EL CAMINO DE EMAUS
16 Agosto 2012
Leyendo el pasaje, imagino al Señor preguntando al paralitico de Betesda con su habitual cariño y ternura, con el que trató a las gentes de aquella época; gentes que nos representan, igualmente necesitados de su ayuda como aquellos. Si nos metemos con el alma en este pasaje podremos escuchar aquellas suaves palabras con las que se dirige a aquel enfermo que no pudiéndose valer por sus medios, esperaba la mano caritativa de alguien, que le ayudara a bañarse en el agua, justo cuando el ángel del Señor las removía, para beneficiarse del poder curativo de aquellas aguas.
Cuando nos vemos aquejados por una u otra enfermedad, saltan las alarmas, nos inquietamos y aceptamos, sin reservas, cualquier tipo de medicación que nos receten, por mal que sepa, por difícil que sea ingerirla. Y es que, salvo rendición, la capacidad humana de curación o de estar sanos, ocupa un lugar primordial en la escala de valores. Primero es la salud, que además como cristianos estamos obligados a cuidarla, así lo pide el quinto mandamiento.
Lo mismo le pasaba aquel paralitico. Todos los días se colocaba cerca del aguay esperaba una mano amiga. El evangelista nos quiere hacer ver la constancia, virtud muy querida por el Señor, de aquel hombre. No se rendía; con constancia iba, se colocaba y esperaba. ¡Y por fin! Una mano amiga, la mano amiga que nunca falla y acepta la propuesta de Jesús. Seguramente no sabía quién era; pero acepta sin reservas, ¡era lo que tanto había esperado! ¡Por fin se podía beneficiar!
¿Cuánto del paralitico de Betesda tenemos? ¿Pero al igual que aquel, nos dejamos ayudar? ¿Ponemos los medios para encontrar esa ayuda? ¿Dejamos que quien nos la ofrece nos ayude? Porque los pecadores sabemos dónde está el mal, pero el problema es que queramos erradicarlo o que nos ayuden a ello, si nosotros estamos tocados ya de parálisis espiritual. Siempre hay una mano amiga dispuesta a ayudarnos a llegar a esa otra mano amiga dispuesta a perdonarnos, tras el sacramento de liberación que es la penitencia.
¿Cuánto habrán rezado nuestros padres por nosotros, al vernos de alguna manera descarriada? Y a lo mejor hasta algún amigo nuestro, algún compañero de trabajo… ¡alguien ha rezado por mí! ¡Y por ti! Estate seguro de ello. Que alguien de tu familia, de tus amigos, en alguna parte del mundo ¡alguien ha rezado por ti! ¡Alguien ha rezado por mí! Ten esa seguridad y de que siguen haciéndolo. Alguien me ha ayudado a tomar la camilla. Alguien, con su oración, me ha ayudado a levantar, por eso ahora yo debo rezar por alguien, cercano o lejano, que esté necesitado de los efectos curativos del agua de la piscina de Betesda. Este pasaje nos enseña a pensar en los demás; en pensar que también para otros está el agua de aquella piscina y que tiene el mismo derecho que yo a utilizarla, porque el Señor vino para todos.
Y entonces, los miembros entumecidos del alma comienzan a despertar; la sangre de la vida comienza a fluir. Todo va cobrando vida y hasta color. ¡Me levanto! ¡Puedo andar! ¡Soy hombre nuevo! La vida pasada es historia; el día toma otro color; ¿Dónde está la tristeza en la que vivía sumido? ¿Dónde la oscuridad? ¡Quédate ya con nosotros! Como los apóstoles que iban a Emaús. ¡Qué bien se está aquí!, le decimos con los discípulos del día de la Transfiguración. Todo está borrado, hasta del libro de la vida.
¡Si quiero curarme Señor! ¡Yo quiero!, ¡pero Tu puedes! Le decimos en estas fechas ante el humilde portalico, que de seguro ya estará puesto, mientras dulces villancicos acompañan de fondo a nuestra oración.
Es Navidad. Tiempo fuerte para el cambio; para recibir al Niño, que nace, para cargar sobre sus espaldas los pecados de la humanidad. Algunas lágrimas brotan de nuestros ojos, sabedores que sobre sus espaldas están nuestros pecados, los míos; están mis traiciones, mis abandonos, mis negaciones…Pero ante aquel humilde Portal, todo comienza a deshelarse. Del corazón de aquel Niño en la cuna, brota suave calor que derrite el hielo que cubre mi corazón; mientras, María y José escuchan nuestra silenciosa conversación, se habla con miradas, con latidos, con lágrimas… ¡es mucho!
¡Quiero! Dijo San Francisco de Asís, el de la noche oscura. ¡Quiero!, dijeron tantos santos y santas, canonizados o no, pero que ya gozan en el Cielo de la Gloria de Dios; y seguramente dijeron ¡quiero! Una y mil veces, pero una y mil veces se levantaron con decisión. ¡Quiero! Decimos tu y yo, decididos, valientes, luchadores, sabedores, que por rojo que sea el pecado, Él va a volver blanca el alma; sabe que somos rompibles como el cristal, que somos del barro mas fino, prestos a quebrarnos. Pero no importa, El está ahí, presto a sujetarnos en nuestra caída, dispuesto a perdonarnos, a recomponer las fisuras.
¡Quiero, Señor!, que es el comienzo más firme de echar a andar. Con coraje. Como los enfermitos, con coraje hacia adelante. ¡FELIZ NAVIDAD!