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El blog de antonio tapia

EL CAMINO DE EMAUS

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LA MISION

 

           Por último, se apareció a los Once cuando estaban a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no creyeron a los que lo habían visto resucitado. Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará, pero el que no crea, se condenará. A los que crean acompañarán estos milagros: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes y, si bebieran algún veneno, no les dañará; impondrán las manos sobre los enfermos y se quedarán curados” (MC 16, 14-18).

 

            San Lucas hace, también, en este pasaje una descripción más amplia de este momento en que el Señor se aparece a los Apóstoles. Se encontraban en el Cenáculo, en Jerusalén; y estaban encerrados. A pesar de los testimonios que habían recibido no habían creído. San Lucas nos describe que “Jesús se puso en medio de ellos” (Lc 24, 36). San Ambrosio nos comenta este momento y nos dice que “penetró en el recinto no porque su materia fuera incorpórea, sino porque tenía la cualidad de un cuerpo resucitado”, (impasibilidad, claridad, agilidad y sutileza), en este caso se refiere a la sutileza que como nos lo define el Catecismo Romano: es la cualidad que hace “que un cuerpo esté totalmente sometido al imperio del alma”.

 

            San Marcos dice que les reprochó su incredulidad. Jesús, como nos describe San Lucas les  muestra las heridas de su cuerpo: “Mirad mis manos y mis pies: soy yo mismo” (Lc 24, 39). Pero aún así fueron tardos a creer: “Palpadme y comprended que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Como no acababan de creer por la alegría y estuvieran llenos de admiración, les dijo: ¿Tenéis  aquí algo que comer? Entonces ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Y tomándolo comió delante de ellos” (Lc 24, 39-43).

 

            Aunque el  cuerpo resucitado es impasible y, en consecuencia, no necesite ya de alimentos para nutrirse, el Señor confirma a los discípulos en la verdad de su Resurrección con estas dos pruebas: invitándoles a que le toquen y comiendo en su presencia”.

           

            A continuación el evangelista San Marcos señala la Misión Apostólica que el Señor encargará a los Apóstoles y en ellos a cada uno de quienes hemos sido bautizados y recibido la Fe en Cristo.

 

 No podemos pensar que Cristo solo ha venido para unos, para quienes hemos recibido el don de la Fe a través del bautismo. Nuestros ojos deben ir más allá; hacia los confines más recónditos de la tierra, hacia los lugares más inexpugnables. Esta misión apostólica que Jesús encarga a los Apóstoles, y en ellos a nosotros, deberá hacernos ver que somos los pies, las manos, el corazón y la boca de Jesús para aquellos que no le conocen, para aquellos que lo han abandonado, para aquellos que lo han perdido en la bruma del mundo. Esta misión de los Apóstoles, es también misión nuestra, porque el Señor nos llamó también desde el principio de los tiempos, y nos lo recordó en el Monte de las Bienaventuranzas, donde también estábamos junto a aquel gentío sediento de esperanza y hambriento por el vacío espiritual.

 

           Pero no sólo ellos, sino también toda la Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en cualquier lugar de la tierra para gloria de Dios, y hacer así que todos los hombres participen de la Redención Salvadora. Cualquier actividad del Cuerpo Místico, dirigida a este fin, recibe el nombre de Apostolado, el cual la Iglesia ejerce por medio de todos sus miembros, aunque ciertamente, de diversos modos. Por tanto, la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es vocación al apostolado”.

 

            En la calle, en el hogar, el centro donde se estudia, en el trabajo, entre los amigos... es donde el cristiano desarrollará esta vocación religiosa, y esta llamada de Cristo a predicar el Evangelio: con la palabra, con el ejemplo.

 

            El Señor nos dice que Fe y Bautismo son los requisitos indispensables para la salvación. Virtud y Sacramento, íntimamente unidos, inseparables, indivisibles, ya que la virtud de la fe, en el converso, desembocará necesariamente en el Bautismo, a través del cual el alma nacerá a Dios.

 

 La Iglesia nos enseña que ante la “imposibilidad física del rito bautismal pude suplirse o bien con el martirio, que es llamado bautismo de sangre, o bien con un acto de perfecta contrición (o amor a Dios), unidos al deseo, al menos implícito de ser bautizado: a esto se le llama bautismo de deseo”.

 

A los que crean les acompañarán una serie de hechos, de milagros, anuncia el Señor. “En los primeros tiempos de la expansión de la Iglesia, estos hechos milagrosos que anuncia Jesús se cumplieron de modo frecuente y visible. Los testimonios históricos de estos sucesos son abundantísimos en el Nuevo Testamento y en otros escritos cristianos antiguos”. San Jerónimo nos explica que “los milagros fueron precisos al principio para confirmar con ellos la fe. Pero, una vez que la fe de la Iglesia está confirmada, los milagros no son necesarios”; esto no quiere decir, ni mucho menos, que los hechos milagrosos no volvieran a producirse. Jesús hoy, al igual que ayer y como lo seguirá haciendo hasta el fin de los tiempos, pasa a nuestro lado haciendo el bien: sanando, devolviendo la fe,  alcanzando de este precioso don a quien no teniéndolo lo busca...  Jesús está vivo, y hoy al igual que ayer sale a nuestro encuentro por los caminos de nuestra vida, como lo hacía durante su vida pública, a la vez que reconforta nuestros corazones heridos por el pecado, por la miseria, por la enfermedad.

 

Los Apóstoles reciben el mandato del Señor de predicar el Evangelio a todo el mundo y además a bautizar. Nosotros cada año, cada curso comenzamos las catequesis con nuevo ímpetu, recibiendo a los catequizandos que primero los padres y después la Parroquia nos confían, para continuar con la educación en la fe de los niños. Y lo hacemos con la misma alegría con la que los Once fueron a cumplir, mientras iban salvando problemas que surgían en su camino y en su predicación. En ese mismo día y en especial, desde la eternidad, el Señor ya pensaba en ti y en mi para MISION, solo faltaba nuestro SI, nuestra aceptación para trabajar en su viña.

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