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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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NO DESESPERARSE

Esta claro, que muchos no se acercan al sacramento de la Penitencia o por miedo, o porque ellos mismo consideran que no tienen perdón. El peor pecado es el de la desesperanza no esperar perdón por los graves delitos cometidos. El mejor ejemplo del error en que se vive, podemos encontrarlo en la Parábola del Hijo Prodigo. Cuando el Padre, Dios, ve al hijo acercarse en la lejanía, es El quien sale a recibirlo; y no espera a que él se acerque al Padre. Pues es tanto el deseo del Señor que volvamos, que olvidando las graves ofensas, sale al encuentro del alma perdida, ya con el perdón en su corazón. Santo Tomas Moro escribía: Y yo los he guardado. Y ninguno se ha perdido sino el hijo de la perdición. También él estaba entre los que Tú me diste. El me recibió, y también a él, como a todos los que me reciben, le he dado el poder de llegar a ser hijo de Dios. Cuando la avaricia le enloqueció se pasó a satanás, y abandonándome, rechazándome…rechazando la salvación…” son palabras que Santo Tomas Moro pone en boca de Jesús. Claramente, a pesar de la gravedad de su pecado, entregar a la muerte al Hijo de Dios, podía haberse salvado, pero desesperó. No espero en el perdón, no creyó que por su delito podía haber sido salvado y perdonado. Sabemos que el tiempo de merecer, de hacer méritos, de reconducir nuestra vida acaba con la muerte. Es falsa y peligrosa esa teoría, progre, de algunos teólogos que después de morir tenemos aún “media hora” para arrepentirnos. Sabemos, y así lo enseña nuestra Madre la Iglesia que el tiempo de merecer acaba con la muerte, todo lo demás son teorías no justificadas y realmente peligrosas para el alma. Es jugar con fuego y muy posiblemente se acabe uno quemando. Mejor ceñirse a las enseñanzas de la Iglesia. Pero la actuación de Judas, no presumía su arrepentimiento, sino todo lo contrario. Le besa como señal de entrega. Se regodea en su pecado. Cierto que al final se da cuenta de lo que ha hecho, cuando ve a Jesús masacrado por las palizas, por su flagelación, cargando pesada Cruz. ¿No nos pasa a nosotros eso, cuando agotados por el peso de los pecados, nos acordamos del Señor? Es una lucecita que se enciende en nuestra alma, haciéndonos ver dónde estamos y a lo que hemos llegado. ¡Ese es el momento del paso! ¡Alma mía, en que te ofendido, respóndeme! Nos di e el Señor desde la Cruz a toda la humanidad. Si grabáramos estas sencillas palabras, puede que nos llevaran por otro mejor camino. ¡Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados! Dice el Señor en el Monte de las Bienaventuranzas. Son esas lágrimas interiores, y también exteriores, que nos hacen sentir el dolor de los pecados; el dolor de la ofensa hecha a quien dio la vida por nosotros, el dolor infligido a la auténtica Bondad. ¡Si lo tenemos todo hecho! Tenemos hecho y dado, el auténtico perdón sin reservas. Perdón que borra todo lo pasado de manera inmediata. Que en nada se parece a nuestro perdón, que siempre queda en la recamara la ofensa que otros hayan podido causarnos. Existe el arrepentimiento y junto a él va el perdón. Por ello estableció el Señor el sacramento de la Penitencia, para perdonar sin reservas a las almas arrepentidas sinceramente. De la misma forma que el Señor ama sin reservas, también perdona sin reservas. De lo contrario sería un sacramento inútil. Pero Jesús, sabiendo cómo somos, quiso dejarnos el consuelo del perdón, para perdonarnos hasta setenta veces siete. Pero unas veces la contumacia en el pecar, otras la desesperación y otras el pensar que nuestros delitos inconfesables no pueden ser perdonados, nos llevan al error de irnos de aquí sin su consuelo. Esta mañana, en un programa de televisión, se enfrentaban un médico que se negaba a practicar abortos, porque se había dado cuenta de todo el mal que había hecho y la directora de la clínica abortista. O continuaba con los abortos o le despedía. No le concedía el margen del cambio que se había producido en él. La jueza le dio dos opciones, o cumplir el contrato que había firmado años atrás o debería abandonar la clínica. La jueza solo juzgo el hecho desde el punto de vista del contrato firmado. Esto demuestra que existe el cambio en las personas y el perdón, por muy sangrantes que hayan sido los pecados. ¿Por qué desesperarse, si existe el perdón? ¿Por qué jugase a cara o cruz la eternidad por un acto de soberbia por considerarse que sus hechos no son perdonables? ¡Animo! Solo se necesitan dos pasos: dolor de los pecados y propósito de la enmienda. Nos lo enseña el mismo hijo prodigo. Que los somos tu y yo.

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