EL CAMINO DE EMAUS
1 Enero 2011
EL TRABAJO, BIEN HECHO
En una de las charlas, que D Antonio nos dio, en un retiro, que fui del Opus Dei, allá por los años 80, recuerdo, que nos habló del trabajo bien hecho y bien acabado, base fundamental que predicaba Monseñor Escriba, me llamo la atención, porque no recuerdo que nunca me habían hablado sobre ello con tanta claridad. Era aquella mi época de vuelta a CASA, después de un cierto apagón espiritual, del que quedaban esos rescoldos que un día vuelven a encender el fuego interior. Nos decía, más o menos, que debemos hacer de todo Oración a Dios; santificar cada momento del día, de forma que así vamos alcanzando más familiaridad con Padre Dios. Y entonces le veríamos con más proximidad. Porque, a pesar de lo que pensemos, Dios no está lejano, sentado en un trono, esperando para atizarnos, al primer pecado que cometamos. Dios está más próximo a nosotros de lo que podemos imaginar, hasta casi podríamos, por así decirlo, sentir su aliento.
Pero ¿Qué es santificar todo?, me preguntaba. Es lisa y llanamente ofrecer aquello que hagamos a Dios, pero bien hecho. Nos decía, es Él quien primero ve lo que hacemos. De esta forma, podemos, una vez terminado, decirle: “Señor, aquí tienes lo que he hecho”. Pero santificar no solo Hace referencia al trabajo, sino también a nuestras relaciones con los demás, con nuestros jefes, nuestra familia, el círculo de amigos, este o aquel recado que puedan encargarnos nuestros padres, la misma oración de cada día realizada con cariño; escuchar con atención la Santa Misa, acercarnos con respeto a comulgar…
Estuvo muy bien aquel retiro de cuatro días. Uno salía con las pilas cargadas a tope. Pues era un auténtico retiro. No había contacto con el mundanal ruido. Estabas en silencio. Luego procurabas poner las enseñanzas en marcha. Dabas la catequesis con más fluidez. El hombre viejo había quedado enterrado.
En posteriores años, repetí retiros, pero esta vez les tocaba a los jóvenes confirmandos. Tres días en la Casa de Ejercicios, regentada por unas religiosas maravillosas. Hecho en falta desde hace unos años esos retiros. La vida y el trabajo desgasta física y en ocasiones espiritualmente. Y es que el cristiano precisa, por lo menos una vez al año, reciclarse interiormente. Ponerse en manos de buenos directores espirituales que vayan conociendo los fallos interiores para cortarlos, en evitación de males mayores.
“Si toda obra bien hecha le agrada a Dios. Le agrada doblemente si se eleva a Él con fervoroso amor. Pero, incluso sin este amor expreso, le es grato todo lo que construye”. Escribía el padre Martin Descalzo. Si lo que hacemos lo convertimos en oración, es como si estuviéramos dialogando con Él. Si faltara ese paso de hacerlo oración, si lo hacemos bien a Dios le agrada igualmente, porque a Dios le agrada todo lo bueno, lo positivo, lo que sirve a otros de acicate, de luz, de guía para llegar a Él.
Por eso el cristiano debe ser el mejor, esforzarse más en todo, cuidar con delicadeza lo que hace y dice; sus expresiones… deben ser la luz y la sal a que se refiere el Señor desde el Monte de las Bienaventuranzas. Debe ser galante y educado. No estamos bautizados por casualidad. El Señor nos eligió desde la eternidad para colaborar con Él. Me decía Maloly, una religiosa de la Pureza de María (que recomiendo lean la vida de Madre Alberta, su fundadora): nací para el cielo desde la eternidad. Comprendía, en su juventud, que Dios ya contaba con cada uno de nosotros desde entonces. Ya estábamos en su memoria, en su corazón, a pesar que muchas. veces le íbamos a traicionar. Y es que hemos nacido para el Cielo, no lo olvidemos. Y que somos su instrumento para que otros lo alcancen. Dios cuenta contigo, ¿no te hace sentirte importante? ¡Pues lo eres! “Quien predique mis Mandamientos, será tenido grande en el Cielo!, que lo dice el mismo Jesús. Y no es que queramos destacar sobre los demás, con una vanidad desordenada. Lo que hacemos es por amor a Dios.