EL CAMINO DE EMAUS
10 Enero 2010
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los suyos no le recibieron nos dice el evangelista. Con esas palabras San Juan no se refiere solamente a quienes vivieron en aquel tiempo: quienes lo vieron pasar haciendo el bien, quienes tuvieron ocasión de escuchar sus enseñanzas; quienes en más de una ocasión le siguieron para oírle decir aquellas palabras nuevas que tanto les agradaba oir; ni aquellos parientes que le tacharon de loco; ni a los fariseos, ni a los herodianos; ni a los escribas que contumazmente acechaban contra Él. Esas palabras van dirigidas, también, a nosotros que hemos sido llamados, a través del Bautismo a ser sal y ser luz, a ser sus testigos y sus anunciadores. Aquellos nos representaban, pasándonos hoy el testigo que ahora hemos de transportar a otras generaciones. Jesús no habla en pasado, sino en presente, para todos en todo tiempo.
Mirando hacia atrás, puede venirnos a la mente aquel pasaje en que María y José llegan a Belén, después de un agotador viaje, de casi cien kilómetros, atravesando en horas nocturnas un pasaje desértico, que es cuando el frío más aprieta, buscando posada donde se pudiera alojar María, próxima a dar a luz. Podemos imaginar la angustia de José, cuando por toda respuesta recibe una y otra vez: ¡no hay lugar, todo está ocupado!. Al final lograron aposento en un pequeño establo, porque no había lugar para ellos en la posada. Muchas veces este pasaje se asemeja a aquellos momentos de nuestra vida en que no damos cabida al Señor, que viene a nosotros, porque lo hemos ocupado de tantas cosas innecesarias y vanas que nos distraen la atención de la presencia cercana del Señor. Ese pasaje de Belén es símbolo profético de las palabras del Evangelista: Y los suyos no le recibieron.
San Juan, en su Evangelio, lanza ese reproche, no solo a aquellas gentes que rechazaron a Cristo, sino también a nosotros que hemos recibido el testigo de la fe para que seamos continuadores de su obra entre los que están próximos a nosotros, las personas de nuestro tiempo. Una fe que no hemos recibido por casualidad, ni porque nuestros padres decidieran bautizarnos, sino porque Cristo ya contaba con cada uno de nosotros desde la eternidad. Pero muchos de nuestros actos, muchas de nuestras omisiones, muchas de nuestras palabras y hasta muchos de nuestros deseos son motivo de que rechacemos al Señor, y algunas veces, nuestro ejemplo, es motivo de que otros lo rechacen o no se acerquen.
Cuando comenzamos el año 2010, aún se cuentan por millones, las personas que aún no conocen a Dios, ni han oído hablar de su obra Redentora, ni que una vez un Hombre, llamado Jesús, el Hijo de Dios, murió también por ellos clavado en la Cruz. También son muchos los que tratan dar un sentido a su vida, sin acertar a saber cómo llenar ese vacio... Nosotros los cristianos bautizados y practicantes hemos recibido el testigo de la fe, y además hemos sido llamados, por el mismo Jesús, desde el monte de las Bienaventuranzas a ser luz y ser sal con nuestra presencia, con nuestro ejemplo y con la palabra, para que otros, al igual que nosotros reciban la Buena Nueva y de este modo: los suyos lo reciban.
Hoy al igual que ayer debe repetirse aquel anuncio para que nunca más pueda volverse a oir el reproche del evangelista San Juan: ... Y los suyos no lo recibieron. Recibir al Señor a través de nuestra dulce Madre, María, ya que ella es el camino más perfecto para alcanzar al Señor ¿ y que otra cosa puede querer María, sino que amemos y llevemos dentro de nosotros a su Hijo, Jesús? . La Virgen María, que conservaba y meditaba todas las cosas en su corazón, quiere que nosotros sigamos su ejemplo y conservemos al Señor en nuestro corazón. Recibir al Señor, a través de la Eucaristía, sacramento por el cual nos unimos íntimamente con Él y que nos fortalece para nuestro diario caminar. Sacramento de Salud para enfermedades del alma, y también del cuerpo. Sacramento de Alegría, ya que restaña las heridas que el alma y el corazón padecen. Recibir al Señor en la Oración de cada día, por la cual le conocemos y vamos aprendiendo a amarle y a confiarnos en Él. Recibir al Señor en los demás: en los necesitados, en los desconsolados, en los tristes, en los enfermos, en todos aquellos que necesitan de nuestra sonrisa, de nuestra mirada, de nuestra mano amigablemente extendida. Recibir al Señor a través de las páginas del Evangelio, espejo en el que nos miremos y podamos ver todo aquello que no concuerda y que sobra de nuestra vida. Recibir al Señor, a través del estudio y del trabajo diario, como ejemplos para que otros puedan conocer al Señor. Recibir al Señor, con nuestras obras y nuestra obediencia inmediata a su Voluntad y a la que la Iglesia expresa por mandato del mismo Jesús.