EL CAMINO DE EMAUS
5 Mayo 2010
25 Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. 26 Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. 27 Así, vino al templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el Niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre El, 28 lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo:
29 Ahora, señor, puedes dejar a tú servo irse en paz,
según Tú palabra:
30 porque mis ojos han visto
a tú Salvador,
31 al que has preparado
ante la faz de todos los pueblos:
32 luz que ilumine a los gentiles
y gloria de tú pueblo Israel.
33 Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de el.
34 Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción 35 - y a tú misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones. (Lc 2, 25-35)
Muy poco se nos dice de Simeón: que era un hombre justo, y que si vida estaba llena de esperanza en la venida del Mesías que desde antiguo los profetas lo habían venido anunciando que llenaría de consuelo a Israel. También sabemos que amaba intensamente a Dios. “Y el Espíritu Santo estaba en él.” nos dice San Lucas. Cuando el Espíritu Santo mora en un alma, es porque ese alma está en gracia, porque deja que el Espíritu habite en su alma, dejándole actuar y siendo obediente a sus inspiraciones.
La entrega de Simeón a Dios era grande y la esperanza de aquello que los profetas en el nombre de Dios habían anunciado, la venida del Mesías, era íntegra, sin vacilaciones ni dudas, creía en todo aquello que el Señor había dicho y que se había anunciado. Esta fidelidad y esta esperanza recibirán su premio; Dios a través de su Espíritu le concede la infinita gracia de poder contemplar antes de morir “ al Cristo del Señor”, al Ungido de Dios, Jesús, el Salvador.
“Vino al templo movido por el Espíritu Santo”, escribe San Lucas. El Espíritu Santo actúa en nuestras almas de formas diferentes, tal como la Iglesia nos enseña: nos gobierna, nos dirige, nos enseña, nos cultiva, nos rige, nos alumbra, da vida al alma, la da sentido y movimiento. Es pues un contínuo actuar en el alma que está en gracia. El alma, por el contrario, le ofrece al Espíritu Santo: adoración, obediencia, amor, plena confianza y docilidad.
Simeón que era obediente y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, se deja llevar por El hacia el Templo. Cuando San Lucas nos dice: Así, vino al templo movido por el Espíritu, es que Simeón acude al templo no por intención propia, sino por la propia invitación del Espíritu para que se cumpliera la promesa que Dios le había hecho contemplar “ al Cristo del Señor”. Y Simeón siempre obediente acude al Templo.
Maria y José también acuden al Templo para cumplir con lo que la Ley dictada: consagrar a Dios al primogénito. Y allí se produce el encuentro y tomando en sus brazos al Niño entona un cántico de acción de gracias y alabanzas a Dios. Y da gracias porque sus ojos han podido contemplar al Mesías prometido. Simeón estaba gozoso, esperaba este momento pero no imaginaba que el momento llegaría en esa visita al Templo. Nosotros al igual que Simeón podemos contemplar en el templo todos los días, y no tenerlo en nuestros brazos, pero si en nuestra alma, a través del sacramento de la Eucaristía; sin duda, podemos decir, que somos más privilegiados, porque Simeón lo tuvo en sus brazos unos momentos, mientras que nosotros podemos tenerlo en nuestra alma todos los días y contemplarlo todos los días.
¿María se quedaría sorprendida cuando aquel anciano tomo en sus brazos a su Hijo? Nada nos dice el evangelista sobre ello; pero el anciano toma al Niño en sus brazos. La Virgen María nos ofrece cada día a su Hijo, para que lo aceptemos en nuestro corazón , en nuestra alma, para que lo amemos y sigamos su ejemplo. María deja que tomemos en nuestros brazos a su Hijo y recibamos de El, el calor de la gracia, la Luz de la Vida. Nada hay más que agrade a esta bendita Madre que el ver a su Hijo amado y correspondido por toda la humanidad, y ¿quién mejor que Ella para llevarnos sin pérdida hasta su Hijo, hasta la salvación, hasta la Luz.
Las palabras del anciano Simeón alegran a María y a José. ¿Qué padres no se alegran cuando alaban a sus hijos delante de ellos? Es un reconocimiento a la labor que ellos han realizado sobre sus hijos, pero también se admiran “no porque desconocieran el misterio de Cristo, sino por el modo como Dios iba revelándolo”.
Pero no todo íban a ser alegrías. Tras aquellas palabras y bendecirles, cambia la expresión del anciano Simeón, y ahora se dirige a la Virgen María. Lo que dice ahora es más fuerte. Y se dirige a María porque su papel, en la historia de la salvación de la humanidad, no íba a quedar ceñido al momento de la Anunciación; la Virgen María, y así lo confesamos los creyentes, va ser la Corredentora y por tanto participará en todo, junto a su Hijo Jesús, en la salvación de la humanidad; y este participar en todo alcanzará no solo las alegrías sino también el sufrimiento. Pero la Virgen María ya sabía de callados sufrimientos: cuando José iba a repudiarla en secreto, cuando deben huir a Egipto para evitar que Herodes matara al Niño; y esos callados sufrimientos seguirán con la Virgen María hasta en entierro de su Hijo. La vida de María era un constante hacer la voluntad de Dios, sin preguntas, sin quejas... todo en nuestra Madre se hace oración grata a Dios.
Y a tú misma alma la traspasará una espada, le dice Simeón. La Virgen acepta estas palabras, sabe, muy cierta, que así Dios lo quiere. Hoy en la Semana Santa recordamos este momento cuando delante de nosotros vemos el paso de la Imagen de la Virgen de las Angustias, con varios puñales clavados en el corazón que simbolizan el cumplimiento de las proféticas palabras de Simeón.
Ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos. Será resurrección, para aquellos que recogiendo la Palabra del Señor la lleven a su cumplimiento; será ruina, la de aquellos que habiendo escuchado la Palabra no la recojan y la rechacen.
Jesús viene a traer la luz y la salvación para todos. El hombre ha sido creado libre para aceptar o no el ofrecimiento de Dios Padre a través de su Hijo Jesús. Aceptarla es cumplirla es creer en la Palabra, es seguirla, es llevarla a la práctica en cada momento de nuestra vida. La Iglesia nos dice que “Cristo es sin duda la Luz que ilumina a los hombres, pero también, en otros momentos, la que los ciega y los deja desconcertados. Es señal que divide a los hombres, pero ( y esto es un misterio), los que se ponen en contra no son siempre son los malos. Pues hay malos que se ponen del lado de Cristo porque son incapaces de captar su luz y por eso no ven que esa luz los condena. Y hay buenos que no creen, porque la voluntad de Dios respecto a ellos es que busquen la luz durante toda su vida”, y el que busca hallará, tal es la Palabra de Jesús