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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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RESIGNACION Y ACEPTCION

~~RESIGNACION Y ACEPTACION

Nunca se me había ocurrido pensar acerca de estas dos palabras parecidas pero que se diferencian en su significado. Visionando un devocionario de los años 60; muy usado y lleno de estampitas encontré dos recordatorios de dos personas fallecidas. No sé si ahora “se estila” esta costumbre, de entregar recordatorios para tener en la memoria a esa persona y elevar una oración a Dios por su alma. En estos recordatorios, se suele tener la costumbre de poner: “falleció con gran resignación cristina”…” después de llevar con gran resignación una larga enfermedad”… “la familia mostro en todo momento su resignación”…

No quiero enmendar la plana a nadie, cada uno es dueño de expresarse como quiere. Cuando falleció mi hermana, solo una persona se acercó a darnos el pésame adecuadamente y lleno de contenido cristiano: ¡ Te acompaño en la esperanza!. Como se pasa de la tristeza más profunda a expresarte el mejor deseo para el alma del familiar que nos ha dejado, que ya está gozando de Dios. ¡Ten esperanza!. ¡Alégrate!, que no quiere decir que no llores, Jesús también lloró. Pero a lo que íbamos. Según el Diccionario, resignación es conformarse, someterse.

Aceptación es: aprobar, dar por bueno de forma voluntaria. Existe una línea fina que las separa o las diferencia. La resignación no llega a ser virtud, porque supone una forma muy vaga de aceptar algo que nos viene, que se nos presenta, por ejemplo una enfermedad y nos resignamos, aunque la hacemos participe a todos los que nos rodean. Sufrimos la enfermedad pero contagiamos ese sufrimiento a los demás. Por el contrario, esa enfermedad, cuando la sufrimos nosotros mismos, y la damos como buena; es decir, no la hacemos participe a los demás, la convertimos en virtud. Aceptarla como bueno, no significa no luchar, no tomar los medicamentos, sino luchar, hacerla frente sin perder la sonrisa, ofreciéndola a Dios como sacrificio. Dios no envía enfermedades, pero a través de ella nos remite, nos cura las heridas de los pecados. Además se convierte en el nuevo Cireneo ayudándonos a cargar con la cruz del dolor.

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