé…”, es lo mismo que la suerte, ¿existe la suerte?. Para mí, los sucesos que unos atribuyen a la casualidad, a la suerte, se los atribuyo a Dios, a quien dar gracias. Lo que pasa, es que seguimos sin creer que existen hoy los milagros y que Dios nos puede hablar de muchas formas, entre ellas por medio de signos, pero estamos ciegos y sordos. Un milagro no tiene por qué ser un hecho que suene a bombo y platillo, pues, también, los hay pequeños (para que podamos entenderlo), como por ejemplo, aquel hombre que por la mañana temprano caminaba, metido en sus pensamientos y justo caía del tejado de un edificio un bloque de  nieve que por milímetros casi le rozó la espalda. Ese bloque, se estampo contra el suelo y que el ruido, hizo que aquel hombre miraba hacia atrás. ¿Qué pensó?. No lo sé; volvió sobre sus pasos y continuó caminando. Eso sí, se separó ce la cornisa.

 

             

Pues bien, era un día muy nubloso, pero no hacia frio. Toda la familia, nos  encontrábamos a acompañando a nuestro padre. El  médico no nos dio esperanza alguna. Todos queríamos expresarle nuestro cariño: acariciábamos sus manos, besábamos su frente, acariciábamos su cara… Repentinamente de entre las nubes, hacia las 17,30 horas,  surgió un rayo de sol que penetró por la ventana y llegó hasta el pecho de mi padre. Todos estábamos a su lado, dándole el cariño y el calor que él nos había dado durante toda su vida. Aquel rayo de luz fue subiendo lentamente. Todos los que le rodeábamos, esperábamos el milagro de una mejoría. Se lo pedíamos a Dios de mil formas diferentes. No queríamos perder a aquel padre y esposo que había entregado su vida entera a su familia; tomando ejemplo de aquella otra de Belén.

Aquel rayo luminoso y suave, siguió subiendo hasta llegar a su rostro que lo iluminó, hacia las 18 horas, que es cuando entregó su alma a Dios. Aquel rayo, que atravesó nubes y la ventana hasta llegar a nuestro  querido padre y amigo, marcó la luz de su vida, de hombre justo y que, con su vida, marcó la huella sobre la que nosotros debemos pisar, condujo su alma a Dios. Ese rayo se marchó despacio, sin hacer ruido. No  es porque se tratara de mi padre, pero nunca he creído en las casualidades de la vida.  Aquella Luz le marcó el camino a presencia del Padre al que tanto amó. “No sufras mamá, que después de esta vida hay otra mejor”, le decía y a la vez a nosotros. Aquella luz cuando desapareció lentamente indicaba que ya estaba en manos del Padre. Ya tenemos otro valedor en el Cielo.

Aquel rayo de sol continúa brillando en nuestra memoria y nos continúa iluminando, marcándonos el camino.

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