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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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¿DIOS NO ME HABLA?

~~DIOS NO ME HABLA

Hace unos domingos, retransmitieron la Santa Misa desde la Parroquia de Arroyo Molinos, esta vez no fue el párroco quien dijo la homilía, sino un sacerdote muy joven, que hacía unos meses había recibido el sacramento del orden. La verdad, y sin quitar méritos al Párroco, me gustó como hablo el joven sacerdote.

Puntualizo sobre dos momentos, importantes, de la vida del cristiano: el sacramento de la Penitencia y la Oración. Ninguno de estos dos pasos no pueden ser ignorados o separados de la vida del creyente. Por la oración conocemos a Dios, vamos alcanzando confianza con El, como Padre Nuestro que es, le hablamos y nos dirigimos como lo hacemos con nuestros padres naturales, le contamos nuestras cosas, aunque Él ya las ha visto; pero se las contamos como las hemos hecho: bien o mal y nos hace ver en que hemos fallado y como hemos de corregir los que está mal hecho o encauzado. Hablamos con El sin disfrazar la verdad.

Por el Sacramento de la Penitencia que tanto nos cuesta, algunas veces, Dios que es Padre, está deseando perdonarnos. Porque nos ama, porque somos sus hijos. ¿Y qué padre no desea perdonar a un hijo que se le ha descarriado? Es más él nos busca y nos espera con paciencia, nos da mil oportunidades y nos ofrece los medios necesarios para que volvamos a Él.

Pero seguimos diciendo ¡Dios no me habla! ¡No oigo su voz cuando rezo! Y entonces vamos como los discípulos de Emaús, que escuchando a Jesús no le oían. Y nosotros le escuchamos cada domingo, y no le oímos. Si, cuando el sacerdote lee el Evangelios, Jesús nos habla, pero no escuchamos porque la palabra de Jesús la convertimos en un relato. Cuando rezamos por la noche, si cogemos los Evangelios, Jesús, que es Dios, también nos habla.

Si permanecemos en silencio, después de contarle nuestras cosas, también nos habla, haciéndonos ver en que hemos fallado y que debemos hacer para corregir. Dios nos habla de muchas maneras diferentes, lo que pasa es que esperamos oír su Voz. Y esa voz si le dejamos espacio, en lugar de enrollamos, podremos oírla. Nos pasara como a aquella catequista que me dijo: no veo el premio por dar catequesis. Una semana después, vino alegre: “Sabes, el sábado iba con mis amigos, y una de mis niñas se separó de sus padres y me dio un beso y dijo a los que me acompañaban ¡ella me da catequesis!”. Ya tienes tu premio. Ese beso de tu niña, estate segura que es un beso que te manda Dios.

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