EL CAMINO DE EMAUS
18 Mayo 2011
8 Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. 9 De improviso un Ángel del Señor los rodeo de luz y se llenaron de gran temor. 10 el Ángel les dijo: no temáis, pues vengo anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: 11 hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; 12y eso os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. 13 De pronto apareció junto al Ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo:
15 Luego que los ángeles se apartaron de ellos hacia el cielo, los pastores se decían unos a otros: vayamos a Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado. 16 Y vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al Niño reclinado en el pesebre. 17 Al verlo, reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas acerca de este Niño. 18Y todos los que escucharon se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. 19 María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón.
20 Y los pastores regresaron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, según les fue dicho. (Lc. 2, 8-20)
Nos narra San Lucas la adoración del Niño Jesús por los pastores. Acababa de nacer el Niño, y aún de noche, cuando los pastores vigilaban sus rebaños, un Ángel del Señor les anuncia la Buena Nueva:
“No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, el Cristo, el Señor” (Lc 2, 10-11).
El evangelista nos dice que acuden rápidos al lugar que el Ángel les había indicado. No hay lugar para la duda en aquellas personas; acuden rápidos para ver aquel gran acontecimiento que el Ángel les había anunciado y que aquella legión de la milicia celestial había entonado como cántico de gloria. Al llegar al humilde portalico comprueban las palabras del Ángel, y ven al Niño acostado sobre un pesebre; a pesar del frío de la noche, llega hasta sus almas un intenso calor espiritual, que les hace olvidar las penurias de su abnegado trabajo y lo adoran. Podemos imaginarlos en alas de la fe, arrodillados, contemplando la maravilla que les acababan de anunciar, sus rostros alegres, con los ojos puestos sobre aquel Niño. Después, salen a contar a todos lo que les habían dicho de aquel Niño y lo que habían podido contemplar. Y transmiten de tal forma su vivencia, que todos cuantos les escuchaban se sentían admirados.
Aquellos pastores representan a quienes realizarán hasta el fin de los tiempos las labores de Apostolado: se llenan de Dios y después transmiten sus vivencias, sus experiencias de fe. Son los primeros catequistas, revestidos de humildad, de deseos de alimentarse de Dios, para llevarlos a otros, para hacer partícipes a otros de ese Tesoro que es Dios.
Allí estaban María y José, viendo y escuchando lo que decían del pequeño. Aquel nacimiento le había hecho olvidar a José las penurias del viaje, ¡casi 100 kilómetros! Hasta llegar a Belén. Después la dificultad para encontrar un lugar adecuado para que María descansase y pudiese dar a luz con comodidad. Todo estaba olvidado, aquel acontecimiento superaba todo. La Virgen María miraba, escuchaba y guardaba todas esas cosas en el corazón, las meditaba y oraba.
María, nuestra Madre también, como lo hará durante su vida publica Jesús, nos enseña el valor de la oración. Nosotros al igual que Ella, debemos guardar todas las cosas que hizo y hace Jesús en nuestro corazón, meditándolas.
Aquellos humildes pastores no se guardan nada para sí; al contrario, con sus corazones inundados de alegría, comunican todo cuanto habían oído de Él y todo cuanto habían visto.
Dios es un Tesoro a compartir. No es el talento que se nos entrega para que lo escondamos y enterremos bajo tierra para que no se nos pierda, sino que lo hemos de dejar crecer en nuestro corazón, para vivirlo y después compartirlo con los demás, y especialmente con aquellos que no han tenido ocasión de conocerle. Y así lo hacen aquellos pastores: cuentan las palabras del Ángel, y después de verlo y adorarlo vuelven con el corazón más inundado de alegría dando gracias a Dios.
Nosotros hemos conocido al Señor. Es verdad todo cuanto se nos ha dicho de El: ¡Venid a verlo! ¡Venid a vivirlo! Debemos gritar a los cuatro vientos con la palabra, con el ejemplo, con el cumplimiento diario de nuestras obligaciones en el trabajo, en el colegio, en la universidad, allá donde Dios nos haya colocado para servir de testigos luminosos en la oscuridad del mundo.
Aquellos pastores han tenido la dicha infinita de poder ver al Niño Dios, cara a cara; han tenido la infinita dicha de poder acudir a aquel segundo sagrario, el del Portal de Belén, (pues el primer sagrario donde se alojó el Señor, fue el seno de María) para adorarle, para conocerle y para transmitirlo, después, a todos.
Nosotros debemos tomar ejemplo de aquellos pastores. El Señor se ha quedado con nosotros hasta el fin de los tiempos en el sagrario de cada Templo, de cada Capilla, de cada ermita; ahí podemos visitarle y adorarle, como hicieron los pastores; ahí está para que lo podamos recibir sacramentalmente, y para volver con el corazón inundado de alegría porque hemos podido recibirle, no a un símbolo, sino al mismo Jesús, aquel que pasó haciendo el bien, curando, sanando, dando alegría..., el mismo que pasa hoy a nuestro lado: llamándonos, sanando, curando, devolviendo la alegría, restañando nuestras heridas, escuchándonos con paciente ternura...
Jesús no estuvo sólo en aquel sagrario de Belén. Hoy tampoco debe estar sólo. Muchas veces si lo está, pero de nosotros, ¡de los que hemos recibido y conocido la Buena Noticia¡, ¡de los que le recibimos en la Eucaristía! ¡ de los que sabemos que está ahí, esperándonos! ¡ incluso de los que nos dedicamos a las labores de apostolado!... Las prisas y las ocupaciones unas veces; otras, las tibiezas, las caídas en uno u otro pecado que nos alejan de Él, hacen que Jesús se sienta solo de nosotros.
Hoy, aquella imagen del Portal de Belén se repite en todos los Templos del mundo, donde Dios es adorado como el primer día. La voz alegre de aquellos pastores gloriando a Dios, alabándole, dándole gracias se sigue dejando oír en el silencio de los Templos; aquella voz alegre llega también hasta nuestros oídos, por medio de la voz de la Iglesia que nos recuerda, cada día, la Buena Nueva del Nacimiento del Niño Dios.
Nada más recibir la Buena Noticia los pastores “fueron corriendo a Belén” (2, 16). Nosotros al igual que ellos, hemos de ir rápidos, presurosos al encuentro del Señor que nos espera en cada momento de nuestra vida, pacientemente, presto a cubrirnos con sus manos, como el Padre de la Parábola del Hijo Pródigo, para protegernos, para derramar sobre nosotros el bálsamo suave de su perdón. Allí le adoraron. Nosotros también podemos hacerlo cada día y después, como ellos, anunciarlo, pues el Señor ha venido para todos: para quienes no le conocen, para los que conociéndole lo han perdido; para quienes lo han abandonado; para quienes le buscan; para los que desorientados no saben que solo Él puede saciar la sed de sus almas... y para los que le rechazan.
Y allí estaba María junto a su Hijo; y aquí, cerca de nosotros, a nuestro lado, también está María, nuestra dulce Madre, para guiarnos y para acompañarnos, para ayudarnos a levantar en cada alma un Templo dedicado a su Hijo. Nadie como ella, que es el nexo que une a Dios y al hombre en un abrazo de amor. Aquí está la Virgen María, a nuestro lado, que desea presentarnos a su Hijo para que le amemos, para que seamos sus amigos, para que nosotros se lo presentemos a otros, para que le amemos en el sacramento de la Eucaristía, para que le amemos en la oración, para que le amemos al calor del sagrario.
Y allí estaba José, el humilde José. Su silencio son una lección que hemos de aprender, pues en el silencio humilde, como el de José, se ama grandiosamente al Señor y se le oye con mayor claridad.
Nosotros también podemos asomarnos junto con los pastores mientras leemos el pasaje. Vemos la algarabía de los pastorcillos y nosotros juntos con ellos nos alegramos y participamos de aquella alegría. Lo que dijo el Angel es real. Gozamos por ello y ya podemos anunciarlo como sin duda lo hicieron aquellos pastores convertidos en los primeros catequistas. Si cada cristiano transmitiera la fe en la que vive, de seguro que la Buena Nueva llegaría a todos los rincones del mundo. Por ello debemos concienciarnos de nuestra obligación de bautizados y de confirmados. Tenemos que darnos cuenta que los sacramentos no son meros títulos, sino obligaciones contraídas con los sacramentos. Y no hay sacramento inútil ni de menos importancia. De cada uno se reciben las gracias dadas por el Señor, las adecuadas a cada uno. Por ello del sacramento del bautismo y confirmación recibimos el poder de transmitir la Buena Nueva.
Y créanme, llena de satisfacción saberse trabajador en la viña del Señor. Somos la voz, los pies, las manos de Jesus en este mundo tan necesitado de recibir el cariño de Jesus. Y transmitimos lo que la Iglesia nos ha dado y de la misma forma en que la Iglesia nos lo ha dado: con cariño. Al transmitir la Palabra de Dios nos despojamos de todo y transmitimos no nuestras teorías sino aquello que la Iglesia nos ha enseñado, en toda su fidelidad.
No callaran esa voz
Y a nadie puedes temerle
Que tu voz es voz de Dios
Y la voz de Dios no muere.
Transmite a otros lo que has recibido de aquel sagrario viviente, conviértete en la voz de Dios en el mundo. Dios necesita de tu voz, de tus manos… y reza por aquellos que tratan de silenciar esa voz, de aquellos que tratan de poner una mordaza y de aquellos que tratan de imponer leyes que se contraponen con las enseñanzas de Jesus. No temas Dios está contigo, Dios te acompaña en el camino del apostolado. Dios hara que fructifique la semilla que esa echado